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lunes, 12 de noviembre de 2012

La maldición de Casandra

     Me refería ayer a este proceso por el que el capitalismo nos desplaza al extrarradio de la miseria y nos arrebata derechos que nos ha costado siglos conseguir como un proceso de conquista, otra forma de guerra enmascarada. 
     Alguien podría pensar que es una comparación inapropiada.
     Nuestro mundo actual está poblado mayoritariamente por dos tipos de individuos, los embaucadores y los que se dejan embaucar. Hay un tercer grupo, muy minoritario, integrado por los que intentan desenmascarar los argumentos de los embaucadores; con escasa esperanza, hay que decirlo.
      Los embaucadores tienen un proyecto de sometimiento y de dominio. Son portadores de una ambición sin límite. Para ellos, el bien y el mal son sólo conceptos en algún diccionario. Han conseguido complicidades poderosas. Corrompen, manipulan, condenan sin necesidad de tribunales ni letrados, transforman de forma radical el horizonte humano, manejan los hilos del destino como aquellas tres Parcas temibles que el Mito presintió emboscadas entre las brumas que pueblan ese espacio inestable que separa el mundo de los vivos y la nada absoluta.
    Los embaucados lo presienten, pero prefieren los márgenes de la batalla, donde se creen seguros. Esperan que los cambios, cuando esta guerra declare su indudable vencedor, no afecten demasiado a su existencia. Esperan, también, que les aclare el panorama de competidores y enemigos. Son portadores de un gen de derrotados previos,  de esclavos desde la cuna, de cómplices  por omisión, de fugitivos permanentes, de habitantes de los espacios sombríos, de acaparadores de sobras con las que parecen contentarse.
      Y, luego, están aquellos que pretenden minar el amplio pedestal desde el que los embaucadores envenenan el aire con sus palabras escogidas y establecen los planes de conquista. Parecen portadores de la maldición de Casandra. Como si  Apolo les hubiera escupido en la boca y los hubiera condenado a predecir el futuro con exactitud , para no ser creídos.
    Los embaucadores achacan sus palabras a prejuicios que no tienen cabida en este mundo donde las ideologías resultan innecesarias, donde la derecha y la izquierda ya no se distinguen, donde la cruda realidad nos marca las políticas posibles. Los embaucadores los clasifican , con un media sonrisa de suficiencia o de desprecio comprensivo, como gente de extrema izquierda, desfasados, desubicados, anacoretas que predican en el desierto, nostálgicos de tiempos políticos que ya no volverán.
     Los embaucados seguramente asentirán, mientras el drama no llame a sus ventanas o a sus puertas. No escucharán a Casandra porque temen al dueño del destino. El miedo es el antídoto perfecto para la rebelión. 
     Pero Casandra inevitablemente cumplirá su función. Para eso ha sido puesta entre los hombres. Anunciará el futuro a pesar del descrédito que produjo en sus labios la saliva de Apolo. Y si alguien ordenara a un verdugo que le cortara la lengua, Casandra nos dejará sus profecías escritas  con su sangre sobre las paredes encaladas de nuestras  plazas.
      Y hoy Casandra nos dice que esta guerra dejó de ser incruenta hace ya tiempo. Y que mañana morirá gente en Grecia; personas aquejadas de cáncer no tendrán medicamentos para seguir su tratamiento. Laboratorios internacionales de la Europa cristiano-demócrata, que acude a su iglesia los domingos, los han condenado a muerte, porque no tienen garantías de que el país pueda hacer frente a su creciente deuda. No es una afirmación exagerada. Mañana morirá gente en Grecia porque no tiene acceso al medicamento que la mantiene con vida. Así de crudo.
      Cuando la jaqueca os lleve al cajón donde guardáis algún remedio contra ella, - todavía podéis- sabed que lo fabricó algún  asesino. 
     Probablemente Casandra acertará cada día cuando nos anuncie el futuro. Incluso, lo sabremos. Su maldición actual no es el descrédito. No es ella la que resultó contaminada por la saliva de un dios defraudado y vengativo. Somos nosotros. Esa saliva venenosa alcanzó a nuestra dignidad y la sumió en un sueño profundo y paralizador. De resultas hemos aceptado, embaucados o cobardes, que el destino que anuncia Casandra resulta inevitable. 

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