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martes, 31 de diciembre de 2013

El mégaron de la reina

             

          Recientemente ha sido noticia que la reina de Inglaterra -y el gobierno, se supone- ha perdonado e indultado al padre de la inteligencia artificial, héroe de la Segunda Guerra Mundial, que ayudó a descifrar los mensajes alemanes y, por consiguiente, a la supervivencia de su país. Fue condenado por sus inclinaciones homosexuales y apartado, como un apestado, de la sociedad. Apareció muerto, envenenado, sin que se sepa a ciencia cierta si aquella muerte fue un suicidio. ¡Que más da! Antes había sido sometido a castración química.
           Avergüenza que otorguen su perdón  aquellos que debieran implorar el perdón de  los demás; que indulten quienes debieran estar condenados por crímenes contra la humanidad.
             Y el integrismo católico aun andará retirando de la vía pública los altares móviles y  la parafernalia de su proclama a los cuatro vientos de cuál es la única familia que ellos aceptan y pretenden imponer a los demás. De paso, dan gracias a dios por el ministro Gallardón, fiel instrumento de sus mandados.
               Llevan siglos así. Hay una moral inicua que se otorga el derecho de regular la sexualidad y las conciencias individuales. 
           Tienen miedo del individuo, de su capacidad de reinventar la vida en busca de un derecho inalienable, ese al menos es nuestro porque late poderosamente en nuestro interior, el derecho a buscar la felicidad, aunque a veces nos resulte engañosa y efímera.Poco importa. Así es la condenada. Engañosa, casi siempre; efímera, porque así es nuestra naturaleza.
                 Por si pudiera ilustrar a alguien, hoy os dejo pequeños trozos seleccionados de un librito pequeño, un viaje a través de la geografía de la Grecia que aparece en la Odisea y de los sentimientos y las frustraciones de algunas de sus mujeres más notables.
       En los textos seleccionados es Penélope, abrumada por la soledad y por el duradero abandono de su marido, entregado a empresas que ella no entiende ni comparte, la que nos va desgranando sensaciones y sentimientos. Los números en subíndice no significan nada en esta entrada. Son referencias, glosas, del libro que pronto habrá de ver la luz. Las he evitado aquí, por razones de espacio.
           Reivindico con ello la condición humana, tan frágil ante la soledad indeseada; la fuerza de nuestros propios impulsos naturales; la belleza del amor y de la sexualidad libre y gozosamente compartida.
            Que el 2014 os proporcione amor a borbotones, como un manantial inagotable y fresco.


         Durante muchos años el palacio del rey guardó su ausencia. Se cubrieron los muebles bien labrados con los paños oscuros que se guardaban para los funerales de Laertes; mandé a mis esclavos retirar la rica vajilla, las cráteras de plata, los tapices polícromos de Siria y los adornos de marfil de Babilonia; despedí a los citaristas y a las danzarinas orientales que compró Odiseo a los piratas focenses para que danzaran desnudas ante sus capitanes en las noches de ocio y abundante libación de vino rodio; y entregué el cuidado de la hacienda  a un ecónomo de honradez bien probada. Luego, como hembra viuda, renuncié  a collares, ajorcas y diademas.
***

            Renuncié, también, a mis paseos  en barca por la tranquila bahía que lame con sus aguas espumosas el bosquecillo de laureles de palacio, donde alguna vez el rey me persiguió simulándose un fauno, y me poseyó con la impaciente violencia del guerrero.
            No he de negar ahora que me turbaba la presencia de un remero joven, de espalda musculosa, dentadura blanca como el azahar del limonero en primavera, y ojos azules y profundos como el mar de Corinto. Semejante a un dios era el remero Etón. Y Afrodita (29) destilaba en mi corazón despechado sentimientos confusos, avivando el fuego que yo creía dormido desde la marcha del rey.
            No he de negar que me turbaba su presencia y su perfil dorado de pescador de Thera (30); y que alguna vez, mientras me llevaba hasta la barca entre sus brazos, para evitar que se mojaran los bordes de mi falda, tentada estuve de acariciar el vello dorado de su pecho con la yema de mis dedos y de acercar mis labios a  su boca. Bajo el triángulo de lino que cubre su cintura, yo presentía su sexo turbador. Demasiado próximo para una reina solitaria que empieza a envejecer en un lecho desolado y frío.
***
        Si alguna vez vuelve Odiseo, el paso arrogante, con su piel de pantera sobre el hombro derecho, el arco curvado, blandiendo sus lanzas de puntas broncíneas, tendrá para calentar su vejez el vino de Mesara (31) y el recuerdo de su gloria en los tapices. Para la reina quedará compartir en secreto su nostalgia y sus achaques.
            Los guerreros envejecen antes que el resto de los hombres. Han convivido con la Parca en cada guerra y el aliento envenenado de la muerte compartida les arrebata el vigor con prontitud. Sólo encuentran consuelo en recordar sus hazañas a los parásitos que frecuentan los fogones de su casa, en el juego de tabas y en el vino. Rara vez se ocupan, como antaño, de la caza del toro salvaje, y olvidan sus jaurías, y despiden a sus ojeadores, abrumados por la añoranza y por el recuerdo doloroso de sus cicatrices.
            Con la paz se vuelven melancólicos los guerreros. Llegan, incluso, a detestar a  los que cantan peanes (32) en honor de Apolo para celebrar la victoria, y rehúyen con el tiempo los cortejos de címbalos y escudos entrelazados, sobre los que alguna vez se sintieron dioses adorados por la multitud.
            Y en el tálamo se comportan de forma distraída, como si  alguna mujer que conocieran en  un lugar lejano se hubiera adueñado de todo su deseo,  de toda  su memoria.

***



            He visto a las doncellas de palacio bañándose desnudas entre los delfines y las algas. Y la contemplación de sus alcorcillos morenos y prietos, el oscuro reflejo de algún pubis de niña entre las aguas claras, me ha despertado una fiebre desconocida, como si Afrodita encontrara placer en confundir el corazón de una mujer que envejece sin compañía en su lecho. Incluso se complace en ocupar mis fantasías con un esclavo nubio (35) que guarda las puertas de palacio. Los ojos imprudentes de la reina se demoran con placer en la bolsa de cuero que protege su sexo. Y hay noches en que el nubio visita mis sueños intranquilos, coloca una azagaya oscura entre mis pechos, y aguarda mis órdenes con mirada en las que se mezclan el orgullo del varón y la docilidad del esclavo. Yo acerco mis labios a su lanza de bronce y, luego, me despierto bañada de sudores. Una saliva espesa me entorpece el aliento. Late en mi vientre un hambre antigua, ésa que cuenta la leyenda que ha convertido a las mujeres solitarias en delfines para buscar en el mar el remedio salvaje  a un mal tan antiguo como nosotras mismas. No la sacian la leche ni las frutas que han dejado a mi alcance las manos previsoras de Euriclea.
            He hecho azotar al nubio en mi presencia para castigar mi pesadilla o mi deseo y me reprenden los ojos apacibles de la nodriza del rey.

***
Es más de medianoche. Fluyen las horas. Yo estoy sola y velo.
            Ruego a los inmortales que me concedan el corazón helado de Artemisa (36), que no ha conocido jamás el acoso impaciente de este fuego.

            Velan también los pretendientes. Escucho sus risas y sus conversaciones insulsas de borrachos. Presienten que se derrumba el orgullo de Penélope, y ya cruzan apuestas sobre quién será el primero en compartir con ella el tálamo del rey. Para librarme de sus atenciones indecentes les he propuesto un juego. Aquel que acierte con la flecha a una manzana desde cincuenta pasos, tendrá derecho  a cortejarme. Me pidieron el arco que Odiseo se trajo de Mesina (37), pero ninguno ha podido hasta ahora tensar el arco del poderoso Éurito (38). Así que ahora compiten entre sí con un arco vulgar de madera de tejo.


***
           Han traído a mi presencia  a un vidente, ciego como Tiresias (40). Dicen que ha bebido el agua (41) de la fuente de Apolo y de las Musas. Ha visto en sueños a Odiseo desnudo ante una niña de cabellos dorados en la corte de los Feacios (42). Presiente su mente enfebrecida por el agua de Apolo que ha de volver el rey vestido con andrajos, pero no sabe cuándo.
            He pedido a Clarica, la joven esclava que cuida mi baño y mis vestidos, que le dé una moneda de oro y lo acompañe a la cocina para reparar sus fuerzas desgastadas. He sabido luego que ese coro de ranas que son los pretendientes le ha solicitado profecías sobre el tiempo que aún mantendrá su castidad la reina. Dice Clarica que el adivino ha reflexionado durante largo rato.
“Ninguno de vosotros compartirá su lecho”, ha dicho luego.
Y los nobles ociosos de Ítaca, los jóvenes imberbes que esperan la corona de esta tierra cortejando a una reina que podría ser su madre, las bárbaros rudos, rompieron a reír, y volvieron al arco.
            Dice también Clarica que el anciano murmuró más tarde que la celosa Hera  impedirá a  cualquier varón que se acerque a mi lecho, hasta que vuelva el rey. Pero ellos no lo oyeron.
            Mandé a los sacerdotes que sacrificaran un buey blanco, y que quemaran sus vísceras grasientas mezcladas con incienso ante el altar de Poseidón (43) para aplacar su cólera ciega. Una procesión de doncellas y jóvenes, vestidos de blanco, ha bajado hasta la playa con cestas de jazmines, y ha entonado cantos para que las Nereidas (44) propicien el retorno feliz de la nao de Odiseo.
            El calor de Ítaca es aún soportable. Están en flor los bosques de manzanos. Difunde el anís su fragancia delicada. Y ya se han cubierto las laderas con las rosas tempranas.

***
           La profecía del adivino sobre la maldición con la que Hera aparta a los varones de mi lecho me trae a la mente las costumbres liberales de Lesbos (45) , mientras Clarica entretiene mi tedio pesaroso interpretando las danzas graciosas de la tierra de Minos (46) con las piernas desnudas. No descansa Afrodita en su trabajo. Sabe tocar Clarica la lira de ocho cuerdas, y hace hablar a  los caramillos (47) gemelos con ritmo apasionado. Me complace en exceso la visión de sus senos menudos bajo la tela transparente de su blusa. El vuelo de su falda deja al descubierto unos muslos que parecen salidos de manos de un orfebre.
            Afrodita me incendia el corazón con un anhelo desconocido. Y deseo apagar esta sed que me quema en su carne de nieve.
***
           Rememoro sin placer el amor apresurado de Odiseo. Alguna vez me poseyó sin soltar su clípeo (48) dorado, sin despojarse del casco adornado con plumas, y he llegado a presentir en la risa sucia de sus capitanes, y en el brillo de sus miradas al cruzarse conmigo, que el rey los hacía partícipes de los secretos de su tálamo. La soberbia de los guerreros les hace presumir de que saben despertar la sed de las mujeres. Nunca cuentan que rara vez la sacian.
            ¿Qué puede saber un guerrero de lo que oculta el corazón de una mujer? En Grecia el amor sólo es asunto de mujeres. Ellos se ocupan de sus guerras.

***
           Hoy he invitado a Clarica a compartir mi baño tibio, y han nacido en sus pómulos de nieve dos rosas gemelas. Por respeto a la reina no ha querido despojarse de su peplo (50) ligero, anudado sobre el hombro con un lazo. Apenas en el agua, su figura delicada se hace visible bajo la tela mojada y yo busco el contacto con su piel de muchacha. La esclava virgen ha rehuido el fuego de mis ojos, sin duda turbada su inocencia por esta pasión que ha descubierto en mí.
            Contemplo su hermosura nívea, el escorzo leve de sus pechos, sus pezones duros y pequeños, su axila sombreada, la curva grácil de su cuello, su oreja breve, el arco perfecto de sus cejas, sus labios carnosos que tan bien esbozan la sonrisa...
            Con el atrevimiento que sólo presta la pasión, rozo con mis pies desnudos el interior suave de sus muslos, y me demoro allí donde presiento una  dorada pelusilla, como la de los melocotones maduros que vende en el mercado el liberto Caraxos. Tiembla Clarica con el descubrimiento de alguna sensación desconocida, y un fuego encantador le arrebola las mejillas. El amor me inunda con su fuerza ciega. Me quema en la garganta el aire que respiro. Se me ha vuelto la saliva espesa como miel de abejas.
            Tomo, entonces, su mano delicada y la llevo a mi pecho y le enseño el secreto de las caricias placenteras, hasta que ella descubre que mi pezón oscuro se encrespa como un pequeño animal que se dispone a luchar. Hace ya demasiado tiempo que mi cuerpo reclama este combate incruento y singular. Guío su mano pequeña por mi vientre, la conduzco con parsimonia por el bosque encrespado de mi pubis, y no sé si es ella la que tiembla o soy yo la que tiemblo de deseo. Ahora podría llorar la reina de emoción contenida durante mucho tiempo. La abrazo entonces con una fiereza que me asusta, muy semejante a la que depara el amor de los guerreros, le apreso el pecho con la mano que desteje los tapices que celebran la astucia de Odiseo, y busco sus labios sonrosados para volcar mi sed antigua sobre el manantial fresco de su boca. Es dulce  como el jugo de las granadas en sazón. Vela Afrodita por la reina, porque los labios de Clarica se entreabren, y me devuelve la caricia apasionada. Es una niña aún, pero su boca destila la pasión desenfrenada de una mujer adulta. Me permite Clarica que aprisione su lengua entre mis dientes, y la siento aletear como un pájaro nervioso en la red de un cazador. No sé cuánto tiempo habremos dedicado a las caricias. El agua tibia está ya helada. Bulle en mi interior una excitación desconocida. Presiente mi cuerpo un cortejo de placeres que se acerca. Y bendigo el genio generoso de la nacida de Urano mutilado (51) y su atrevida inspiración.


*   *   *

            La he invitado a compartir el lecho de la reina esta noche cuando todos duerman. Y ella se ha adornado el cabello con flores como una novia esperando a su amado, y deambula por palacio sumida en un silencio ruboroso. Su mirada, cómplice y turbada, se cruza con la mía, y me gozo en imaginar cada caricia que esta noche compartiré con ella, mientras persigo con ojos amorosos sus caderas redondas y su paso menudo. Odio la pereza de las horas en la cruel clepsidra, y suspiro por la llegada de la oscuridad.
            A mis esclavas jóvenes he ordenado adornar el lecho con guirnaldas de rosas encarnadas y anémonas blancas. De nuevo he hecho venir a los citaristas, y, hasta el ocaso, han entretenido mi impaciencia gozosa los jóvenes de Ítaca que cantan con voces como lirios canciones de hilanderas y campesinos. Todos suponen que se ha alegrado el corazón de la reina con las noticias de que Odiseo está vivo en la corte de los Feacios.

***

 El rubor de Clarica y su mirada esquiva me llenan de ternura. La he sentado en el lecho junto a mí, he ido soltando los lazos de su pelo, depositando  con parsimonia cada flor de su adorno en la almohada, y he besado sus manos y sus ojos. Le ofrezco una manzana dorada. Ella la toma, y logro al fin que sus ojos me miren. Me sonríe Clarica con timidez encantadora, y descubro la turbación que la embarga en el apresurado movimiento de su pecho. Muerde mi amada la fruta, y yo me apresuro a robar de su boca aquel dulce bocado con un beso febril. No se ha librado aún del sutil acoso del pudor, pero se ríe Clarica con risa cristalina, y devoramos la manzana, en silencio, poco a poco,  a besos apasionados y jugosos. Luego, he desatado su ceñidor, y he ido retirando su peplo lentamente, controlando el ansia de mis manos, anegando mis ojos con la pleamar hermosa de su cuerpo desnudo.
            ¡Cuánto te amo, niña mía! ¡Qué sabrá del amor un guerrero!

*  *  *

            Ha oído mi tierna compañera palabras amorosas y dulcísimas que el rey jamás oirá. Huele a manzanas maduras mi Clarica. Recorro con mis labios ardorosos la piel de su cuello; el nacimiento de sus senos pequeños y redondos; y busco sus labios carnosos y suaves, golosa del zumo de granadas de su boca entreabierta y gozosa. Huele también a nardos mi Clarica y hundo mi cara entre su pelo perfumado.
            ¡Vida mía! ¡Cuánto tiempo ha tardado la reina en descubrirte! ¡Qué solo el lecho de Penélope, estando tú tan cerca!
Apreso con mis labios su pezón sonrosado de doncella, dulce como los higos de Mitilene (53), tierno como las fresas maduras, y lo acoso con mi lengua obstinada y traviesa, hasta que se vuelve vigoroso y enhiesto, como un pequeño y aguerrido pregonero anunciando su excitación. Huele a mar mi Clarica.
            ¡Amada mía!

*  *  *

                En viajes incontables, como los de los mercaderes de esta tierra, suben mis labios a sus labios y bajan luego, sin dejar de besarla, hasta  la piel suave de su vientre. Miles de besos sobre su piel de niña. Descubriendo caminos que Odiseo jamás descubrirá en su periplo aventurero. Se queja tiernamente cuando intento morder su ombliguillo diminuto, y me rechaza con el cascabeleo de su risa cristalina. Pero, cuando mis dedos exploran los pliegues de su sexo de niña, se quiebra su risa, y se tensa su vientre y el arco de su espalda, y entrecierra los ojos, sorprendida por los recursos incontables del amor. Es mi pasión un río tumultuoso, un torrente que arrastra rocas por los despeñaderos de la montaña. Pero es tierna, delicada, suave. La pasión de una reina prisionera en el interior de una mujer. Se demoran mis dedos en su sexo, en caricias que alternan  suavidad y vigor, y me complacen sus gemidos entrecortados, sus temblores gozosos, la sorpresa que dibuja su mirada, sus lágrimas inexplicables, la insistencia de su boca que persigue mi boca, el dolor de mis labios donde sus dientes han dejado una marca diminuta.
            ¿Dónde has estado tanto tiempo, Clarica? ¿Cómo esta reina confundida no descubrió hace años tu hermosura?



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