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martes, 28 de mayo de 2013

Si Alemania releyera su historia...

     Hoy se ha hecho pública la noticia. En el primer cuatrimestre del presente año el déficit -diferencia negativa entre ingresos y gastos- que había establecido el gobierno en sus previsiones económicas alcanza las dos terceras partes de lo previsto para todo el curso económico. Quedan dos cuatrimestres. Aplicando una sencilla regla de tres sería lógico concluir que las cuentas no saldrán de ninguna manera. Y hay un dato a favor de esta negra previsión. Si comparamos la situación actual con la del primer cuatrimestre del año pasado, el crecimiento del déficit  se acerca al 90%. 
            Todo ello, a pesar de las duras restricciones aplicadas a los servicios públicos, de las reducciones de plantilla en servidores del Estado, de los daños ocasionados en la nóminas de los empleados públicos , del empobrecimiento generalizado de los pensionistas obligados a copagos múltiples,- y los que vendrán- y de las subidas de impuestos , entre ellos el IVA. 
            Nos embrollarán con explicaciones farragosas siguiendo la táctica de mantener a la mayor parte de la población al margen de la realidad económica, como si fuera un asunto tremendamente complejo al alcance de la comprensión de unos pocos escogidos, pero yo voy a traducir al román paladino las verdaderas razones. No hay otras. Si el gasto no ha crecido, porque sus medidas de control así lo tienen establecido y aumenta la diferencia negativa entre los ingresos y los gastos, la ecuación es bien simple. Han disminuido los ingresos de forma llamativa. 
            Han disminuido los ingresos por imposición sobre las rentas del trabajo -IRPF-, porque hay un millón más de desempleados que en Abril del 2012. 
            Han disminuido las cotizaciones a la Seguridad Social porque hay un millón menos de cotizantes que en Abril del 2012. 
            Ha disminuido la recaudación del IVA - un 12% menos que en Abril del 2012- porque el Equipo Económico de Rajoy le aplicó una subida brutal en un momento económico de recesión del empleo, del consumo y de la confianza en el futuro inmediato.
            ¿Qué esperaban?
            El gran error de la Europa Merkeliana, y el de este gobierno que la secunda, cada vez con menos convencimiento, - otra cosa sería si Aznar tuviera entre sus manos el timón-, es poner el control del déficit como objetivo, cuando sólo debiera ser la consecuencia de otros objetivos más racionales y juiciosos. El capitalismo europeo actual, que está haciendo extraordinariamente buenos a muchos de sus antecesores, pretende salvar sus apolillados muebles matando a buena parte de sus consumidores. Y que se sepa, este sistema irracional e injusto,-criminal en muchos de sus comportamientos-, se sustenta sobre la producción y el consumo masivos de bienes y servicios.
            El control del déficit como único principio económico y como única función de los gobiernos, títeres en el teatro de marionetas políticas que maneja Berlín, sólo conduce a la ruina. Grecia, Portugal, Irlanda, países que han cumplido hasta la extenuación las medidas impuestas por Frau Merkel y sus compañeros de viaje, lejos de mejorar su situación económica y social, contemplan aterrorizados como la ruina amenaza con devorarlos. Y España les va a la zaga a no mucha distancia.
            Alemania debiera releer algunos capítulos de su historia reciente. Muy reciente. Es imposible que la haya olvidado.
            Al terminar la Segunda Guerra Mundial Alemania era una ruina de proporciones bíblicas. Cargaba sobre su conciencia con la culpa de haber ocasionado en un cuarto de siglo cien millones de muertos por sus veleidades imperialistas; tenía entre sus méritos históricos el haber provocado, en dos ocasiones, la ruina de infinidad de naciones de la tierra y, especialmente, la suya propia. 
            Aquello sí que fue vivir por encima de sus posibilidades, y por encima de las posibilidades del resto del mundo.
            Al final de la Segunda Guerra Mundial bien podía haber desaparecido de la faz de la tierra como nación. Su territorio estaba repartido entre los vencedores que participaron en su derrota; su capital, igualmente dividida, empezaba a generar como un dragón venenosos hijos deformes y amenazadores que aterrorizaron  a la humanidad durante el periodo infausto que llamamos Guerra Fría.
            Grecia, por poner un caso extremo en la Europa actual de país arruinado por las políticas alemanas y las de quienes las secundan, es un paraíso si la comparamos con aquella Alemania. Y su deuda de entonces  no soportaría comparación alguna con ni una sola de las situaciones actuales. Acumulaba deudas desde la República de Weimar, muchas de ellas por impagos de las sanciones que le impusieron los vencedores en la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Versalles. Entre el 1934 y el 1939, Hitler suspendió pagos de todas aquellas obligaciones internacionales y se acumularon intereses de manera abrumadora. La propia guerra, con sus costes desmesurados en industria bélica y en el sostén y aprovisionamiento de un ejército integrado por muchos millones de hombres, llevó al país al caos económico del que jamás habría podido salir solo.
            Entre el 28 de febrero y el 8 de agosto de 1952, -fueron muchos meses y muchas sesiones de trabajo para lograr acuerdos- se reunieron en Londres los acreedores mundiales de Alemania. Estaban las naciones vencedoras del bloque occidental y democrático, EE.UU, Francia, el Reino Unido, pero, además, otros veinte países, bancos de proyección internacional y una legión de acreedores privados.
            Como consecuencia  de aquellas negociaciones se firmó el acuerdo de Londres de 1953 que liberaba a Alemania de una buena parte de los intereses acumulados, se le condonaba la mitad de la deuda, se le ampliaba la moratoria para su devolución en veinte años y se le concedían cinco años de carencia de devolución de capital ,- sólo debía abonar intereses- para permitirle recuperar su industria. 
            Uno de los países que renunció a cobrar los destrozos que el ejército nazi ocasionó en su tierra fue Grecia, ese país al que ahora condenan sus medidas inhumanas.
            Para que no se viera drásticamente afectada en sus políticas de empleo y de atención a las necesidades de su población - entonces el modelo comunista de la URRS era un referente muy cercano para los obreros empobrecidos de muchas naciones europeas- se vinculó el pago de la deuda al superávit comercial. Para entendernos, cuando las exportaciones alemanas generaran beneficio al país, sería ese beneficio el que haría frente a la deuda nacional. Para hacer posible este objetivo los acreedores colaboraron con medidas que favorecían la exportación alemana, convirtiéndola en la potencia industrial y exportadora que es hoy. Alemania le debe eso al resto del mundo. 
            Alemania habrá olvidado aquel capítulo de su historia, porque los países, como las personas, tienden a olvidar los momentos terribles de su vida o de su historia, sobre todo si están plagados de culpas. Debiera releer esas páginas y aprender la lección. Y, como consecuencia, debiera dejar su soberbia y su actitud de suficiencia moral a buen recaudo.
            Todo aquello, lógicamente, no fue una mano tendida, un gesto de reconciliación con el enemigo reciente y causante de la ruina mundial. Fue un plan hábilmente diseñado por políticos de altura y por un capitalismo inteligente. Recuperaron la capacidad productiva y de consumo de una nación con enorme capacidad en ambos ámbitos de la economía mundial. De paso, salvaron también, su democracia.
            Podríamos preguntarle a Merkel y a su muy democrático Parlamento qué habría sido de Alemania si el acuerdo de Londres hubiera establecido para su país las mismas medidas que ella dicta para media Europa. El pueblo alemán tiene fama de lógico. Seguramente llegará a la misma conclusión que yo. En ese caso los acreedores habrían puesto una miserable lápida sobre la tumba de Alemania. Habrían escrito el último capítulo de su tormentosa y breve historia. Y los vencedores explicarían la razón de su fracaso como nación; la factura que un pueblo soberbio había pagado por haber retado al mundo dos veces en veinticinco años, provocando sufrimientos y pérdidas incalculables al resto de la humanidad. 
            Afortunadamente para Alemania, y para la humanidad, en los acuerdos de Londres hubo políticos de altura y  un capitalismo - duele decirlo- inteligente.   
            Pero Merkel, los funcionarios que gobiernan en su nombre y los gobiernos títeres no recibirán, así que pasen 60 años, ni una palabra laudatoria de un bloguero de izquierdas - ¿habrá aun gente de izquierdas a finales del siglo XXI o habrán sido devorados por el pensamiento único y el hastío?-, porque su obcecación, su visión miserable de la economía, su servilismo a los intereses del capital, su pobreza mental para preparar el futuro, su falta de grandeza para gestionar asuntos públicos de trascendencia mundial, habrán destruido hasta los cimientos a muchos países y habrán puesto en riesgo los sistemas democráticos que tanto nos ha costado construir.
            Si la humanidad guarda memoria de sus actos, así que pasen otra vez sesenta años, seguramente escupirá en sus nombres, porque cuando se pueda hacer un cómputo razonable de los daños causados por esta horda quedará patente que están poniendo en peligro el futuro de Europa.

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