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domingo, 22 de diciembre de 2013

Germinal

              Reconoceré que hay ocasiones en que la hostilidad relativa con que uno afronta el digno oficio de enseñar,- proceda esta hostilidad del propio alumnado, de sus respetabilísimas familias o del responsable político que toque soportar-, me provoca una actitud de dignidad herida, de ira controlada casi siempre y de soberbia conmiseración, la misma que sentiría tu mecánico de cabecera si le afeas que te cambie el aceite del motor de tu vehículo. ¡"No me jodas con que hay que cambiar el aceite a los diez mil kilómetros...!"
            ¡Pues eso! "¡No me jodas con que te tomas en serio el oficio de enseñar"! "¿Es algo más que la obligación de tener a los niños y a los jóvenes recogidos y cuidados durante unas horas, mientras la familia cumple con sus obligaciones laborales...?" 
            Por lo que he aprendido en mis muchos años de compartir los espacios públicos destinados a la enseñanza, junto con la de entrenador de fútbol, ésta es una de las profesiones para la que el resto del mundo se siente cualificado de sobra, más que el propio profesional cuando se tercia.
         Os contaré una anécdota entre mil, quizá la que recuerdo con mayor crudeza. No hace muchos años fui testigo en un portal de mi barrio de una breve conversación familiar entre la madre, protagonista principal, y el padre de una niña pequeña, seis o siete años como mucho, testigo de la misma que sin saberlo recuperaba de un plumazo milenios de historia. Más que conversación fue un comunicado breve que, por razones de proximidad profesional, seleccionaron mis oídos. "¡Me va a oír mañana fulano, - y mencionó a un maestro del barrio que conozco-; la niña estuvo toda la tarde estudiando y el hijo de puta solo le ha dado un seis en el examen". En realidad me habría dado igual el comentario. Hay millones iguales cada día. Me dolió la presencia de la niña, ojos clavados en papá buscando la confirmación de su preeminencia sobre el criterio del profesional que evaluó su ejercicio. ¡Lástima! Recuperábamos, de pronto y sin que ellos lo supieran, la estructura social de la antigua Roma, cuando el esclavo pedagogo, el que se encargaba de la educación de los hijos de los patricios romanos, podía ser castigado por su dueño infantil, que era también su alumno.
            Así nos va.
            Pero yo reivindico mi oficio cada vez que puedo; hoy me ha dado por ahí.
            Aunque la gente no lo sepa, o no lo crea, nuestro esfuerzo cotidiano persigue a un ser humano mejorado sobre lo que encontramos al empezar nuestra labor. Y mejorando a las personas, nos cabe la esperanza de mejorar el mundo en que vivimos.
            A pesar de las diversas presiones que recibimos, desde el propio sistema legal sobre todo, para orientar la educación en la dirección que demandan los intereses económicos, siempre me ha motivado el desarrollo de una competencia primordial; el verdadero fracaso se produce cuando una persona que ha pasado entre los muros de los centros de enseñanza más de tres lustros, sin contar el periodo universitario, es incapaz de interpretar razonablemente su presente desde una perspectiva histórica, como resultado de un proceso largo, de una permanente evolución generada por el conflicto permanente entre intereses encontrados. 
            El último tema del trimestre que ha afrontado mi alumnado de 4º de ESO ha sido la Revolución Industrial. La hemos desmenuzado con tranquilidad, incluyendo las condiciones que hacían de Andalucía la región europea mejor dotada para haberse convertido en la gran avanzadilla del  complejo proceso, y en las razones de su fracaso estrepitoso. 
     Procuro seleccionar para cada tema una película adecuada que plasme los contenidos estudiados y ayude al alumnado a reflexionar y a interiorizarlos mediante  debates y fichas de trabajo. Procuro seleccionar obras literarias de la época, llevadas al cine. Hay un abundante catálogo. Para este tema nos servimos de "Germinal", que escenifica la extraordinaria novela de Zola del mismo nombre. La cinta pone de manifiesto mejor que mi palabra las lamentables condiciones de trabajo de los mineros, el injusto sistema distributivo, las diferencias abismales entre la calidad de vida de los nuevos privilegiados - la burguesía que se ha adueñado del dinero-, y los mineros. En ella asisten a las profundas diferencias entre las nacientes ideologías de izquierdas, el socialismo reformista y el anarquismo empeñado en la destrucción radical de las estructuras de una sociedad injusta. Asisten a los intentos de la Internacional Obrera, aquel sueño de Marx, por consolidar su efímera existencia, y a la aparición de los sindicatos como instrumento de la clase obrera en permanente búsqueda de unificar su fuerza y su capacidad para revertir una situación insostenible.
            La actualidad está plagada de situaciones comparables. Y la película nos ha servido para analizar las similitudes actuales, la regresión social que padecemos. Os aseguro que son capaces de descubrirlas.
    En ese tema hemos mencionado la aparición de los partidos obreros -el PSOE-, en la Historia de España y, pocos años después, la del primer sindicato, la UGT.
            A pesar de que, a simple vista, el alumnado actual parece ajeno a la realidad política cotidiana, algún avisado del grupo me preguntó si aquella UGT era la misma que ahora se debate en los juzgados y en la prensa envuelta en un caso de corrupción sin precedentes. Instalados en un inevitable maniqueísmo adolescente, edad en la que casi todo es absoluto y en la que no existen las tonalidades grises, advierto en sus miradas un reproche velado, una desconfianza adolescente hacia cualquiera, persona o institución, que traicione sus principios.
            ¡Claro!,-les dije. La película que acabáis de ver denuncia, también, que la clase obrera no se libra de los peores defectos, la venalidad, la insolidaridad, la violencia, la explotación incluso de la debilidad o de la necesidad de sus iguales.. Pero los errores humanos, la corrupción que alcanza a todos los niveles imaginables no puede borrar de un soplo la historia de las instituciones, ni sería justo que las dejara sin futuro.
            Eso espero. Ayer sin ir más lejos leí en alguna parte que la UGT, removida en sus cimientos por la corrupción que asuela este país, corre el riesgo de desaparecer. Como toda la izquierda, necesita depurar culpabilidades, apartar a los corruptos y ponerlos ante el juez; necesita refundarse y volver a sus orígenes para recuperar la confianza de mi alumnado de Secundaria en los movimientos obreros.
            De otro modo, podrían salir del sistema educativo con una confusión perjudicial para sus vidas. Podrían salir convencidos de que la jornada laboral más reducida, los salarios más o menos dignos, la asistencia sanitaria, la pensión que permite una vida razonable cuando te fallan las fuerzas para acudir al tajo cada día, las vacaciones anuales, el descanso semanal, el derecho a sindicarse y a pactar con la patronal las condiciones laborales, entre otras muchas cosas, son un préstamo del capital, que puede reclamarnos legalmente cuando le venga en gana.
            En ello están y yo me niego a colaborar en ese proceso de enajenación. 
            Me da igual si en las Evaluaciones Pisa no saben calcular el número de azulejos necesarios para alicatar un cuarto de baño. Quien lo necesite, encontrará la solución; pero vivir con dignidad es otra cosa. Y enseñarlo, el objetivo principal de la Enseñanza Pública.
   Queda dicho.

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