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lunes, 18 de marzo de 2013

La orca alemana

     Me prometí a mi mismo un largo periodo de silencio, me prometí guardarme la cólera en algún rincón blindado de la propia conciencia. No es posible. Intentaré que no desborde los límites de las buenas maneras.  El silencio que uno se impone a sí mismo es una penitencia excesiva, inmerecida, inútil. Peligrosa, incluso, para mi propia integridad. Hay un volcán en mi interior. La palabra libera sus tensiones.
            Es posible que Chipre no sea una país ejemplar porque es un paraíso fiscal, como El Vaticano, Suiza, Irlanda, Malta, Gibraltar, Andorra, Mónaco, Luxemburgo y la City Londinense, por poner algunos ejemplos de todos conocidos.
            Es probable que su clase política y financiera merezca cárcel duradera. No más que otros que se han aferrado al interior de nuestras gargantas como sanguijuelas hematófagas y contaminantes. No más que aquellos a los que nuestros votos les permiten conspirar cada día impunemente contra el Estado y la Constitución que nos dimos.
            Es posible que muchas mafias rusas la tengan como cuartel general de sus operaciones delictivas.
            Es cierto que es un país pequeño, dividido y débil.
            Pero no es menos cierto que está habitado por ciudadanos europeos. Al menos en teoría. En la práctica es un territorio conquistado, una colonia cuyo gobierno se controla para que lleve a cabo el crimen que se le encomienda y a cuya población se roba impunemente sus propiedades.
            No otra cosa es la exigencia alemana de un impuesto inventado de la noche a la mañana que grava, por sorpresa, las imposiciones bancarias de esos ciudadanos europeos, nativos o residentes. Tanto da. Un impuesto inaceptable porque lo impone el Parlamento Alemán a un país nominalmente soberano. Un impuesto injusto porque grava de forma unitaria sin ningún criterio de progresividad, sin tener en cuenta la procedencia de los capitales,  ni la situación personal o familiar. Un impuesto anticonstitucional - me refiero a la Constitución Europea que en mala hora aprobamos, vistas las consecuencias-, porque atenta contra el principio de libre circulación de capitales en la Unión Europea. Un impuesto suicida para la propia estabilidad económica de la zona euro porque el capital no tiene banderas y su patriotismo es sólo un discurso vacío. El miedo a que estas medidas se repitan descapitalizará aún más a los países de economía más precaria. 
            Los bancos ingleses deben estar riendo a mandíbula batiente. En la Unión Europea son el único refugio seguro para las acometidas de Frau Merkel, esa orca alemana que se alimenta de congéneres. Allí acabarán los capitales chipriotas y, probablemente, los de otros países sobre los que vuela la amenaza de un rescate europeo.
            Es un robo sin precedentes en tiempos de paz. Un acto de guerra. Un ejercicio de colonialismo en pleno siglo XXI, atentando contra la soberanía de uno de los socios de la Europa que se denominó algún día la Europa de los Pueblos. 
            En lo que a nosotros se refiere Cospedal, el cinismo en persona, la desvergüenza política en estado puro, rasgo que comparte con muchos dirigentes del Partido Popular, se declara feliz porque ya nadie habla del rescate de España. Europa no necesita poner dinero en nuestro monedero para lograr sus imposiciones. Tiene un gobierno vicario.- mamporrero en el lenguaje de las calles y de las dehesas en las que cobré casi toda mi estatura-, que las impone sin contraprestaciones. Acaban de cambiarnos las condiciones de nuestra jubilación y las pensiones que percibiremos sin poner un solo euro en el envite. Deben estar pagando en ignorancia simulada a las acusaciones de corrupción que pesan sobre el partido que gobierna este país y en alabanzas rituales y obligadas a las medidas de Rajoy.
            Estamos rodeados. No se me ocurren ya salidas sin modificar profundamente este entorno criminal. Pacíficamente necesitaríamos un milagro, como que la ciudadanía mediterránea indignada, saqueada, desprovista de sus derechos constitucionales, encontrara un cauce político para hacer frente al capitalismo desaforado, inmoral, invasivo que comete crímenes contra la humanidad y el sistema democrático en nombre del mercado. Y una vez obrado este milagro, negarse a pagar esta deuda artificial, producto de la especulación o de la gestión irresponsable y cómplice de gobiernos y sistema financiero.
            Negarse es la extraordinaria solución. Creo que tenemos una deuda prominente. Son ellos los que tienen un problema prominente. Si nos negamos, ellos estarán en una situación muy delicada. Si nos negáramos mañana, estoy por jurar que Merkel no ganaría las próximas elecciones alemanas.
            Huyamos de estas aguas donde esa orca insaciable nos acosa con sus maniobras depredatorias. Neguémosle el bocado que propina sobre nuestros cuerpos indefensos. Neguémosle el alimento que acrecienta su poder y su prestigio entre los criminales que nos roban la soberanía, la esperanza y el futuro. Son ellos quienes no tienen derecho al futuro, si no es entre las rejas de una cárcel inhóspita, donde deben aclimatar sus delirios los criminales, los dictadores, los corruptos, los corruptores y todos y cada uno de sus cómplices.


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