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domingo, 14 de julio de 2013

Desahucia, que algo queda

       Hoy me perdonaréis una confesión íntima. Desde no hace demasiadas fechas me persigue una dolorosa sensación de culpa. Estaba yo una de estos atardeceres de calor en una terraza sevillana concediéndome el placer de uno de mis platos predilectos, una tabla de pulpo a la gallega. Tampoco me lo explico. Soy extremeño, coño. En mi infancia ni sabía que existiera un animal como el pulpo. Lo conocí, siendo ya una persona adulta. Y es ahora uno de los placeres para mi paladar.
            Pero no quiero hablaros del pulpo a la gallega. Quiero hablaros de mi mala conciencia.
            En un momento dado, se nos acercó a la mesa un hombre joven. Nos explicó que pendía sobre él y su familia una amenaza de desahucio. Pedía dinero para afrontar aquella situación. Le pregunté si conocía el Decreto de la Junta de Andalucía que podía ayudarle a solucionar su problema de manera más eficaz que la incierta solidaridad pública. Él me contestó con evasivas, como que si ese Decreto funcionaba. Probablemente no lo conocía. Me enfadó, ciertamente. Y le dije que funcionaba, y que justamente ese día una familia de Sevilla Este había logrado detener su desahucio y que la expropiación preventiva garantizaba para aquella familia la permanencia en su vivienda durante tres años. Aconsejé a aquel hombre que se informara y actuara en consecuencia. Le dije que un euro mío no le evitaría el desahucio. Y lo despedí sin prestarle ayuda alguna, quizá porque me dolió su desconfianza sobre el funcionamiento del Decreto, o su desconocimiento de un instrumento excepcional que la Junta de Andalucía había establecido en contra de Europa y del gobierno de la Nación.
            Me volví mientras se alejaba y descubrí, consternado, que a cierta distancia lo aguardaban una mujer y dos niños pequeños. Comprendí, tarde, que probablemente el previsible desahucio no era el más inmediato de sus problemas. Probablemente su problema más inmediato era dar de cenar a sus dos hijos.
            Desde entonces la imagen de esas cuatro personas alejándose me persigue de vez en cuando y me hace sentir culpable. Porque esa personas habrían cenado probablemente por el precio que pagué por el pulpo de esta historia.
            Malditas sean la gestación y el alumbramiento de esta Europa y de este gobierno que incumplen sus obligaciones con los ciudadanos y desvían la culpa a las conciencias individuales.
            Es la misma Europa que ha calificado el Decreto del Parlamento de Andalucía contra los desahucios como una decisión arriesgada para el sistema financiero con palabras obscenas, porque "reducirá el apetito de los mercados por los activos inmobiliarios españoles". 
            Es el mismo gobierno vicario y servil al que ha faltado tiempo para interponer un recurso de inconstitucionalidad contra el Decreto andaluz para imponer su paralización inmediata, mientras ese tribunal colonizado, diseñado a la medida de sus intereses, da su veredicto.
            Yo le aseguré a aquel hombre que el Decreto funcionaba.  
            Se me olvidó que hay que alimentar a los mercados con sus  hijos que quizá se fueron a la cama sin cenar; se me olvidó que hay que alimentar el apetito de los mercados con nuestras viviendas vacías cuando nos hayan desahuciado; se me olvidó que los mercados se alimentan con nuestra dignidad, con nuestros derechos, con nuestra pobreza, con nuestra precariedad, con nuestra desesperación repartida por los veladores de las terrazas; se me olvidó que quienes gobiernan tienen como única función estimular el apetito de los mercados y llenarles el cebadero con todo aquello que nos están arrebatando.
            La sensación de culpa es, sin embargo, nuestra. Algo tendremos que hacer.

  

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