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sábado, 29 de septiembre de 2012

Fractura

      De pronto, el 25 S, mientras la policía carga con ferocidad desconocida contra los manifestantes, la Izquierda Parlamentaria, con el jefe de la oposición a la cabeza, cae en la cuenta de que se está produciendo una fractura social y de que el divorcio entre buena parte de la ciudadanía, defraudada en sus aspiraciones más legítimas, y la clase política resulta inevitable.
            A buenas horas. Resulta tentador culpar de esta fractura, exclusivamente a las políticas envenenadas de la derecha desde que Rajoy es presidente de gobierno. Tan tentador como le resulta al gobierno del Partido Popular amparar sus decisiones en la herencia recibida. En ambos casos, en injusto. Y falso. Tanto recurrir a la mentira acabará por aislar a los políticos definitivamente del resto de la sociedad.
            En el proceso de deterioro generalizado de la sociedad occidental, dominada por el peor capitalismo que hayamos conocido en los últimos cien años de nuestra historia, las instituciones políticas no están a salvo en absoluto. Al contrario, son la presa fundamental. Destruida la confianza en los Parlamentos y en los gobiernos que emanan de las urnas, ¿qué nos queda, sino la indefensión más absoluta o las trincheras…?
            Esta fractura, predecible, tuvo su solución cuando era solamente una premonición que iba tomando cuerpo entre la gente sensata que es capaz de adelantarnos el futuro. El primer gobierno Zapatero tuvo en sus manos corregir las fuerzas tectónicas que adelantaban el seísmo. Conocían la profundidad de la burbuja inmobiliaria, los chanchullos financieros, la corrupción política, las duplicidades insoportables en la maquinaria del Estado, el clientelismo político, el neocaciquismo de muchas organizaciones políticas y administrativas…
            Todo ello era de conocimiento público. Y era de conocimiento del gobierno. Y era su responsabilidad prepararnos un futuro más digno, porque de todo ello se ha aprovechado la hidra de la crisis para llevarnos a este estado de frustración, de ausencia de futuro, de desesperanza, de explotación inútil de la capacidad de resistencia de los seres humanos.
            Inútil, porque a pesar del sacrificio económico de la inmensa mayoría, del saqueo de nuestros logros sociales, de la esquilmación de nuestros haberes y del freno a nuestro desarrollo, la deuda crece, los intereses nos desbordan y el paro nos deforma y lastra el futuro de varias generaciones.
            Estoy cansado de ese tópico manido de que había que tener mucho valor para parar la música y cerrar la barra en lo mejor de la fiesta. No es sino un metáfora de la irresponsabilidad. Y quien gobierna los destinos de un país tiene algunas obligaciones ineludibles. Una de ellas es asumir las responsabilidades que demanda su oficio mirando hacia el futuro.
            La ciudadanía también está cansada de ese tópico. Y, al contrario de lo que piensan los políticos, es sabia. Analiza la realidad con precisión. Prueba de ello es que, aunque el PP se ha hundido en las encuestas y ha perdido en diez meses de gobierno un tercio de sus votantes, el PSOE sólo ha recuperado unas décimas. Señal inequívoca de que se le considera cómplice necesario del expolio que sufrimos.  Nunca se había dado, en nuestra historia reciente, un caso de hundimiento profundo del partido en el poder sin el crecimiento equilibrador del partido que representa la alternativa de gobierno. Da la sensación de que el PSOE ya no lo es. Da la sensación de que la dispersión del voto de la izquierda sociológica, o su exilio voluntario, convertirá en quimera la posibilidad de recuperar todo lo que ya hemos perdido y lo que aún nos irán arrebatando
            Si yo fuera de izquierdas, contemplando la dimensión catastrófica de la fractura, lloraría con desconsuelo lo que no supe defender con honestidad y buen gobierno: la confianza ciudadana.
            Costará mucho tiempo reorganizar una alternativa política de izquierdas que concite esperanzas y goce de credibilidad, como para que el pueblo escaldado le permita gobernar. Sacrificaron una buena parte del futuro por no parar la fiesta en el momento justo.
            

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