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sábado, 20 de julio de 2013

Basura

                        Cercados por la basura que se desprende con estudiada lentitud desde los bordes del horizonte político, económico e institucional, uno diría que habitamos en una patria sin remedio, abocada a descomponerse entre las páginas de la historia como un país imposible, un error genético del tejido social, de la geografía de la vida que genera pueblos, sociedades, culturas, ideologías, creencias.  E individuos.
            A veces me invade la sensación insoportable de que somos un país condenado a la oxidación lenta, pero inexorable, de los desguaces donde los mercados arrumban los despojos de su manipulación destructiva.
            ¿Aciertan quienes dicen que un inversor prudente desistirá de comprar bonos de este país desacreditado y con un gobierno desestabilizado por las gravísimas acusaciones de quien fue su tesorero y que, como consecuencia, la amenaza de quiebra volverá a tomar cuerpo cualquier día de estos?  Creo a los que aseguran que la quiebra total de este país produciría beneficios de un trescientos por ciento a algunos inversores de riesgo.
            Las denuncias de Bárcenas y el enroque de Rajoy en el silencio y en su mayoría parlamentaria, perros guardianes de una honra imposible, contaminada de tanto arrastrarse por el basurero del cohecho, la prevaricación, el fraude fiscal, el enriquecimiento ilícito y la complicidad con malhechores, son una fisura muy grave en las ya debilitadas defensas de esta patria maltrecha.
            Así que llevo algunos días interesado por la evolución de ese grillete que aprisiona nuestras vidas y que dimos en llamar prima de riesgo. Supongo que en Europa todo, absolutamente todo, lo gobierna la mano de hierro de la señora Merkel; da la sensación de que ahora la emperatriz quiere paz en los territorios sometidos, porque afronta –sin grave riesgo por lo que sabemos-, sus propias elecciones generales en otoño. Puede que hasta entonces ni las hojas de los árboles se muevan sin su consentimiento.
            Temo al otoño. Se marcharán los turistas a sus cuarteles de invierno y la flor de invernadero que Guindos ha querido mostrarnos de forma furtiva quizá se muera en su jardín artificial, mientras los temporeros vuelven a las oficinas de empleo a engrosar el censo tenebroso de las personas sin futuro. Temo al otoño porque ganará Merkel como le auguran las encuestas y es posible que otra vez suelte a las fieras para celebrar su triunfo y premiar a sus fieles legiones de inversores.
            Pero incluso de nuestras peores experiencias podemos generar motivos para la esperanza. Puede que la basura que se esparce por nuestro presente de barbecho agostado no sea tan mala, al fin. Mi larga vida me ha enseñado a valorarlo todo no solo desde la perspectiva del presente, sino pensando también en el futuro. Uno de los trabajos de niño campesino que me encomendaron en mi infancia, -lo comparto con Hércules, que era un semidiós y ocupa un lugar preeminente en el imaginario institucional de Andalucía-, fue la limpieza de establos, gallineros, porquerizas y cuadras. Todo el estiércol maloliente se amontonaba al aire libre en el estercolero, un espacio habilitado al efecto en las proximidades de las cortijadas. El estercolero se llamaba estercolera entre la gente de mi infancia. No creo que fuera un nombre femenino; me cuadra más que se deba a una reminiscencia del neutro por su naturaleza ambigua y colectiva, colector común para todo tipo de desperdicios. A pesar de su aspecto desagradable y de sus olores repugnantes, en muchos kilómetros a la redonda no había un lugar más activo en el reciclaje de la vida. 
            Los días posteriores a las lluvias torrenciales que dejaban los campos impracticables para el laboreo o en los días de helada profunda y duradera, - helada negra-, durante los cuales la tierra era tan dura como la roca, inmune a los arados, los manijeros encomendaban a los gañanes ociosos, armados con horcas de hierro, voltear el estiércol para acelerar el proceso de descomposición de la materia orgánica.
            Luego, al comenzar la sementera, a principios del otoño siguiente, el estiércol, cumplido  ya su ciclo de renovación, se convertía en un precioso abono que acrecentaba la cosecha.
            Desde esa perspectiva miro con esperanza esta basura, este estiércol que se derrama sobre este país en carne viva. Puede que mañana, cuando haya cumplido su ciclo de descomposición, cuando hayamos consumido hasta las heces este cáliz amargo de podredumbre sobre nuestra vida pública, cuando hayamos vomitado nuestro hartazgo, sirva  como abono para un futuro distinto, diseñado por  nuestra determinación colectiva, unívoca, poderosa, con reglas precisas para que no acabemos en el desguace de los países imposibles. 
            Porque la Historia verdadera la escriben los pueblos. Los gobiernos son solo delegaciones temporales, a veces erróneas, de nuestra voluntad de supervivencia, de nuestras esperanzas, de nuestra fortaleza. Es hora de recuperar nuestra soberanía y enderezar los surcos donde tenemos que sembrar nuestro futuro. 
        Y si los instrumentos de que disponemos - los partidos mayoritarios actuales- han agotado ya su ciclo útil, habrá que enviarlos prestamente a los estercoleros donde el proceso de putrefacción  que comenzó hace tiempo llegue a buen término.
         Puede que la historia nos esté reclamando instrumentos nuevos.

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