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jueves, 13 de septiembre de 2012

Cada hora de nuestras vidas

      Esa  duda de un amigo sobre si la democracia no sería ya un procedimiento político del pasado no deja de  volver sobre sus pasos, al centro mismo de mi cerebro. Señal inequívoca de que tiene su razón de ser como percepción de mucha gente.
            La democracia como sistema político, el menos imperfecto según dicen,  ha debido recorrer una trayectoria de siglos, larga y sangrienta, para consolidarse como sistema participativo desde la antigüedad. La organización de la sociedad humana ha sido  siempre hasta hoy absolutamente injusta, estableciendo divisiones insoportables entre los individuos en lo referente a los niveles de riqueza, al reconocimiento de derechos y privilegios, al establecimiento de obligaciones y cargas y al grado de participación en las decisiones relativas a la organización de la sociedad.
            Quien ha gozado de soberanía, capacidad de establecimiento de las normas,  de decidir lo legal y lo ilegal, lo justo y lo injusto, lo aceptable y lo punible en cuanto a la moralidad de las personas, ha diseñado un mundo a su medida.
            La democracia ha ido ampliando esa soberanía, esa capacidad de decisión sobre el modelo social y de convivencia, cada vez a más personas. La democracia tal como ahora la conocemos en Europa ha permitido la participación masiva de la ciudadanía en el diseño de las condiciones de su propia vida, independientemente de su nivel de renta o grado de cultura. Todo un logro.
            Y hemos aspirado a consolidarla por una razón fundamental. Nos ha proporcionado seguridad frente al diseño injusto de la sociedad; nos ha garantizado el esfuerzo colectivo, y el de los gobiernos, por garantizarnos igualdad ante la ley, servicios públicos que faciliten la calidad de vida de las personas  sin consideración a su nivel de rentas, y nos ha garantizado derechos imprescindibles para sentirnos, en cierto modo, dueños de nuestro propio destino: libertad, ausencia de discriminación, trato justo ante los tribunales, oportunidades educativas, atención sanitaria universal, acceso a la información, respeto a tus creencias, a tus inclinaciones sexuales, regulación de las relaciones laborales respetando derechos de los trabajadores…
            Podríamos seguir enumerando garantías de los sistemas democráticos. Innumerables.
            Miro alrededor y contemplo, desolado, que esa democracia ya no existe. Tenemos una democracia de opereta, de cartón piedra, casi un decorado de un teatro infantil.
            El capitalismo financiero, los mercados, han generado este conflicto casi irresoluble que llamamos crisis.
            Los gobiernos, lejos de actuar para garantizar la seguridad ciudadana con los recursos del sistema frente a los ladrones de soberanía que pululan a nuestro alrededor, se han entregado al enemigo. Son los mercados los que  se han adueñado de la voluntad política de los gobiernos. Establecen las medidas que nos agotan. Los gobiernos son meros ejecutores de políticas económicas – casi las únicas políticas posibles ahora- que les vienen impuestas y que consagran las insoportables diferencias  entre ricos y pobres. No es exagerado reconocer que hemos vuelto a los años treinta del siglo pasado.  Hay fortunas personales que sobrepasan las rentas de muchos países pobres.
            Y la humanidad, nosotros aceptamos la situación como inevitable.          
            Y los obreros portugueses han de entregar dos nóminas anuales para que los ricos europeos sean mucho más ricos. Y se masacra moralmente a los países más afectados por la crisis  tildándolos de irresponsables, manirrotos, vagos y descerebrados, desde las biblias alemanas de la derecha ideológica y económica.
            Entiendo las dudas de mi amigo. ¿Votar para qué? ¿Qué democracia es ésta?
            No aceptaré, desde luego, que sea un procedimiento del pasado. La crisis ha sido la ocasión de un gigantesco golpe de estado, incruento, sin tanques, sin soldados en la calle. Contra la democracia, desde luego.
            Pero si nos arrebatan de nuevo el cauce de expresión de nuestra soberanía, de participar en el diseño del mundo que queremos, no será  sólo culpa del capital,  de los políticos, de los partidos, de las instituciones corrompidas. Todo eso es posible en la organización social humana, nos acompaña desde la prehistoria, es parte de la carga genética de la especie.  Y en cuanto a las intenciones y los procedimientos del capital, son los mismos de los que ha hecho gala durante su larga trayectoria. No son nuevos. No son tampoco más poderosos que los que usaron en el pasado.
            Será, sobre todo, culpa nuestra, porque estamos obligados a pelear por nuestra soberanía cada hora de nuestras vidas.

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