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miércoles, 6 de marzo de 2013

La hez.


    Resulta inevitable la sensación de que algo se agota en un ciclo convulso. A escala planetaria lo que se vislumbra es un fracaso estrepitoso del capitalismo como sistema. Pero no es un fracaso más de los muchos que acumula. 
            Es el fracaso por antonomasia. 
            El conflicto presupuestario de los Estados Unidos es el último eslabón de esa cadena. 
            La permanente recesión europea, derivada del empecinamiento alemán, la manifestación más duradera de ese suicidio lento e irracional. 
            La economía aparentemente saludable de los llamadas países emergentes, el canto de un cisne, un espejismo engañoso. 
            Preguntad a cualquiera que haya vivido en Brasil el tiempo suficiente por la relación entre los precios de las cosas y los salarios, es decir, por la capacidad de la mayoría de la población para acceder a elementos comunes del mercado cotidiano, por ejemplo unos zapatos. 
            Interesaos por la situación en Argentina. 
            Comprobad cuántos millones de chinos paupérrimos y explotados, con horarios interminables y salarios de hambre, hacen falta para que allí afloren los nuevos y raros millonarios. 
            Curiosead un poco en los estudios de los expertos sobre la economía de una familia media en esa tierra de oportunidades que conocemos como Estados Unidos.
            La cuestión más lamentable es que el sistema colapsa por la ceguera de una insignificante minoría dotada de un poder indiscutible y de una ambición sin límites. Una infección insignificante en un organismo gigantesco  acabará por derrotar a toda la especie humana. 
            Y no solo ha fallado esa característica que dicen exclusiva de la especie, la racionalidad. En las sociedades desarrolladas y democráticas han fallado los sistemas defensivos, el sistema legal, el sistema judicial y los poderes ejecutivos, que en buena parte son cómplices infiltrados en la sociedad de los intereses de esa minoría.
            Nos ha tocado apurar la hez, la basura- y no es metáfora, porque aparecen bacterias fecales en las tartas suecas- decantada por un sistema enfermo, irracional, inhumano, empecinado en acumular riqueza inútil sobre la base de la explotación, el sufrimiento y la miseria de otros.
            Cerca de nosotros, en el Mediterráneo orgulloso de su cultura y de su historia, Grecia está definitivamente desahuciada por los socios ricos; es un país perdido, que se puede borrar de las páginas de la historia reciente; un pueblo amortizado que ya no produce beneficios; una colonia esquilmada y, por lo tanto, inútil. 
            Las presiones desvergonzadas sobre el vecino Portugal hacen que el pueblo portugués esté de nuevo buscando los fusiles y los claveles de una revolución pacífica y lejana, pero la Troika reclama el sacrificio de veinticinco mil empleados públicos para garantizar el cobro de sus intereses abusivos a un pueblo que ya ni dispone de ambulancias.
            La burla europea de las soberanías nacionales del Sur empobrecido al imponer en Italia un presidente de gobierno espurio, sacado del sistema financiero, ha dejado en las elecciones italianas un panorama oscuro, de sociedad confusa y difícilmente gobernable, donde para mucha gente es el delincuente Berlusconi la única esperanza antieuropea.
            Y en España, la gente honesta, la inmensa mayoría, se debate entre el asco y la vergüenza. 
            El parlamento es una "claque" sonrojante que confunde su función. Aplaude y vitorea, pero no representa a los ciudadanos acuciados por problemas terribles.
            El gobierno, cuando no miente, calla  ¿Quién es Bárcenas? ¿Quién conoce a ese Bárcenas? Cada mañana, tiembla antes de abrir la prensa, temiendo el cataclismo que ese individuo que ya nadie menciona pueda desencadenar en el partido.
            Por lo demás, mendiga ante frau Merkel algún crédito, alguna bendición a sus medidas. Pero Merkel sólo bendice el crimen, la destrucción de Europa. Cambia bendiciones por nuevos sacrificios en la edad de jubilación, los salarios y los impuestos indirectos. Hay que garantizar el cobro de intereses del capital alemán a cuyo servicio gestiona nuestras vidas.        
            También hemos sabido que le debemos a una princesa de oropel, de dudoso pedigrí  pero de indudables habilidades para las relaciones al más alto nivel, las gestiones más delicadas de nuestra seguridad nacional. Eso cuenta ella, al menos. Y la verdad no la sabremos nunca; no existe  en nuestras vidas; debiéramos borrarla de nuestros diccionarios. 
            Mientras, la sufrida oposición no nos ofrece ni una miserable esperanza, ni una condenada alternativa.
            Es también la hez nacional. Nuestra propia basura acumulada en la intrahistoria, mientras nosotros acudíamos al trabajo y nos sentíamos orgullosos del sistema que habíamos levantado.
            Asco y vergüenza. Oscuridad. Ausencia de esperanza justificada. 
            Nadie parece recordar que la violencia permanente que se ejerce contra los pueblos genera a su vez una  violencia explosiva, repentina, terrible, con la que los pueblos se ven obligados a defender su dignidad y sus derechos.
    

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