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miércoles, 17 de octubre de 2012

Infancia sin escuela



      Hoy ha sido la UNESCO. Su informe del seguimiento del programa  Educación para todos,  y que tenía como horizonte humanitario la plena escolarización primaria de todos los niños y niñas de la tierra para 2015, se declara fallido. No será posible. Entre otras malas noticias relacionadas con la educación, se hace eco de esta desgracia universal Juan Manuel Moreno en El País de hoy.
       Trae la prensa cada día un ramillete de desgracias que enlutan la mirada y te contaminan las manos de una tristeza pegajosa; son como flores mustias que dejan un hedor a descomposición vegetal o a salas de hospitales antiguos; será que la esperanza  se  nos está pudriendo poco a poco.
     Pero hoy son estos niños sin escuela los únicos protagonistas de esta crónica de la indignidad. Son ellos los que han danzado en mi cabeza todo el día hasta convertirse en la espuela que me remueve la conciencia en esta hora ambigua del atardecer rosáceo del otoño que nos anuncia su llegada.
          La diferencia entre lo posible y lo imposible para todos ellos son catorce mil millones de euros.
            Es inevitable el contraste con otras cantidades conocidas.
       Es la mitad de lo que nos costará la nacionalización y saneamiento de Bankia, por ejemplo.
            Pero el siguiente dato es mucho más jugoso.
          Los quince países con mayor presupuesto militar de la tierra invierten en dicho capítulo  un billón cuatrocientos mil millones de euros; si, la cifra es  un catorce seguido de once ceros. Escolarizar a todos los niños de la tierra nos costaría sólo la centésima parte de esa cantidad: 0,01 del presupuesto militar de esas naciones. El uno es tan insignificante que, a efectos contables o estadísticos, casi lo podríamos despreciar. O sea, en comparación, ¡casi nada!  Un euro de cada cien. ¿Quién lo notaría?  Quizá escolarizarlos haría menos necesarios los fusiles y podríamos ahorrar noventa y nueve fusiles de cada cien que ahora fabricamos.
            Hoy esos niños son la espuela que se me clava en las entrañas de eso que llamamos la conciencia. 
            Hoy casi no siento orgullo de mi especie. La contemplo con un desapego doloroso. Es la única que levanta fronteras y las carga de amenazas; la única que se afana por acumular riquezas y posesiones como si eso fuera a librarla de la muerte; la única que considera la pobreza de los otros una oportunidad de negocio; la única que practica el genocidio programado; la única que está convencida de que una vida, o mil, valen bien poco; la única que destruye la tierra que la acoge y la alimenta; la única que condena a sus cachorros a las enfermedades, al hambre, al subdesarrollo, a la dependencia cultural, a la esclavitud, a ser niños soldados, a la muerte temprana.
            Pero, es que hoy tampoco me siento orgulloso de  mí mismo. Porque seguramente dejaré constancia en este blog de que las noticias han contaminado mi seguridad  en la civilizada Europa; contaré que me duele su condena al analfabetismo y a la miseria de por vida, y dormiré tranquilo, con el convencimiento de que ya hice cuanto estaba en mi mano.
            Una vez más me tranquilizará la sensación de que la solución no es cosa mía; me diré que es un asunto de los estados y de las organizaciones internacionales; o que quizá sea asunto de algún dios que los trajo a la vida pobres y desgraciados, en una tierra sin futuro.
            Pero la verdad descarnada es que yo, tú, nosotros, les estamos cerrando la puerta de la escuela  y, al tiempo, la puerta del futuro, porque este mundo es cosa nuestra, de cada uno de nosotros.






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