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lunes, 28 de enero de 2013

¡Vale, literatura...!


De la novela  "El morador insomne"
Ganadora  del Premio Internacional de novela "Felipe Trigo"

Para mi alumnado de diversificación de este curso, enfrascado ahora 
en la restauración borbónica y en comprender cómo  los caciques locales controlaban la política del país.

Para que podamos constatar que  todavía la persistente descendencia de aquellos facinerosos del poder , enmascarada en una decadente democracia, teje complicidades , violenta leyes, conculca derechos, se apropia del dinero público y corrompe la convivencia, amparada por un poder político contaminado y cómplice.

"Y Segundo Soria, que fue siempre un hombre impetuoso, de discurso tajante, empezó a sumirse en un mutismo inesperado, y experimentó los primeros síntomas de aquella enfermedad extraordinaria que ya lo haría famoso para siempre. Incluso, en los lugares a los que no alcanzó su prepotencia juvenil, ni alcanzaba el ejercicio de su autoridad implacable en las elecciones; la autoridad que heredó de su padre y que aquél había ejercido honestamente desde la Restauración.
Aquellos sí fueron tiempos brillantes para las familias de abolengo rancio. Los oligarcas terratenientes, enfeudados sobre cualquier vida que surgiera en su dominio, administraban según su voluntad el poder heredado: repartían los cargos municipales y las tierras del común; administraban justicia y establecían los gravámenes fiscales; disponían de juzgados, audiencias, gobernaciones, fuerza pública y reales órdenes como de instrumento propio. Esos fueron los beneficios del orden canovista, y el juego de equilibrio de fuerzas contrapuestas que siempre beneficiaba a quien manejaba el fiel de la balanza. La oposición sólo sirve para coartar el justo ejercicio del poder legítimo, el que se logra desde la cuna o con la fuerza. Eso pensó siempre don Segundo. Y mucho antes lo pensó su padre, que había sido alternativamente conservador y liberal según quién repartiera las prebendas. Esos son pensamientos que se heredan. Verdades como puños incrustadas en la conciencia familiar.  Sabiduría, también. Incuestionable sabiduría para lograr que todos respetaran su fuerza y sus dictados. Los gobernantes, porque les garantizaba el voto obediente, fabricando los resultados de las elecciones que ayudaran a fingir las apariencias de una democracia; el pueblo llano y pobre, porque les proporcionaba favores, recomendaciones, derecho de uso de tierras  y caminos vecinales, o un puesto de trabajo en sus almazaras o en sus tierras de labranza.
Poco importó nunca que aquello fuera sólo un paisaje de papel pintado. Un prohombre local, versado en el oficio, garantizaba el orden sucesorio. Rara vez recurrió su padre a la intimidación o a la encarcelación de los votantes renuentes. Si acaso, en contadas ocasiones, recurrió a la votación masiva de los muertos, lo que, si bien se mira, parece de justicia, pues en vida de aquéllos, buen trabajo le llevó ganar sus voluntades.
No pocos beneficios logró la villa por aquel entonces con la exportación de los caldos generosos de sus viñas, milagrosamente respetadas por la filoxera; con el establecimiento de renombradas curtidurías, que competían sin menoscabo con las de Zafra; con la industria de molienda de grano que ocupaba a más trabajadores que  las harineras de Castuera. Y tenían renombre sus cerdos negros entrepelados en las ferias ganaderas más mentadas, como Zafra, Mérida, Trujillo, Zalamea , y Cabeza del Buey.
La sociedad minera y metalúrgica de Peñarroya estableció una línea ferroviaria de  vía estrecha con el dinero de los Rothshild, y comenzó la explotación frenética de las minas de carbón de la Oscuridad, mientras el plomo de las entrañas ricas de aquella tierra obligaba a cerrar las minas de media Europa.
Fueron años sin emigración. Años prósperos y pacíficos. En las elecciones del diecisiete sacó su padre  casi tres mil votos favorables y sólo cuatro en contra. El libre albedrío, por demás imposible, resultaba sospechoso.
Su padre sí que era poderoso. Pero, eran otros tiempos. Y, a pesar de aquella autoridad heredada, en abril del treinta y uno se le había escapado a don Segundo de entre las manos una buena parte del poder tradicional de la familia. El voto de los mineros había colocado en el Ayuntamiento a varios concejales socialistas y de izquierda republicana. Primo de Rivera resultó fatal para  la gente como él.  Permanecer inmóvil, petrificado, a la expectativa, entraña riesgos. El dictador no necesitó parlamentarios a juego con las normas de alternancia. Parlamento no había.  No necesitó, por tanto,  que los señores de la tierra ejercieran su oficio. Y cualquier oficio necesita su práctica, o acaba enmohecido y ruinoso. Saberse innecesario fue un golpe duro para él.  Por otro lado, la mina escapaba al control de la familia Soria. Ni aun su padre,  cuya inteligencia previsora nunca tuvo, habría sabido cómo controlar a aquellos hombres tiznados y aguerridos.
La minería no fue nunca oficio de señores.
Y con los mineros llegó también el olvido de Dios. Porque es su obligación cuidar de su rebaño. Con ellos llegaron a la villa tranquila y provinciana los primeros seguidores de aquel Fanelli que introdujo en Cataluña las doctrinas de Bakunin. ¡En mala hora!  Nada bueno trajeron en el hato los predicadores de aquella causa que llegaban a pie, como apóstoles del infierno, delgados, desorganizados, incombustibles, convencidos,  armados con discursos incendiarios. Contaron desde el principio  con la ayuda inestimable del impresor Doménech, un catalán también, que montó su imprenta  en aquella villa años después de la Exposición Universal de Barcelona sin explicar razones que, por otra parte, nadie le pidió. Corrían rumores de que llegaba huido del atentado con petardos contra la procesión del Corpus en Barcelona. Pero, probablemente serían rumores sin fundamento; rumores inventados por el temor al forastero notable que florece en los pueblos de interior". 

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