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jueves, 15 de noviembre de 2012

Brotes verdes


De la novela "El morador insomne", ganadora del Premio Internacional de Novela "Felipe Trigo" 1989.
        
               El pasaje refleja un hecho cierto que conoció el autor en la niñez, en tiempos de estrecheces extraordinarias. El Negro es un personaje real, con otro nombre, de mi infancia.

    " Al Negro no le conoció nadie un amo. El único nombre por el que era conocido le venía de uno de sus muchos oficios. Durante buena parte del invierno llevaba la cara negra del polvo del picón. El Negro podaba gratis los olivos de la gente, si le dejaban el ramón para hacer cisco.
    El sepulturero Onésimo, al que apodaban Juan sin tierra porque se había quedado el cementerio algo pequeño con el paso del tiempo, se echó a dormir, borracho, en una fosa recién abierta, y allí se lo encontraron, muerto, jugando una partida interminable con sus viejos clientes.
       - Tú eres ahora el sepulturero - le dijo el alcalde Bohígas a Panarra. Y le dio la gorra sudada del antiguo.
   No era mal oficio, tranquilo, respetable y con horario fijo.
          - Don Francisco - le dijo un día Panarra al alcalde falangista -, que de noche me siegan la yerba de las tumbas.
   Avanzado el verano, sólo había yerba en el cementerio, sobre las tumbas, a la sombra de los cipreses. La tierra mejor abonada de toda la comarca.
   Contaba Panarra que el alcalde Bohígas se rascó tras la oreja.
           - Pues no hay ni que consultar al cura. Eso es profanación. Así que esta noche te escondes y me pillas al que se está llevando la yerba de los muertos.
    Y aquella noche Panarra, obediente, dándose ánimos con la botella, aguardó entre las tumbas al ladrón de la yerba del camposanto. Estaba la luna impasible, la luna grande y pálida, a caballo sobre las tapias, cuando vio Panarra un envoltorio cayendo entre las tumbas. Arrojó la colilla y allí se encaminó con paso quedo. Al poco devolvía el envoltorio por el mismo camino. Alguien jadeaba al otro lado por el esfuerzo de encaramarse a la tapia, de una altura razonable. Tras una larga pausa, oyó con claridad la voz del Negro.
             - Si sois las ánimas, no tener miedo, que yo vengo por  yerba...
             - Todavía no soy un ánima, Negro. Soy Panarra. Y ahora te vienes conmigo al cuartelillo.
  Ya se escuchó fuera la carrera desaforada del Negro, que aquella noche se quedó sin yerba para la camada de conejos.
    El alcalde Bohígas olvidó el asunto, porque el Negro también podaba sus olivos. Y aquella historia se corrió como la pólvora por las tabernas, por los corrillos de comadres que se forman a la puerta del mercado de abastos, y hasta los niños la contaban en los círculos de empecinados  jugadores de bolindres. Pero perdió vigencia. El Negro jamás cayó en el olvido, sin embargo. Un pueblo necesita al habitante del último arrabal, el inquilino del ejido, vecino de las hordas de perros abandonados que pululan por los basureros buscándose el sustento. El Negro, sin saberlo, era la referencia última de la desgracia, el límite intolerable de la miseria. Cualquiera que viviera en mejores condiciones se sentía  un ser afortunado"
          Ahora hay gente principal que ve ya brotes verdes. Primero fue el Rey desde la India; luego, la ministra de Trabajo; al poco, el presidente de la patronal. Y recientemente, el Fondo de Rescate Europeo, que ha visto "curvas positivas" en cuanto a los "criterios básicos" de la economía en los países "sometidos a turbulencias". Su portavoz, Klaus Regling, utiliza un lenguaje moldeado en la ambigüedad de la perífrasis, seguramente para que la mentira pase algo más desapercibida entre tecnicismos insoportables.El criminal nunca llamará crimen a su obra.
    Acabaremos por creerlos.
   Yo, terco y recalcitrante, buscaré entre la descendencia del Negro; seguramente alguno de sus muchos hijos, - tuvo casi tantos como perros- reservados,distantes, silenciosos, eternamente fugitivos de los niños de sus edad, quedará en el barrio de viviendas sociales que levantaron los alcaldes socialistas en los antiguos dominios de su familia, en el suburbio de la Fuentecita, rayando ya los límites oscuros de las primeras bocas cercadas de las minas de la Oscuridad. Alguno habrá heredado la habilidad del padre para encontrar yerba en los agostaderos. Le pediré, si no es molestia, que me certifique lo de los brotes verdes. Más me fío yo de ese criterio que del  de la gente principal que he mencionado.

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