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martes, 11 de septiembre de 2012

La plutocracia manchega


      Llama la atención el poco eco que el atentado directo a la línea de flotación de la democracia representativa de la presidenta de Castilla-La Mancha ha tenido en los medios de comunicación.
            De Cospedal insiste en que dicha medida no afectará a la representatividad, porque un fontanero o alguien que explota su tienda siempre podrán encontrar un rato para acudir al parlamento regional. Un rato. Eso está bien. Cuadra con su dedicación a la comunidad, que según denuncia la oposición, es de apenas unas horas a la semana. Se supone que ambos, tendero y fontanero, trabajarán en los aledaños del parlamento. Si trabajan a doscientos kilómetros, la cosa se complica. Y si se trata de un trabajador por cuenta ajena se complicará de forma lamentable.
            Es un discurso contra la razón, contra la lógica, contra la ética de la democracia y contra la historia. Un discurso enhebrado para enmascarar medidas ideológicas, cuya intencionalidad única es deshacerse de la oposición y tergiversar las reglas de la democracia. Uno más.
            De hecho, Castilla-La Mancha, una comunidad depauperada hasta el límite en sus servicios públicos, ha dejado de ser por la decisión de la Secretaria General del PP una democracia y se ha convertido en una plutocracia. Por si alguien ha olvidado el griego que estudió durante la primera juventud, esa palabra significa el gobierno de los ricos. De hecho, ya gobiernan. Pero, en Castilla-La Mancha serán los únicos que puedan sentarse en los escaños del parlamento de la comunidad.
            En el siglo V antes de Cristo funcionaba ya en Atenas una democracia incipiente. Sus diferentes órganos se reunían con mucha frecuencia, demasiados días al año, para ocuparse de los asuntos públicos y tomar decisiones. El procedimiento establecido para facilitar la participación de todos los ciudadanos, incluyendo a aquellos que dependían de su trabajo para el sostén propio y el de su familia, fue el del pago por asistencia, tres o cinco óbolos según la función desempeñada. Aquella democracia en ciernes ya sabía que era importante la participación de todos en los asuntos públicos.
            Cospedal les arrebata el óbolo y  expulsa, de hecho, a una parte del pueblo de la asamblea de su Comunidad.
            En 1838, en las primeras maniobras de los movimientos obreros para acceder, también, a la soberanía, es decir al derecho a participar en la elaboración de las leyes en los Parlamentos, el movimiento Cartista reivindicaba en su “Carta del Pueblo” al Parlamento Británico, entre otras cosas, un sueldo para los diputados. De otra manera ningún obrero inglés podría acceder al órgano legislativo.
            De Cospedal nos devuelve  a los orígenes. Cuando ellos ya no estén habrá que reinventar la democracia.
            Pero, es cierto, me llama la atención la indiferencia con que hemos acogido esta medida. No he podido dejar de pensar en ello en estos días. Lo he comentado con gente próxima. He recibido una respuesta inesperada, alarmante, que me llena de desasosiego porque procede de una persona cultivada, moderna, inquieta, celosa de su libertad, solidaria. Me ha dicho que quizá el sistema democrático ha entrado en un declive que puede convertirlo en un procedimiento del pasado.
            Tajantemente lo he negado. Ahora no dejo de pensar cuánta gente podría estar convencida de eso mismo.
            La verdad, sería terrible. Significaría la aceptación de la derrota. El reconocimiento de que hemos renunciado al futuro. Y Los arqueólogos, dentro de mil años,  nos reconocerían como  el estrato de la evolución humana de mayor desarrollo tecnológico y de menor éxito social, un intento fallido de la naturaleza
             Y Cospedal, que ha impuesto de nuevo la plutocracia en su región, habría ganado. No podemos permitírselo. 
           

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