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viernes, 9 de noviembre de 2012

Un asesor pedagógico pasaba por allí

A Wert debería bastarle con poner en marcha  la reforma ideológica de las  enseñanzas. Para eso se le puso en el sillón ministerial.
                El objetivo claro, como en el resto  de los servicios públicos, era  el empobrecimiento y la paulatina privatización de los mismos.  Con eso, una vez cumplido el compromiso de eliminar Educación para la Ciudadanía, que era una petición insoslayable del integrismo religioso y de sus persistentes compañeros de viaje, debía haberse quedado satisfecho.
                Pero, no.  Necesitaba dejar su huella, también en un aspecto donde su competencia no es ni siquiera discutible. Sencillamente, no la tiene.  Se ha atrevido, también, con el diseño de los contenidos curriculares.
                Desde luego, no son los ministros quienes deciden esas cuestiones complejas. Si la reforma se concibe como una modificación profunda del sistema educativo para adecuarlo a las circunstancias sociales, normalmente se consensua contando con profesionales cualificados. Y  cuantas más sensibilidades  se contemplen,  mejor. No es el caso. Las mayorías absolutas se suelen subir a la cabeza. Y si la mayoría absoluta se marida con la manifiesta falta de respeto a la diversidad, y con  el desinterés por las cuestiones fundamentales de la Educación, el problema se agrava. En estos casos, basta el criterio de algún asesor pedagógico afín y osado que pasaba por allí. Quedará en su currículum. Todo un logro. Maquinó la reforma educativa del 2012. Ahí es nada.
                Hablar de forma amplia de la reforma que propugna Wert sería arduo. Hoy sólo haré referencia a una de sus muchas propuestas peregrinas. Peregrina porque no tiene demasiado sentido;  y peregrina, porque trastoca profundamente situaciones profesionales sin obtener beneficio alguno para la sociedad, ni para nadie.
                Ha tenido la ocurrencia , sea quien sea la persona que asesora a este ministro soberbio y malquerido, de eliminar Griego de la oferta educativa del Bachillerato de Ciencias Humanas, como asignatura de modalidad y sustituirlo por Literatura Universal.
                Parece olvidar un aspecto fundamental de las enseñanzas modernas. Vale más el aspecto metodológico de lo que enseñamos que los propios contenidos. Las lenguas clásicas forman en muchos aspectos importantes ; pero, especialmente, en cuestiones metodológicas. Tanto como la más metodológica de las disciplinas. Y, desde luego, infinitamente más que Literatura Universal, con todos los respetos. Si el objetivo es desarrollar en el alumnado la capacidad de análisis para encontrar soluciones adecuadas con prontitud, una lengua flexiva extraña, cuyo entendimiento solicita el manejo simultáneo de infinidad de datos morfológicos, sintácticos y léxicos es una práctica insustituible en el ámbito de las Humanidades para el desarrollo de dicha capacidad. Probablemente, ese tipo de formación no sea la deseable, desde la perspectiva de la Educación que ha diseñado el Partido Popular.
                Pero, como cuestión añadida, esa decisión descolocará a infinidad de profesionales muy especializados, muy cualificados, de larga trayectoria profesional. Los obligará a impartir asignaturas afines, a desplazamientos de su puesto de trabajo. La pregunta que sigue debería ser contestada por el propio ministro. ¿Cuánto profesorado especialista en Literatura Universal tiene pendiente de colocación? 
       Sí; la respuesta es ninguno. Y, probablemente, para muchos Departamentos supondrá un desaguisado tener que afrontar una programación comprometida - la literatura universal no es abarcable en un solo año- que obligará a un trabajo de selección de contenidos de los que, probablemente, nunca estaremos satisfechos.
                La literatura Universal es, sobre todo, una afición que muchos individuos compartimos, señor ministro. Se podría argumentar que hay muchos docentes cualificados para impartirla. Y es verdad. Pero, esa modificación del  diseño en el currículum de Bachillerato es sólo una ocurrencia poco justificada de un asesor pedagógico que pasaba por allí. No aporta ni una sola ventaja y sobrecarga de dificultades una zona demasiado minada ya por su gobierno.
                Usted pasará a la historia, esa que se escribe con la letra pequeña, como un ministro lamentable para la educación de este país. Minimice esa imagen. Reflexione, corrija, mande a sus asesores a la oficina de empleo a buscarse otro destino. No tienen ni idea de lo que están haciendo, pero será su apellido el que será arrastrado por el desprestigio hasta que la desmemoria se apiade de usted y lo olvidemos. Tardaremos, no me cabe duda. Porque tardaremos mucho tiempo en recuperarnos de los daños que usted ha ocasionado.


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