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lunes, 23 de julio de 2012

Si yo fuera de izquierdas


(11-07-2012)
            Si yo fuera de izquierdas, del partido de izquierdas que es alternativa de gobierno – cada vez menos- en España, y si fuera consciente de las razones que dieron lugar al nacimiento de los partidos de izquierda en Europa, estaría sinceramente preocupado. Antepondría a cualquier otra cuestión un profundo análisis de las razones por las que, difuminados en la oposición, sin tener arte ni parte en la demolición del estado que está llevando a cabo el Partido Popular, se ha perdido un diez por ciento de intención de voto en apenas  seis meses. Bastante más que el partido del gobierno, el diseñador de las mayores indignidades contra los ciudadanos que se han llevado a cabo en democracia.
            Si yo fuera de izquierdas, del partido de izquierdas sin cuyo concurso no habría sido posible el mayor grado de calidad de vida, de servicios, de igualdad efectiva ante la ley que haya conocido este país en su ya larga historia, me estaría preguntando, con angustia justificada, cómo es posible recuperar la confianza ciudadana. La angustia tendría dos padres; de una parte, las consecuencias para el propio partido, que corre el riesgo de  convertirse en un partido testimonial, sin capacidad transformadora; de otra, las consecuencias para la propia sociedad.
            Si yo fuera de izquierdas y se me permitiera hacer propuestas, propondría como punto de partida responder a una pregunta.
            ¿Qué debe ser un partido político de izquierdas del siglo XXI?
            Y propondría una línea de trabajo. Un partido con aspiraciones de poder debe cuidar especialmente la comunicación permanente y receptiva con los ciudadanos. Y el compromiso honesto de convertir las preocupaciones y las propuestas de los ciudadanos en el núcleo de su propio programa. Los partidos creen tener una visión de la realidad más objetiva, tendiendo a considerar a la ciudadanía como tutelados con escasas luces. ¡Menuda falacia! Eso creen los asesores-publicitarios. Y la democracia, en su manifestación  actual, pierde adeptos cada día. Hay que oírlos: ¡No nos representan! Si no es una forma de vertebrar las esperanzas de las personas, un partido no es nada.  O la democracia es participativa o no lo es. En la derecha, la integración, la fidelidad de voto, responde a otros parámetros  más irracionales. La democracia para el votante de derechas es sólo un medio, pero para el votante de izquierdas es un fin en si misma.
            Si yo fuera de izquierdas y se me permitiera hacer propuestas, propondría que un partido de izquierdas necesitado de recuperar credibilidad, persiguiera cualquier manifestación de corrupción en su seno con contundencia y prontitud, sin permitir ninguna “especie” protegida, por muy alto que sea su escalafón. Ninguna persona que haya incumplido la obligación de ser honrada en la gestión de los recursos públicos merece protección alguna. Contundencia y prontitud podrían bastar, por ahora.
            Si yo fuera de izquierdas y se me permitiera hacer propuestas, cambiaría la línea de oposición mañana mismo. No cabe el más mínimo pacto con el partido que gobierna, porque no gobierna en realidad. Secunda los dictados de la derecha económica europea, desprecia la constitución, ataca de forma programada a las capas económicamente más débiles y está desmontando la España solidaria que nos dimos. Ninguna pretendida unidad española frente a la crisis cambiará la situación. No hay ninguna razón que justifique la agresividad del capitalismo especulativo que se ceba en nuestra deuda, salvo la desmedida ambición de garantizarse intereses elevadísimos durante muchos años. La respuesta debe darla el BCE y ello no será posible mientras la derecha europea lo controle. La derecha  no ha sido nunca europeísta en el sentido amplio. Y muchos menos, solidaria. Fue partidaria de la supresión de las fronteras por razones económicas. Ahora las considera necesarias.
            Porque si la oposición no cambia, la ciudadanía podría pensar, como afirma el Partido Popular, que las medidas que se aplican son las únicas posibles. ¡Sabemos que no! Y si Rubalcaba es rehén de su pasado reciente, de las medidas del gobierno Zapatero que tan costosa factura han provocado, si arrastra mala conciencia porque se siente coautor de la letra de esa canción de la legislatura, cuyo título es “la herencia recibida”, debe marcharse a casa, declararse amortizado, dar paso a quienes entienden que el futuro está reclamando valentía, compromiso, y recuperar los ideales de la izquierda que hemos ido abandonando en este apresurado viaje  de retorno al siglo XIX.
            Si yo fuera de izquierdas me sentiría avergonzado por el congreso del Partido Socialista en Andalucía. Quizá propusiera que sus actas fueran destruidas. Mientras la España de los más necesitados sufre ataques a diario, mientras crece la desesperanza entre los que carecen de trabajo y de futuro, mientras se desmontan a conciencia los servicios públicos, mientras se premia a los delincuentes fiscales con una amnistía vergonzante, mientras se suben indiscriminadamente los impuestos indirectos para financiar el bandidaje de la banca, de este Congreso sólo trasciende la lucha cainita para capturar o retener algún retal miserable del antiguo poder,  la seguridad de una nómina política, el patronazgo suficiente para garantizarse la fidelidad clientelar de los decuriones sin oficio.
            ¿Algún rastro de que una vez esto fue un partido de izquierdas?  Discursos de encargo con palabras vacías de contenido, gastadas por el uso abusivo, sin pasión, sin convencimiento, sin credibilidad.
            Y mientras el pueblo, confuso, contempla entre sus manos  la fuerza inútil de su voto, incapaz de comprender por qué habrá perdido su capacidad transformadora. Y un día, quién sabe, puede que la confusión se torne cólera y que cualquier visionario oportunista convierta la fuerza transformadora de ese voto en fuerza destructiva. La desesperación produce frutos sorprendentes.

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