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lunes, 23 de julio de 2012

Las uvas de la ira


(30-04-2012)
Cada año, entre las diversas obras cinematográficas que propongo a mi alumnado de 4º de ESO, al grupo de Diversificación Curricular – lo especifico porque se trata habitualmente de un grupo de escolares que llega a este nivel con determinadas carencias que nos obliga a trabajar con una metodología diferente para paliarlas antes de su titulación en Secundaria- no falta el visionado de “Las uvas de la ira”, magnífica película , dirigida por John Ford y basada en la novela homónima de John Steinbeck. Trata, por si alguien no lo sabe, de las consecuencias de la gran crisis económica del 1929 en una familia de agricultores medios del centro oeste americano, al tiempo que refleja el deterioro repentino y brutal en la sociedad (violencia; comportamiento arbitrario de las autoridades, empeñadas en la defensa de los intereses de los más poderosos económicamente; indefensión de los más débiles;  explotación de los obreros por parte de los empresarios que abusan de la abundante oferta de mano de obra para pagar salarios cada vez más miserables;  rechazo,  persecución y violencia contra el foráneo; soledad del individuo al que el Estado no defiende  ni en sus derechos ni en su integridad, la única justificación verdadera de la existencia del Estado…)
Mi alumnado de 4º de ESO fue capaz de descubrir diez o doce similitudes entre la situación que describe magistralmente la película – una obra de arte- y la de la sociedad en la que hoy viven ellos y sus familias, incluyendo, desde luego, la desaparición del estado como fuerza protectora de los más necesitados para que sea efectiva la igualdad ante le Ley que consagra la Constitución.
En la década de los 30 los países mundiales ensayaron distintas formas para salir de la depresión económica: Las primeras soluciones que adoptaron casi todos los países ante la crisis fue la adopción de típicas recetas del liberalismo clásico, a saber: reducción del gasto público, restricción de los créditos, disminución de los gastos sociales y salarios, disminución de las importaciones.
Las políticas liberales fracasaron y generaron aún más paro y recesión.
Ahora, Europa, y especialmente España, con las medidas impuestas por el gobierno del Partido Popular, fiel seguidor de las consignas de Ángela Merkel, están reproduciendo exactamente lo que no se debe hacer.
O quizá lo que se debe hacer para prolongarla y, con esa disculpa, desmontar el Estado a conciencia.
En los años 30 del siglo pasado el liberalismo llevaba al capitalismo clásico a la tumba; un economista, John Maynard Keynes, -mencionar hoy el Keynesianismo ante la recalcitrante derecha política europea es casi mencionar el Manifiesto Comunista- estableció que la clave en esta situación reside en la intervención del Estado en la economía con la finalidad de compensar los desajustes de la economía de mercado. El Estado debía estimular la inversión y el empleo recurriendo para ello al déficit presupuestario. Ello incluía también la inversión directa en obra pública y en los sectores con mayor impacto sobre empleo y demanda. Había que impulsar el consumo elevando el poder adquisitivo de la población, y para ello había que proteger las rentas más pobres.
Estas ideas inspiraron la política económica de la mayor parte de los países democráticos. En todos ellos el Estado se vio obligado a intervenir para relanzar la economía. Sin embargo, el ejemplo más claro de la puesta en práctica de las propuestas de Keynes fueron los propios EE.UU. a partir de 1933 , con la salida de la administración republicana del presidente Hoover, un ultraliberal sin sentido de Estado y sin conocimientos de economía, sustituido por Roosevelt, del partido demócrata.
La política económica llevada a cabo por Roosevelt se denominó New Deal: Se llevaron a cabo grandes inversiones en obras públicas, se tomaron medidas de protección social que aseguraran el poder adquisitivo de la población, con el objetivo  de que aumentara el consumo, se convinieron  con la Banca procedimientos y garantías para que hubiera crédito a un bajo interés, se  promovió el aumento de salarios, y se disminuyeron las horas de trabajo en la Industria para favorecer el empleo de más personas.
El resultado fue la recuperación de la economía de EE.UU. Aunque el espaldarazo definitivo lo supuso el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
¿Tan inculta, tan irracional o tan ilógica es la clase política europea? ¿Tan débiles son los gobiernos nacionales frente a las exigencias de Ángela Merkel? ¿O es que tienen ocultas intenciones?
El liberalismo desfasado de esta Europa amenaza la integridad de la Unión. Si no hay un cambio drástico de política económica la Unión Europea saltará por los aires. Y no hace demasiado tiempo ha sido Europa la garantía del crecimiento en países como el nuestro. No era mal club. Ha sido la referencia mundial por la calidad de vida de sus conciudadanos y por la calidad de sus democracias.
Hoy hay mecanismos de ese entramado que han saltado por los aires y volvemos ser un conglomerado de nacionalismos incapaces de solucionar los problemas colectivos. Alemania saca réditos de esta situación. Sigue siendo un país exportador, pero los clientes se le están empobreciendo. Tardará más, pero verá también sus costuras descosidas. Bélgica, Holanda, Reino Unido, Portugal Irlanda, España, Italia, Grecia, Francia… Cada día crece el número de países con problemas económicos y crece el paro europeo; por tanto disminuye la capacidad de recuperación que comienza por el consumo interno. Tan sólo la “amenaza” de perder a su socio europeo más convencido, - Sarkozy- parece haber impulsado a Merkel a aceptar la necesidad del crecimiento. No está convencida en absoluto.
Estoy buscando “Las uvas de la ira” doblada al alemán. Se la enviaré con sumo gusto. Puede que si mi alumnado de 4º de Secundaria entiende con nitidez el mensaje, hasta esa mujer de su casa, su casa alemana, metida a administradora de nuestro futuro, sea capaz de entender que  Keynes no era marxista, sino un liberal convencido, un defensor del capitalismo y su supervivencia.

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