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miércoles, 5 de septiembre de 2012

¡Hambre!




            Ya sabéis los que a veces entráis en esta crónica que es una manifestación de mi conciencia torturada por  las indignidades cotidianas que sufre el ser humano y que reflejan los titulares de la prensa. Desayunamos con demasiadas indignidades bailándonos ante los ojos cada día.
          Hoy toca el hambre. La noticia  es que la Unión Europea debate dejar sin fondos a los Bancos de Alimento.
            No creo que haya en el mundo tortura comparable a mirar los ojos de un hijo hambriento y no tener un plato de comida que ofrecerle. No creo que haya una injusticia más palpable al alcance de nuestra conciencia que ver el hambre atenazando, deformando, consumiendo a un ser humano.
          No creo que haya una situación más humillante, más alienante, más inhumana que no tener para comer mientras la abundancia de recursos se exhibe ante tus ojos y lejos de tus manos.
         En 1987 la Unión Europea comenzó a financiarlos, fundamentalmente por la existencia de excedentes agrícolas en Europa. Entonces costó trabajo convencer a Alemania y a Suecia. Se oponían. Cuesta entenderlo, pero es así. ¿Cómo es posible que sociedades cultas, con valores sociales bien definidos, con un extraordinario nivel de vida se opusieran a una propuesta tan solidaria? 
      Sociólogos e historiadores tan reputados como Emmanuel Todd, (La invención de Europa, 1995), cuando explican las disensiones que ya entonces parecían condenar a la actual Unión Europea a la desaparición, recurren a la profunda brecha mental que abrió la Reforma Luterana en el continente. 
        La Reforma  Luterana y, por extensión, la Calvinista llevaban en su seno dos semillas poderosas que justificarán muchas  de las actitudes con las que la Europa del Norte, la más rica y aquella donde el progreso industrial y el protestantismo fueron cogidos de la mano, afronta el conflicto económico y moral de la crisis actual. Las dos ideas nucleares de la Reforma son la predeterminación y la desigualdad entre los hombres. Son dos dogmas del catecismo luterano. Y la primera servirá de justificación para la segunda.
          La predeterminación afirma taxativamente que el destino de cada persona está establecido por Dios y que nada ni nadie puede cambiarlo. Llevado al término que nos preocupa hoy, el hambre y la pobreza de unos seres humanos no es una situación que necesite intervención humana; Dios sabrá por qué ha establecido ese destino a una parte de la humanidad, y no cambiaremos sus designios.
        La cuestión de la desigualdad entre los hombres, ya que Dios les ha establecido destinos diferentes, nos lleva a la distribución de la riqueza. El éxito económico, la riqueza de unos es voluntad de Dios, premia con ello a los que cumplen con sus obligaciones morales. La pobreza de los otros es, también, voluntad divina y señal de que los pobres no son, precisamente, seguidores de los mandamientos del Señor.
       Parece simple, burdo, incluso increíble, pero en el alma de la Europa rica se retuercen estos convencimientos cuando valoran la crisis actual. Hay, desde luego, por encima de todo, intereses económicos. Pero encuentran justificación moral a sus posturas insolidarias en esos principios religiosos que subyacen en su conciencia colectiva.
       Hoy, 120 millones de ciudadanos de la Unión Europea bordean el umbral de la pobreza y deben recurrir a los Bancos de Alimento para poder poner un plato de comida sobre sus mesas. La derecha patria los criminaliza desde los medios afines; vagos, acomodaticios, que viven en la gloria a costa de las subvenciones del Estado. Ninguno de los 28 Reales Decreto Ley con los que el PP  desvirtúa la Constitución del 78 ha levantado en el partido el más mínimo revuelo. La prolongación del subsidio de 400 € a los parados de larga duración y sin ingresos, cuya percepción  precisa infinidad de certificaciones y requisitos, ha divido al partido de forma visible.
      Esos 120 millones de ciudadanos de la Unión – una cuarta parte de la población de la región con mayor producción de riqueza de la tierra, 15 billones de euros- no han elegido esa opción. Son el desecho humano que va dejando al margen de la vida el sistema económico dominante, inhumano, irracional y equivocado.
      No obstante, media Europa, Alemania, Suecia, Inglaterra, Holanda, Finlandia y Dinamarca, de mayoría protestante, y los menos afectados por la crisis, proponen  dejar de aportar fondos para los Bancos de Alimento. Apostaría una mano a que la mayor parte de los ciudadanos de esos países no creen en Dios; pero apostaría la otra a que, como excusa, no encontrarían otra mejor.
        Esos ciudadanos europeos a los que el sistema ha condenado a la humillación de no tener alimentos suficientes para su sostén, no son consecuencia del capitalismo irracional, sino de la voluntad de Dios. Tendrá sus razones. Hoy dormirán hambrientos y, probablemente, mañana acabarán en el infierno. La pobreza es la lacra con la que Dios señala a los pecadores.
      Y si es voluntad de Dios, Él proveerá.
      Estoy cada día más convencido de  que nos costará demasiado una Europa común, humanitaria y racional. Y de las religiones, como justificación de aberraciones incontables, hablaremos otro día. Sólo hay que mirar alrededor.
                                                                                                                              

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