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jueves, 6 de junio de 2013

Niños hambrientos en el Sur de Europa

     Lo han conseguido. Han logrado que los niños del sur de Europa pasen hambre de nuevo. 
            El hambre y la guerra van unidas. 
            En el complejo proceso de esta guerra económica que llaman crisis y cuyo último objetivo es someter el mercado laboral al modelo asiático, abaratamiento insoportable de la mano de obra, precarización absoluta del empleo y ausencia de reglas que defiendan a los obreros hambrientos y angustiados, las primeras víctimas visibles empiezan a ser los seres indefensos, la infancia y los más viejos, los que no están sujetos a ese comercio inhumano al que intentan someter la fuerza productiva, los que no tienen dignidad que vender a los nuevos esclavistas europeos. Tienen experiencia. Muchos capitales de hoy tuvieron su origen en el comercio execrable de esclavos hacia el nuevo mundo.
            Hoy se hace eco en sus páginas de opinión El País sobre la situación vergonzosa y terrible que se puede contemplar a la salida de los colegios en Grecia. Escolares hambrientos buscan en los contenedores de basura de los propios colegios, porque en sus casas no hay nada que comer.
            Sin llegar a esos extremos, los profesores portugueses han detectado situaciones similares y hace ya algún tiempo que el sistema educativo público reparte bolsas de comida con la cena para el alumnado.
            En España, no hace mucho que Sáenz de Buruaga, con ese fino sentido del humor humanitario que caracteriza a la derecha desalmada, se burlaba de una iniciativa solidaria de la Consejería de Educación Andaluza, que se propuso garantizar tres comidas diarias, incluso en periodo vacacional -también hay que comer en vacaciones- al alumnado con riesgo de exclusión social y al que se le detecte carencias alimentarias importantes. Se está haciendo. Trascendió la noticia de lo que sucedía en Andalucía, cuyas iniciativas son siempre perseguidas con saña por parte de los voceros a sueldo de la derecha resentida por sus incontables derrotas en el sur. Pero sabemos que hay iniciativas similares, de diversa procedencia social o política, también en Cataluña, -Ayuntamiento de Barcelona-, y en Valencia, -organizaciones de caridad-, porque el problema se extiende  irremisiblemente.
            Por contraste, Galicia, una de las joyas de la corona del Partido Popular, donde gobierna en mayoría, ha adelantado ya que el curso próximo veinte mil escolares perderán la beca de comedor que, probablemente, sustenta hoy su precaria existencia.
            El cuerno de África y sus hambrunas, como el desierto africano, avanza poco a poco hacía el norte. Está alcanzando los países del mediterráneo, abrasándolos con su viento ardiente de injusticia, de expolio permitido por el sistema legal y los gobiernos cómplices. El hambre de los niños del Sur, la desesperación de sus familias, la profunda amargura de una buena parte de los pueblos, engorda las cuentas de una minoría insaciable y criminal.
            Ahora el FMI, un conocido instrumento del capitalismo destructivo, famoso por las cuantiosas catástrofes económicas que ha provocado a infinidad de países, reconoce que las políticas económicas aplicadas en los rescates europeos a Grecia han perjudicado considerablemente al país. Nada extraño viniendo de ese laboratorio que la medicina resulte venenosa. En realidad, lo han destruido. Lo de Grecia ha sido un parricidio en toda regla, porque Grecia fue el núcleo germinal de esta Europa que ha olvidado sus raíces y su historia de luchas en pos de la igualdad ante la ley y la democracia.
            En realidad vivimos envueltos en un debate artificial. Un día, cuando ya nos tengan sometidos definitivamente a sus reglas inhumanas, permitirán que los niños griegos, los portugueses, los españoles no tengan que buscar en los contenedores de basura o someterse a la caridad oficial para poder alimentarse. Lo exhibirán como un triunfo. Pedirán que los volvamos a votar como premio al éxito indiscutible de sus medidas, las únicas medidas posibles.
            La realidad será otra; la brecha de las desigualdades será insalvable; la sociedad surgida de este proceso artificial será infinitamente más injusta, y el determinismo social vendrá impuesto por un sistema selectivo en la educación y en el acceso a los servicios que han hecho posible una sociedad más igualitaria.
            El único debate creíble  -todo lo demás son salvas para tenernos ocupados- que debieran entablar los parlamentos democráticos en representación de los ciudadanos que le otorgaron su soberanía sería qué medidas debemos establecer para controlar el poder desmedido del capitalismo expandido sobre la faz indefensa de la tierra. El único procedimiento que verdaderamente nos sacará de la crisis es ese, establecer procedimientos de control para la desmedida capacidad destructiva del cuarto poder que Montesquieu no vio.
            Todo lo demás es inútil. Antes o después habrá que hacerlo. Y será mejor con la ley que con una explosión social de incalculables consecuencias.

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