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domingo, 9 de diciembre de 2012

El genocidio inivisible

   Una sexta parte de la humanidad pasa hambre. En muchas regiones de la tierra perecen de hambruna miles de personas cada día.
            Inevitable, nos dirán. Superpoblación, cambo climático, aumento de la demanda de los países emergentes, incapacidad de la tierra para alimentar a toda la población, escasa productividad de la agricultura en la regiones más deprimidas de la tierra, dedicación de una buena parte de la producción agrícola a los biocombustibles, ciclos climáticos, sequías que se repiten...
             Mentiras imprescindibles para acallar nuestras conciencias. O, al menos, medias verdades.
            La tierra podría alimentar sin grandes esfuerzos al doble de la población mundial actual con las actuales técnicas agropecuarias. Ese no es el problema fundamental.
            El problema está en Chicago, en la Bolsa de Futuros. Ahí se decide el hambre de la tierra.
            Capitalismo en estado puro. Eso dicen. Y en la dinámica de los mercados siempre hay víctimas colaterales, inocentes pero inevitables. Eso dicen.
            La especulación capitalista - invertir mucho dinero para convertirlo en mucho dinero más, sin importar los procedimientos-  siempre ha tenido sus mitos imprescindibles. Ha habido muchas crisis provocadas por la ambición irracional del capitalismo dominante en cada época. 
            En el 1929, fue el mito del crecimiento infinito. Fue una burbuja colectiva de la Bolsa Americana que contaminó al resto del mundo, salvo a la URSS, y provocó la Segunda Guerra Mundial. Tras vencer en la contienda los generadores del conflicto en sus raíces profundas se erigieron en dominadores del mundo, y defensores de la libertad y la democracia ¡Toma ya!
            Entre 1997 y 2001, la burbuja fue de las empresas "Punto.com." La nueva economía se centraría en las actividades de Internet. En 2001 el mito se vino a tierra y la crisis económica fue profunda en muchos países tecnológicamente avanzados. En Europa, la recesión afectó profundamente a Alemania. Para salir de su propio agujero, comenzó a cavar el nuestro. El capital especulativo huyó de Internet como se huye de la peste. Y encontró su refugio de forma inmediata. ¡Las hipotecas! Otro mito arrastrado por el muladar de la ineficacia del sistema. 
            Muertas las empresas "Punto.com", la creatividad especulativa se volcó sobre la propiedad inmobiliaria, un mercado seguro siempre al alza. Ya vemos las consecuencias. 
            Aznar creyó que era la panacea, su bálsamo de Fierabrás. Murcia se iba a convertir en la California de Europa. Un profeta, en toda regla.  No sería extraño.  Aznar oye voces en sueños. Dios lo salvó de un atentado para que, en justa reciprocidad, él salvara a la humanidad. Tras publicar sus memorias, supongo que alguien de su entorno le habrá recomendado que se ponga en manos de algún profesional de prestigio. Para el tratamiento de esos síntomas antes te prescribían institución cerrada,  electrochoques y manguerazos de agua fría, pero ahora la medicina es más humanitaria. Un buen tratamiento químico y su problema pasará desapercibido en sus compromisos sociales. 
            Y Zapatero y sus gobiernos, aún conscientes del riesgo, la mantuvieron y no se atrevieron a enmendarla. "¡Quién sabe - se dirían- , quizá escapemos ilesos!". Proféticos, también,  aunque aún no han publicado sus memorias. Lo harán, sin duda.
            El estrepitoso fracaso de las "hipotecas sub prime", basura en toda regla, no los ha desanimado. El capitalismo especulativo tiene una virtud incuestionable; no se la podemos discutir: es creativo. El alimento humano es un valor seguro, porque resulta imprescindible. ¡Ya está! Este beneficio no podrá nunca quedar en entredicho. Controlemos el pan, establezcamos el precio a nuestro gusto. No hay problema.
            En Chicago, fundamentalmente, se decide quién morirá de hambre. Se especula con la producción mundial de alimento. Se aceptan las víctimas como un mal necesario de ajustes de mercado. 
            Desde el desembarco belicoso del capitalismo especulativo en el mercado de productos básicos de la alimentación humana, los precios mundiales se han multiplicado por dos, por tres o por cinco en cuestión de meses. Esta variación no es consecuencia de oscilaciones de producción  o de demanda. Sólo, de la acaparamiento y de la manipulación interesada de los precios para garantizar beneficios criminales e injustificados. En los países desarrollados, que gastamos en alimentación entre un 12% un 15% de los ingresos familiares, no supone un umbral entre la vida y la muerte. En los países pobres, donde la mayor parte de la población destina entre el 75% y el 85% de los ingresos de la familia a la alimentación, sí.
      El beneficio desmesurado que persiguen estos depredadores causa muertes. Miles de muertes cada día en la familia humana.
    El hambre de la tierra tiene sujeto agente. La origina el capitalismo especulativo. Y, probablemente, tú, sin saberlo colaboras. ¿Tienes un fondo de pensiones? ¿Has puesto a plazo fijo algunas cantidades en tiempos de bonanza? ¿Tienes algunas acciones donde refugiaste unos ahorros inestables? Probablemente ese dinero esté causando alguna muerte en lugares donde el hambre es compañera inevitable de la gente.
    ¿Duele?
     ¡¡Despierta!! O, en todo caso, no sigas este blog.
    Mientras me quede un gramo de esperanza, traeré a esta página, en menor medida de lo que sería mi deseo, la relación de indignidades que soportamos la mayoría para el enriquecimiento de unos pocos desalmados, 
     Pero, ¡tranquilos! El capitalismo es un disolvente poderoso de las culpas. Nadie es culpable nunca.
     No obstante, todos somos culpables de este genocidio invisible, mientras el líder espiritual de occidente se empecina en remover fabulaciones que nadie le reclama. Afirma, de paso, que el matrimonio homosexual amenaza el futuro de la humanidad. No más que la virginidad, o el celibato qué él practica, diría yo.
     Seguramente, él come cada día.
     Son desvaríos, sin duda. Falta saber si son desvaríos de viejo chocho, o desvaríos de viejo sin conciencia, cómplice necesario en este crimen universal.
     
     

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