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martes, 7 de agosto de 2012

El "sabar" de mi amigo Yoni


         Mi amigo Yoni, es alto, de físico imponente, podría jugar a baloncesto sin desmerecer en modo alguno la estatura o el vigor de cualquier alero profesional. Es también, joven, hermoso, de mirada risueña y vitalista. Rara vez lo he visto decaído. Temeroso, sí, pero nunca decaído.
            Es bético converso y visceral. Y seguidor de cualquier equipo en el que milite el camerunés Samuel Etoo, símbolo del triunfo deportivo de un africano pobre, por encima del color de las banderas.
            Por lo demás, habla francés, castellano, italiano de forma muy fluida. Y chapurrea el inglés con suficiencia para entenderse con los hablantes de esa lengua. Por su infancia inestable y nómada habla, también, Fulami, o Yoruba, o Igbo o Lingala, o una mezcla de todas, la “koiné” imprescindible para los hombres a los que la necesidad o los peligros obligaron a ignorar la línea imaginaria de  las  fronteras en su tierra natal. Y, por costumbre, en el resto del mundo.
            Se autoproclama técnico electrónico y habrá que darle fe. Demostró habilidades en momentos puntuales. Seguramente ningún papel lo certifica, pero hemos visto reportajes en los que los niños del África mísera desmontan y reciclan la chatarra tecnológica que la Europa satisfecha de su civilización y de sí misma les remite para evitar la contaminación con los despojos del progreso.
            Mi amigo Yoni dejó atrás su tierra y a su familia numerosa cuando apenas despertó de la corta adolescencia de los africanos pobres. Nunca habló demasiado de sí mismo, pero sabemos que huyó de Senegal, de la violencia callejera, de la miseria permanente y del movimiento independentista  que incendiaba el sur del país con la violencia terrible de las guerras civiles que dejaron atrás las fronteras artificiales que trazó la colonización del hombre blanco.
            De su viaje cruzando los desiertos africanos, de su aventura marítima hasta alcanzar Italia, podría escribirse una odisea verdadera, mucho más dramática y peligrosa que el periplo marino de aquel griego enamoradizo y astuto que ideó la treta para vencer a la inexpugnable Troya.
            Mi amigo Yoni es como una liebre. Carece de papeles. Entre nosotros ha conocido ya la “trena”. Alguna vez fue sorprendido en actividades atentatorias contra la propiedad intelectual, con un macuto cargado de copias piratas de películas. De su última experiencia y de la amenaza judicial de expatriación, si reincidía, salió ya reformado. Por lo que sé, ahora se dedica a la venta callejera de imitaciones chinas del arte popular africano.
            No parece un oficio lucrativo. Pero Yoni es orgulloso, altivo, noble. Hay días que apenas saca cinco euros para comer un bocadillo. En momentos  de mucha necesidad recurre a los amigos. Pide prestado para pagar el alquiler del piso compartido con un número de  africanos como él que se niega a concretar. Siempre devuelve los préstamos, poco a poco. Aunque pasen meses, él no olvida sus deudas.
            Yoni es un hombre pobre, pero no es un mendigo. No acepta que nadie se apiade de su hambre. Difícilmente acepta nunca una invitación en la barra del bar. Huye, en sentido literal, si media ofrecimiento.  Alguna vez he logrado que aceptara el mío y me concedió la satisfacción de saciar su hambre para sentirme mejor como persona.
            Recuerdo un añonuevo. Hará quizá tres años; probablemente, cuatro. Un grupo habitual de conocidos de barra de bar a los que él frecuentaba nos propusimos hacer que él y sus compañeros de piso tuvieran algo que celebrar aquella noche. Lo citamos. Habíamos comprado una empanada gallega industrial, de proporciones considerables, una caja de langostinos y algunas botellas de cava.
            Yoni dudó bastante tiempo antes de aceptar los regalos. Al fin los aceptó.
            “Esperad aquí. Media hora” – nos dijo.
            Fue puntual. Apareció con varios compañeros. Traían un sabar de su tierra, quizá una imitación china, un instrumento de percusión adornado con cintas multicolores. Fue la hora de música y cantos africanos más auténticos que yo pueda conocer jamás. Estábamos sobrecogidos. Conscientes de que vivíamos un momento irrepetible y que no sabríamos explicar en el futuro. Fue su forma de agradecernos el regalo, el pago  que estimaba imprescindible para poderlo aceptar. Y su abrazo  de despedida fue sentido.
            Hace algún tiempo que no tengo noticias de Yoni. Yo he cambiado de barrio.
            Hoy me ha venido a la memoria por los titulares de la prensa.  “Sanidad exige sesenta euros mensuales a los sin papeles si desean atención médica” , una especie de seguro o convenio de asistencia.
            Deseo que mi amigo Yoni siga siendo saludable durante mucho tiempo. No quisiera estar en la piel o en la conciencia del médico  que le tenga que negar asistencia si un día acude al hospital con una apendicitis, una fractura, una fiebre elevada, una hemorragia… Y sin papeles.
            Sé que mi amigo Yoni sólo podría pagar esa asistencia con el sabar y las canciones de su tierra.

           

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