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jueves, 28 de marzo de 2013

Ciudad cainita

   No maldigo la sucesión de frentes y borrascas en estas fechas. Sé que vivo en un territorio cercado por el desierto africano que avanza hacia el norte con obstinada persistencia. Valoro el agua de forma muy consciente. Puedo decir que  si hubiera un dios de la lluvia, yo sería uno de sus adeptos fervorosos. Amo la lluvia, a pesar de sus inconvenientes momentáneos.
  Pero entiendo la frustración de esta ciudad en estas fechas. Asisto con respeto a los desfiles, con el respeto que me merecen las tradiciones, sin entrar en valorar su origen, su significado, su puesta en escena. Comparto con quienes me rodean el espectáculo , aunque no comparta las creencias. 
   No lloro por la lluvia, pero podría llorar por la maldición que persigue a esta ciudad, empeñada en cultivar su propia imagen, sus lacras, sus maldades históricas que la convierten en una ciudad contradictoria y de futuro incierto.
   Ayer, según todos los datos, la Hermandad de los Panaderos provocó de forma voluntaria un conflicto y un riesgo colectivo,- una Hermandad y miles de personas encajonadas en una calle estrecha como Cuna-, a la Hermandad de la Lanzada.
   Ni siquiera en los rituales más ensayados, más sujetos a normas, más  asumidos como imagen colectiva de sí misma, esta ciudad escapa a su retrato histórico. 
        Sevilla es una sociedad clasista, ensimismada, mediocre, idólatra y cainita. Una vez más lo ha puesto de manifiesto a los ojos del mundo.
      Por eso sí podría llorar, llegado el caso. Por las nubes, ¡nunca!

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