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martes, 13 de noviembre de 2012

Derechos Civiles

    Hoy acojo es esta Crónica de la indignidad la reflexión de una amiga, letrada, obstinada, concienzuda, convencida de que la recuperación de lo que ya nos han arrebatado ha de ser una empresa que eche sobre sus hombros la ciudadanía, o no será posible. Ella está empeñada desde hace ya muchos años en la defensa de un elemento fundamental y diferenciador en las sociedades que pretenden ser justas e igualitarias, los derechos civiles, como el título indica. Celebra en su artículo que , a pesar de los malos tiempos que corren, el compromiso del muy conservador poder judicial en la defensa de algunos de esos derechos civiles da  pábulo a la esperanza. Lo sostengo. Lo aplaudo.


 Hoy el espacio es de:
CARMEN PÉREZ ALFONSO
Abogada. 


DERECHOS CIVILES

  Detrás del bombardeo masivo de noticias económicas que desde hace ya años nos acompaña mientras nos reunimos en torno a la mesa, en el desayuno, en el almuerzo o en la cena, esos momentos en que buscamos un poco de sosiego en nuestras abrumadoras vidas, se solapan muchas historias que el periodismo se empeña en ocultar como si en una tormenta perfecta se hubiese juramentado con los bancos, el Gobierno y la Merkel, para adoctrinarnos en una sola materia de la que acabaremos siendo especialistas: la crisis económica.

            La prensa, al igual que nuestros ajados políticos, realiza la labor del cenizo. Ni unos ni otros nos permiten vislumbrar un rayo de esperanza, una nueva idea; ni unos ni otros toman la antorcha de un liderazgo que nos haga sentirnos más optimistas.

            Todo ello viene a cuento de la percepción de una gran paradoja: el estamento conservador por antonomasia, la judicatura, en corto espacio de tiempo y bajo la batuta de un gobierno conservador, ha dado signos inconcebibles para cualquiera que la conozca de cerca, de proteger bajo sus togas y sus puñetas una idea igualitaria, humanista para otros, democrática para  los más comprometidos, que alumbra un concepto firme de aquello que los americanos denominan derechos civiles.

            Resulta buena prueba de ello el ejemplo de algunos jueces negándose a ejecutar el lanzamiento de los hipotecados, a los que las entidades bancarias prometieron que iban a vivir treinta o cincuenta años más, y, además, con buena salud, mientras los hacían sus esclavos; y como aquellos esclavos del derecho romano, mediante un trabajo duro de por vida, muchas décadas después, serían manumitidos y libres, y alcanzarían el derecho de propiedad que según los clásicos comprendía desde el cielo hasta el averno. En nuestro caso, y con suerte, setenta metros cuadrados con ascensor.

            Pues bien, las Señorías, o por lo menos algunas de ellas, han gritado ¡basta!  Ni los hipotecados viven tanto, ni tienen tan buena salud; de hecho, algunos tienen el mal gusto de matarse antes de que les toque su turno, y el trabajo duro que les iba a manumitir ha desaparecido como en un truco de magia.

            Los políticos, a lo suyo, corriendo de un lado para otro para hacer unos apaños a las leyes que les permitan callar a algunos, y no contentar, ni resolver, legal y definitivamente la cuestión. Tres días de radio y dos de televisión, algo en prensa escrita y hasta el próximo lanzamiento o suicidio. El problema hipotecario tiene una enjundia y trascendencia que necesitaría un Pacto de Estado de ésos que por aquí no cuelan.

            Las Señorías, hace poco, también decidieron partir una lanza a favor de la custodia compartida para los hijos, vía sentencia del Tribunal Constitucional, a cuyos jueces los ciudadanos imaginan alrededor de una gran mesa en una habitación oscura y, todos, con bastones, como en la película de Mary Poppins. Seguro que después de parir la Sentencia y leer y oír algunos de los comentarios que se han hecho contra la misma, se han subido al techo muriéndose de la risa. ¡Qué país éste!  Hace tres décadas, a la mujer ni agua; casada y apaleada de por vida, que ¡algo habrá hecho! Y ahora, el mero hecho de reconocer el cambio social experimentado en nuestros varones que quieren educar y amar a sus hijos en igualdad de condiciones con las madres, les hace acreedores de epítetos tales como violadores, maltratadores, pederastas, y otras lindezas; y no sólo a ellos, sino a cualquier profesional del derecho o de los medios de comunicación que celebre la Sentencia.

            Finalmente, y con un significado muy especial para quien escribe estas líneas, los Excmos. Sres. del Constitucional –que con ese tratamiento ya hay que tener valor-, fallan a favor del matrimonio entre parejas del mismo sexo y admiten que adopten hijos. En el año 97 me permití publicar en una revista de homosexuales mi tesis a favor de la constitucionalidad de este tipo de matrimonio y se me recriminó cariñosamente que, con tantas pretensiones fantasiosas, iba a perjudicar la causa de la Ley de parejas de hecho que, bajo el prisma de la época, era lo único que podía conseguirse siendo realistas.

            ¡Pues, no! Precisamente la realidad es tozuda. Los hipotecados no viven eternamente laboriosos, en perfecto estado de salud como si este país fuera Shangri-La; los hombres  desean llevar a sus hijos al colegio, contarles algún cuento por las noches,  arroparlos,  escucharlos,  reprenderlos,  oír sus risas, o sus llantos, sus afanes o frustraciones, y no son maltratadores, ni gente de peor ralea aún; ni amarse, cuidarse, respetarse, guardarse fidelidad, socorrerse en la enfermedad y cuidar de unos hijos, es la suma de un útero más unos testículos.

            Si están hastiados de noticias terribles, les animo a ver la otra cara de la luna: la igualdad es importante en democracia, y el concepto derecho civil, al que va dedicado toda esta reflexión, es piedra angular para que la realidad dé un vuelco. No podemos, como los animales en la granja, ser todos iguales, pero unos más iguales que otros. Hay que sentarse en el asiento del autobús, como hizo Rosa Parks, y ya no levantarse por mucho que la regla, la norma escrita, diga esto o aquello. Una sociedad consciente de sus derechos civiles será una gran sociedad, y si nos los tienen que recordar o descubrir los jueces, bienvenidos sean al tablero de la igualdad.

            Vayamos celebrando estas buenas noticias y dejemos para el futuro otras reformas y otras batallas que se me quedan en el tintero. Si me dejan, pienso de vez en cuando insuflarles algo de ánimo y optimismo. A nosotros  no nos deja perplejo el “yes, we can”, cuando miramos hacia atrás y vemos lo conseguido en una treintena de años. Entonces fue una cuestión de fe en el futuro y en eso debemos trabajar en este momento.

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