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jueves, 10 de enero de 2013

Certezas

 Creo que vivir, de forma consciente al menos, es una agonía, una permanente lucha entre la ilusión y el desaliento. 
  Vivimos en una sociedad dinámica, la más dinámica desde que la Revolución industrial  y el desarrollo de las ciencias aplicadas aceleraron nuestras vidas, orientadas casi exclusivamente a la creación de riqueza, acumulada por una minoría. Hemos tenido altibajos de todos los colores, incluyendo dos guerras mundiales de efectos devastadores sobre Europa. Porque las sociedades dinámicas y pluralistas, que se mueven dentro de unos márgenes razonables de libertad en su búsqueda de generar riqueza, producen continuamente formas nuevas de injusticia y de desigualdad entre las personas. 
  Y, como estamos seguros de eso, para lograr el equilibrio deseable y evitar las permanentes confrontaciones entre las personas - las clases sociales- creamos  un sistema de representación de los diversos intereses y encomendamos a las leyes aplicadas por los gobiernos esa función equilibradora que garantice la convivencia y la igualdad ante la ley, igualdad que se construye mediante un sistema impositivo justo y progresivo para garantizar la ciudadanía social, que podíamos definir como un mínimo de bienestar económico para todos los ciudadanos de un país, que encuentra su aplicación más racional en hacer efectivo el derecho al trabajo y a la vivienda en condiciones dignas, garantías para las libertades individuales, y el derecho a compartir los progresos de cada época, por ejemplo en educación, medicina, atención a los más desfavorecidos, acceso a las nuevas tecnologías, o acceso a la información.
   Seguramente, puestos a relacionar demandas ciudadanas al sistema democrático, tendríamos un lista de peticiones algo más larga; por eso he utilizado el término "mínimo bienestar".
    Pues, como consecuencia de vivir de forma consciente este presente duradero, muchas personas comprueban que el fiel de la balanza que mide la intensidad de la ilusión, -de la esperanza, al menos-, y del desaliento lleva ya mucho tiempo inclinado hacia el plato del desaliento. Hay quien afirma, desde una experiencia dilatada, que estos son los tiempos más tristes que ha vivido. 
    En mi caso, esta afirmación pudiera ser cierta, porque me cuesta alimentar una esperanza razonada.
     Muy al contrario, las certezas que acumula nuestra experiencia colectiva compartida fundamentan el desaliento.
    Sabemos con certeza que la política, mal llamada de austeridad, tiene como único objetivo salvar al sistema bancario, hundido en medio mundo, por prácticas especulativas criminales e irresponsables. Y sabemos, por experiencia histórica, que las medidas de austeridad no solucionan las crisis económicas. Provocan un paro galopante y una disminución de la demanda y del consumo que se traducirá en más paro en una espiral de autodestrucción irremediable.
   Sabemos, con certeza, además, que lejos de aprender de sus fracasos, una vez salvados por los gobiernos, cómplices necesarios en el crimen, se obcecan en las mismas prácticas. No olvidemos que el sistema bancario es uno de los principales instrumentos del capitalismo. Los bancos más poderosos manejan a  los gobiernos y condicionan sus decisiones. 
   Sabemos con certeza que la salvación del sistema financiero significa condenar a la pobreza y a la exclusión a la ciudadanía, especialmente a la más necesitada de protección en circunstancias de depresión económica como las que vivimos.
     Sabemos con certeza que las medidas establecidas por Europa, -por Alemania, especialmente-, son una dolorosa forma de suicidio lento. Hay mil voces autorizadas, entre ellas Premios Nobel de Economía y catedráticos de Economía de prestigiosas universidades de cualquier lugar del mundo, que vaticinan que la Unión Europea camina hacia su hundimiento definitivo; los más agoreros vaticinan que el euro desaparecerá si no cambian, drásticamente y en plazo breve, las medidas económicas en el seno de la Unión Europea.
    Sabemos con certeza que , mientras el gobierno nos habla de que su objetivo es mejorar la economía del país mejorando la competitividad entre sus muchas e inútiles mentiras, la inversión en la investigación, campo este del desarrollo en el que España había alcanzado cotas extraordinarias, se ha reducido de forma suicida. Y sabemos que con un paro juvenil que roza el 50%, los más jóvenes y , probablemente aquellos en cuya formación hemos invertido más dinero de nuestra historia, no alcanzarán nunca la adecuada cualificación profesional. Se habla de varias generaciones perdidas. Y sabemos que el talento de la gente es el activo más valioso de un país. Sabemos que se está dilapidando, porque su destino oscuro es el paro permanente, el empleo ocasional, mal pagado, muy por debajo de su cualificación,  o la emigración a producir riqueza y desarrollo en otros lugares de la tierra.
   Sabemos que nuestra confianza en Europa se ha visto defraudada. No es una Europa común y solidaria; es la Europa de los mercaderes y la de los intereses nacionales, que aún sigue empeñada en la mutua competitividad, olvidándose de la solidaridad y las empresas comunes. Es una Europa colonizadora de sus propios socios cuando se presenta la ocasión. Una Europa que requiere, no sociedades desarrolladas e interesadas en el proyecto común, sino individuos aislados e indefensos que entregan sus derechos y a los que cargan de obligaciones financieras para paliar los daños que cometieron otros. Siendo objetivos, tenemos la certeza de que el comportamiento de Europa, especialmente con los países del Sur, es un comportamiento criminal porque provoca sufrimiento y pobreza de forma consciente a un buen número de ciudadanos de la Unión.
   Sabemos que esa especie de verdad indiscutible que quieren grabar a fuego en la conciencia ciudadana, que la solución vendrá de los mercados, del libre mercado sin regulación alguna, es una mentira criminal e interesada. Es evidente que los mercados, como distribuidores de la riqueza no funcionan, generan una situación injusta de desigualdades, empobrecen a buena parte de la humanidad para enriquecer de forma obscena a una minoría. Sabemos que dar cumplimiento a las exigencias de los mercados - el capital especulativo, sin más eufemismos-, exige el sacrificio de la equidad imprescindible para el equilibrio social en beneficio de una minoría insignificante en el conglomerado social.
  En nuestro caso, en el caso de los gobiernos de derecha,tenemos la certeza de que el gobierno es  sencillamente un instrumento de los intereses económicos de esa minoría y poco respetuoso, además , con los principios democráticos. No otra cosa podemos concluir de su actuación. Conculca o niega derechos establecidos por la Constitución; descarga el peso financiero de la crisis sobre los hombros de los más desfavorecidos de la sociedad con una reforma laboral que deja a los trabajadores por cuenta ajena en una indefensión inaceptable en el siglo XXI; sustrae emolumentos y derechos consagrados a los trabajadores públicos;  disminuye el gasto en prestaciones a los más necesitados y afectados por la situación económica; privatiza, es decir entrega a las manos del capitalismo especulativo que persigue lógicamente beneficios, servicios fundamentales como la educación y la sanidad; limita la protección judicial a la ciudadanía estableciendo tasas prohibitivas para las economías más precarias; deja indemnes, y bien remunerados, a los causantes del deterioro del sistema financiero; amnistía a  los defraudadores fiscales; y acoge en su seno sin empacho a cientos de implicados en el crimen de la corrupción política.
    Como consecuencia tenemos la certeza de que el sistema no funciona y de que resulta imprescindible transformarlo antes de que la desconfianza desvirtúe la democracia, aleje a la ciudadanía de la necesaria participación política y tiente, de nuevo, a los extremismos populistas y autoritarios, que se alimentan de la frustración, el desencanto y ,en última instancia, de la rabia y el odio.
    Son certezas que compartimos millones de españoles. Es lógico que el fiel de la balanza esté muy inclinado en una dirección. El plato donde se ubica el desaliento está sobrecargado; el de la esperanza, casi vacío. Pero las certezas son ya un motivo de esperanza. Las certezas de este tipo, compartidas por una multitud, son el motor de los cambios históricos. Creo que no ha habido otro momento en toda la historia de nuestra reciente democracia donde la sociedad haya establecido de forma más clara y más patente un programa político para quien aspire a gobernar. Se trata, nada más, de escuchar la voz de la calle y de comprometerse a buscar solución a los problemas que están descomponiendo la vida de la gente. Nada más y nada menos. Democracia en estado puro.
     El plato donde hemos colocado la esperanza es liviano, inconsistente, desproporcionadamente pequeño.
    No obstante sigue ahí. Yo aún mantengo una esperanza en germen, una semilla ilesa y que pudiera dar sus frutos cualquier día. Tiene dos fundamentos, y ambos han sido recolectados en la historia que conviene conocer para huir del analfabetismo político que tanto lastra a los pueblos y que los condena a entregar su confianza al enemigo. 
      El primer fundamento es que a lo largo de la historia, en esa eterna lucha de los hombres de cada época por la soberanía para lograr una sociedad más justa, siempre triunfaron los que reclamaban más soberanía, más justicia, más igualdad. De otro modo el progreso de la sociedad humana se habría quedado estancado en alguna caverna de la historia. Casi siempre costó sangre. Nosotros, quizás yo no lo vea ya porque se  me antoja que será  largo el camino de retorno hasta la recuperación de los derechos que nos han arrebatado, también triunfaremos. Y espero que sin derramar ni una gota de sangre.
    El segundo fundamento es que la soberbia de los que administran el poder no valora en toda su tremenda dimensión la fuerza de los movimientos sociales, sobre todo cuando alcanzan a traspasar fronteras. Buena parte de la población del mundo comparte estas certezas que acabo de relacionar. Un día cualquiera, de forma inesperada, las diferentes indignaciones de la sociedad mundial encontrarán un cauce común y una plaza donde encontrarse y aunar sus estrategias. Ese día, os lo puedo asegurar, los que hoy nos acosan en su propio beneficio, los que contaminan de indignidad innecesaria nuestra pacífica existencia estarán derrotados.


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