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jueves, 31 de enero de 2013

Una arpía aulladora se cobra viejas deudas

  No es Némesis la que ha desatado su cólera sobre la cúpula del Partido Popular. A Némesis, colérica e inflexible, se le encomendaba restablecer la justicia quebrada por el comportamiento inadecuado, por la traición de las promesas,  y por la rotura del orden social establecido , especialmente en el seno de la familia.
   No es que el Partido Popular no se merezca una Némesis terrible. Se me ocurren infinitas razones sin necesidad de reflexión alguna.
    Ha traicionado promesas .
    Ha roto el orden social establecido.
    Ha mentido de forma consciente e interesada.
  Ha aumentado con sus medidas irracionales la pobreza, la indefensión y la desconfianza de este pueblo.
    Ha desvirtuado la democracia.
    Ha burlado al Parlamento.
    Ha colonizado los medios públicos de comunicación.
    Ha hurtado la defensa judicial a los más pobres.
   Ha pactado con el integrismo episcopal en contra de lo establecido por la Constitución y en contra de la  propia realidad social .
    Ha echado sobre los hombros más indefensos el peso de los delitos - que no errores- del sistema financiero trufado en su locura por la complicidad de políticos soberbios, ambiciosos e inmorales.
     Ha debilitado al Estado de forma calculada y dañina.
     Ha quebrantado el sagrado deber de los gobiernos de mantener la cohesión social y la igualdad efectiva ante la ley empobreciendo los servicios públicos que el Estado debe garantizar al ciudadano.
    Ha pecado de soberbia y prepotencia en cada acto de gobierno esgrimiendo la mayoría absoluta que le otorgaron el miedo, el desencanto y las mentiras.
    Sí; merece su Némesis inflexible y colérica. Pero no es ella la que ahora persigue a este partido. No se trata de restablecer justicia alguna.
     No es Némesis, sino una arpía aulladora la que sobrevuela por las redacciones de los periódicos. Y no busca justicia , sino venganza y desalojo de un territorio que ambiciona de forma incontrolable. 
     Dice Virgilio que jamás ha existido un monstruo más funesto que las arpías; tampoco una plaga más terrible, arrojada sobre la humanidad por la ira desmedida de los dioses. Tienen  rostro de mujer, pero deformado por el pico de un ave de rapiña; las manos son dos garras encorvadas y tienen alas de murciélago que crujen, cuando vuelan, como si de cuero seco se hubiesen fabricado; es fétido su aliento; emiten gruñidos amenazadores e impregnan el aire con su insoportable olor a podredumbre. Todo lo ensucian con sus deposiciones frecuentes, porque es insaciable el hambre que las tortura. Y en su genética debiera estar la antropofagia, un destino cruel de devoradoras de hombres, porque sus hijas, las Estriges, de hábitos nocturnos, se especializaron en alimentarse de la sangre de los niños lactantes; como vampiros selectivos.
     Esta arpía aulladora que desgrana la carroña acumulada durante años de paciente selección de cadáveres vivientes en espera de su cólera vengativa no tiene inconveniente en devorar a su propia especie. Y ahora sobrevuela las redacciones dosificando su ración de podredumbre cotidiana de forma calculada; podredumbre que es como el veneno de la tarántula , capaz de descomponer a sus presas antes de devorarlas. 
    Con sus garras corvas, esta arpía aulladora ha desgarrado en la calle Génova, ante la sede del PP, las bolsas de basura acumuladas durante su ya larga historia y la descomposición ha vuelto el aire irrespirable.
     Su ambición no ha respetado los despachos nobles. Apunta alto. No es farol de mus, es todo un órdago, un duelo al sol en toda regla, con el  revólver empuñado. Alguno acabará muerto o malherido.
     Todo hace pensar que esta legislatura no llegará a su fin. Auguro que tendremos elecciones anticipadas.
    Mientras tanto, Rubalcaba se da de plazo hasta el 2014 para reorganizar el Partido Socialista. No sólo da la sensación de que faltan ideas renovadoras y capacidad de recuperar la confianza perdida ; falta, también, sentido de la oportunidad política para ocupar los espacios vacíos, para poner un soplo de esperanza donde ahora sólo hay miedo y desesperación. ¿Qué es un partido sin ese instinto natural? 
    Cuando la arpía proclame su victoria desde los acantilados de su soberbia con un aullido infame y terrorífico, la oposición se mirará confusa y sorprendida. 
     Quizás, entonces, no nos quede otro refugio que una abstención avergonzada y deprimente. Y, sobre la conciencia, la aceptación determinista de que somos un pueblo sin remedio. Sabrá dios, entonces, quién decidirá echar sobre sus hombros el ímprobo trabajo de salvar a la patria. Cualquiera que lo haga,  autoritario populista de los que empiezan a florecer en la Europa hambrienta del Sur, o tecnócrata impuesto por la Troika salvadora, nos devolverá a los sótanos insalubres y oscuros de la historia porque nos arrebatará definitivamente la libertad que tanto esfuerzo nos costó ganar.
   En el breve lapso de mi vida he compartido demasiada aceleración, demasiadas sucesiones. Mi pasado lejano, la infancia, fue un tiempo indigno y tenebroso dominado por una dictadura todavía joven y celebrada por las masas agradecidas. Mi madurez, cuando apenas dejaba atrás la primera juventud, fue un tiempo de esperanza y de fe en un país que limpiaba su conciencia y se entregaba al futuro con ganas de vivir. El presente es como afrontar la travesía de un desierto al que no se ven límites cuando ya las fuerzas para enhebrar proyectos y encontrar caminos disminuyen. Y el futuro que nos tienen diseñado es un tiempo incierto, cargado de amenazas.
     Hoy sólo escucho los alaridos de la arpía aulladora sobre nuestras cabezas. Quizá sirvan para que gente indigna pague sus delitos. Ojalá saquemos, al menos, una reparación tardía de la justicia, aunque no es creíble. Los plazos para la prescripción de la corrupción política son breves y los procesos demasiado largos. No veremos a nadie entrar en la prisión. Al menos, que sobrelleven la vergüenza pública, si les queda dignidad.
  Pero ese chirrido espeluznante y el batir de esas alas de cuero reseco es otra amenaza sobre nuestro futuro. Ella y sus hijas se alimentan de sangre, de la sangre de nuestros impuestos que se derrama aceleradamente en las alcantarillas de los intereses privados, a los que se les encomiendan la administración de los servicios públicos. De la carne y la sangre del Estado depauperado, anémico, saqueado, desacreditado, envilecido, troceado y vendido en el mercado de casquería donde hacen su agosto los matarifes del capital oportunista y agradecido, lo manifieste con sobres o con procedimientos no contables. 
    Según parece, en los espacios inaccesibles donde el poder manipula nuestras vidas, todo acaba por encontrar su precio y un comprador interesado. 
   
  

2 comentarios:

  1. ¿Te has fijado, Antonio, en que los griegos tenían un ejemplo para cada tipo humano, para todas su grandezas y mezquindades? Y es que las cosas no cambian tanto y ellos tuvieron buen ojo para ver venir a cada uno. La harpía se agazapa para lanzarse cuando la presa está desprevenida, y quiere volar alto, segando, sin dudarlo, la hierba bajo los pies de sus rivales. Espero que, como Ícaro, en su vuelo pierda la cera de sus alas. Lo siento, Jaime.

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  2. La Europa deshumanizada que nos ha tocado en el reparto de la Historia se ha olvidado de Grecia y la desprecia; casi la clasifica como un país prescindible. Y es que los valores - ausencia de valores, mejor- dominantes, el valor de la riqueza acumulada como señal de excelencia, lo han corrompido todo. La cultura y la memoria de nuestro riquísimo pasado también están enterradas bajo los escombros del déficit y el debate sin sustancia sobre la inutilidad de los Estados.
    Grecia y Roma construyeron Europa. La dotaron de instrumentos casi únicos en el proceso de la construcción de la sociedad humana civilizada. Es un mundo cerrado y a nuestro alcance, como un museo permanentemente abierto, o como un libro mágico con casi todas las respuestas.
    Y sí;los griegos nos calaron a fondo. Casi no hay tipo humano que no figure en en Mito, ese tratado de Psicología evolutiva escrito en lenguaje figurado.

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