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martes, 6 de noviembre de 2012

Oficio prometeico



Agustín García Calvo
“In memoriam”


            Muere un maestro y en algún lugar hay una luz que  languidece.
            Muere un maestro y se borra de forma misteriosa alguna página en el libro de la vida, porque se ha apagado la mirada que era capaz de interpretarla.
            Muere un maestro y en el tablero de ajedrez donde la luz y la oscuridad se juegan el futuro de la humanidad, se rompe el equilibrio largamente logrado.
            Muere un maestro y hay una puerta que se cierra. Una porción del futuro quedará sin descifrar, una porción del pasado morirá para siempre, y el presente, perplejo y enlutado porque también se mueren quienes portan la antorcha, perderá lucidez un largo tiempo.
            Pero, ¡sabedlo!, la muerte de un maestro es menos muerte. Cada maestro tiene una inconsciente vocación de eternidad; nadie sabe hasta dónde alcanzará su trascendencia.
            Si el maestro es un maestro verdadero, sabed que el hombre – la persona-, cualquier hombre, es la razón de su existencia. Ese maestro se sabe puente generacional por el que transitan valores, actitudes, sabidurías utilísimas que recibió de otros. Se sabe relevista que porta la antorcha de los valores y los conocimientos en la carrera intemporal que tiene como meta un ser humano improbablemente sabio, justo, pacífico, honesto, feliz.
            Ese maestro comparte con Prometeo una ambición hermosa y perseguida, traer al ser humano  el fuego, la luz, la sabiduría; adornar la estancia que habitamos con los frutos y las flores del jardín de la razón.
            Los poderosos, sean estos los dioses o los viejos enemigos de nuestra propia especie que caminan entre nosotros, temen al maestro, ese perenne Prometeo que la especie recrea de forma persistente para no verse privada del fuego protector de la razón.
            Temen su libertad, su fe en el ser humano, su esperanza indeleble en un mundo mejor. Temen, sobre todo, su influencia invisible; el poder de esa palabra que se extiende por todos los rincones llamando a cada cosa por su nombre exacto.
            Muere un maestro y Prometeo lo aguarda al otro lado de la sombra momentánea que hay entre el ser y el no ser de la agonía. Solidario, le permitirá llevar en el dedo anular durante algunos días aquel anillo que recuerda su hazaña y su castigo. Así todos sabrán que ha llegado un heredero de la dura empresa de mantener la luz entre los hombres. Prometeo lo guiará por ese otro paisaje, le explicará las reglas, le ofrecerá su casa, y su amistad eterna.

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