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jueves, 23 de mayo de 2013

Maletas de madera

   Hace apenas dos días la ministra de trabajo, Fátima Báñez, era portada en los medios de comunicación en la ceremonia de besamanos a su homóloga alemana, de apellido von der Leyen, que aprovechaba para recordarnos nuestros deberes en el control de déficit y aceptaba, sin empacho, las muestras de agradecimiento servil por la generosidad de su país, dispuesto a mejorar las condiciones miserables de parte de la juventud de esta colonia del sur. 
            Dicha generosidad se plasma en un acuerdo o memorando por el que Alemania se compromete a dar trabajo a cinco mil jóvenes españoles a través de la formación profesional dual que combina formación y prácticas de empresa. El acuerdo contempla también la oferta de trabajo estable para personal cualificado.
            El ciclo se cierra. Formamos a la juventud española, quizá mejor que nunca a pesar de los anatemas que lanza sobre el sistema educativo la inefable Cospedal acusándonos de ser los causantes de ese 57%  de desempleados juveniles, para que vaya a producir - y a ser explotada con empleos mal pagados bajo la cobertura legal de un contrato de prácticas - a la industria alemana o a su sector servicio.
            La inversión en formación de las nuevas generaciones resulta lamentable para nosotros. Para ellos es un cesto lleno de frutas que no han tenido que cultivar, un sobre repleto de billetes que han encontrado en medio del desierto. Y aún se colgarán la medalla de la solidaridad alemana con el resto de Europa.
            Alguien tendrá la justificada tentación de considerarme una persona desagradecida, que ha perdido el don de la objetividad arrastrado por la corriente antialemana que circula por Europa.
            Pudiera ser. 
            Pero detesto a los oportunistas, a los que sacan beneficio del esfuerzo ajeno sin arriesgar lo más mínimo. 
            Y ahora, detesto la política alemana y sus imposiciones al resto de los socios, porque tengo la certeza de que es una política interesada, ejercida con mano de hierro en beneficio exclusivo de su poderosa plutocracia y ruinosa para la mayor parte de la Unión Europea. 
            Y rechazo un sistema productivo que se basa, principalmente, en la existencia de ocho millones de jóvenes con salarios que oscilan entre los cuatrocientos y los seiscientos euros al mes, dependientes de por vida de la asistencia familiar para poder sobrevivir. Es el destino de los nuestros. No os quepa duda. No envidio su futuro en absoluto.
            No necesitamos que Alemania acoja a cinco mil jóvenes españoles desempleados y muy cualificados para que los explote su sistema productivo. Necesitamos que la Unión Europea genere las condiciones económicas que permitan a esos jóvenes españoles producir en su país y concretar en él su proyecto vital. Sabemos que es posible. Solo es cuestión de racionalizar el proceso productivo, de controlar los desmanes del capitalismo salvaje que desmonta y empobrece a la mayoría de los Estados europeos.
            En la década de los setenta del siglo pasado - duele emplear estas referencias en el calendario de la propia vida- , yo también tuve un contrato para trabajar en Alemania. En la Kodak, creo que radicada en Stuttgart o en Colonia, ha pasado ya demasiado tiempo para saberlo con certeza. No sabía entonces que esa multinacional americana durante la Segunda Guerra Mundial transformó sus fábricas de material fotográfico en fábricas de armas para la causa nazi. Es lo que tiene la conciencia multiusos del capitalismo sin fronteras; es muy adaptable. Ese detalle entonces carecía de importancia. Ahora, también.
            Nunca fui. 
            Aquel contrato era, sin embrago, la forma lógica de continuar la tradición de los temporeros extremeños;  y eso era yo; había dejado de serlo por azar, por una beca del Estado Franquista para los niños pobres. Se nos ofrecía como alternativa la Formación Profesional con la intención de  capacitarnos para la balbuceante industria española, o el seminario. Sepa dios por qué razón yo elegí el seminario que me abrió otras puertas, las de la Universidad, por ejemplo. Cuando durante el primer año de estudios teológicos  decidí que no era yo hombre de iglesia y renuncié con ello a una beca para estudiar en la Pontificia de Roma,- por esa razón estudiaba alemán- el sistema  me borró de los candidatos potenciales a otras becas, por ejemplo a la beca salario para seguir estudios universitarios.
            Supe que estaba marcado por el destino de los temporeros que me habían precedido; que no tenía otra alternativa que seguir la ruta del ejército anónimo de hombres y mujeres desesperados, desarraigados de su tierra, que guardaron en su maleta de madera asegurada con correas de cuero algunas mudas miserables, fotos de la familia y un sinfín de miedos indefinibles, y se fueron a tierras extrañas a levantar las ruinas que dejó la guerra con su aliento destructivo.
            Yo, al menos, había hecho un curso acelerado de alemán; sabía pedir pan, tabaco, agua, orientarme vagamente. Llevaba en la maleta mi gramática sucinta de la Lengua Alemana y un diccionario razonablemente capaz. Nunca terminé de llenar y cerrar aquella maleta. Afortunadamente, creo, por más que uno no sepa nunca que había detrás de la puerta que no abrió. Pero no me arrepiento de mi vida. 
            Se cierra el ciclo. Nunca lo hubiéramos dicho. 
            Cuando hemos leído o escrito que corremos aceleradamente hacia el pasado, probablemente no estábamos pensando en que somos de nuevo un país que, por carecer de otros bienes exportables, exporta su mano de obra, ahora las  más cualificada; regala su capital humano a los depredadores más oportunistas del continente. 
            Y besamos la mano, agradeciendo el robo, a quienes crearon las condiciones de nuestra ruina.
            Loor a Fátima Báñez. Quizá todo esto no sea sino el producto de la intercesión de alguna virgen a la que invocó como remedio del paro. Quizá ni la virgen pueda encontrar remedio en este país tan maltratado por este gobierno lamentable. Ha de estar desesperada para encomendar el remedio del paro a la eficacia protestante que no la reconoce como objeto de culto.

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