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lunes, 30 de diciembre de 2013

¡El libro, Antonio, el libro!

         Hace ya muchos años viví, durante meses, en un barrio humilde de la periferia sevillana por razones de proximidad laboral. Y no es éste un dato superfluo por lo que luego explicaré. Bien es sabido que el nivel cultural de esas zonas es menor que el de otros barrios de mayor nivel económico y social.
          No era raro encontrarme por las calles a los misioneros mormones, siempre en pareja como gemelos clonados por algún mandamiento de su fe; blancos americanos de piel clara, ojos azules casi siempre, delgados, con aspecto de deportistas seguramente destacados en sus respectivas universidades, amables, educados, extremadamente correctos en sus maneras; su uniforme impoluto, con su camisa blanca, su pantalón de tergal bien planchado, su corbata, su mochila oscura, recuerda sin lugar a dudas su origen acomodado y que sus familias votan , mayoritariamente, al partido republicano. 
         Sólo los había visto, hasta entonces, deambular por zonas de renta baja y escaso nivel educativo, quizá porque la fe de los más desfavorecidos en las rentas tiene las raíces menos profundas y son más proclives a cambiar a confesión. Ellos sabrán la causa.
            Durante muchos días llamaron a mi puerta, puntuales como las campanadas de un reloj, en plena canícula, a la hora sagrada de la siesta. Abría la puerta y eran ellos, iguales, sonrientes, afables, implorando la caridad de un vaso de agua fresca, llamándome por mi nombre que habían aprendido en el buzón. Por favor, Antonio, un vaso de agua por favor. Como no eran el enemigo, siempre accedí a su petición.  Ya se sabe que al enemigo, ¡ni agua!. 
       Si era un ardid para entablar conversación, seguramente tendrían estómagos flexibles, capaces de trasegar infinidad de vasos de agua, pues tendrían que llamar a muchas puertas cada día. No creo que hubiera muchos ciudadanos dispuestos a aceptar a aquellas horas,- ni a ninguna-, el inicio de un catecumenado mormón que cualquiera presupone laborioso y aburrido.
         Muchas veces me negué a recibir sus enseñanzas sobre el verdadero cristianismo, el original, que el propio Jesucristo y Dios Padre, cogidos de la mano, mostraron a Joseph Smith en la arboleda sagrada, supongo que una versión actualizada del paraíso terrenal en los Estados Unidos de entonces, que empezaban a despertar como una nación poderosa. Muchas veces los invité a no molestarme más con sus visitas. Pero os aseguro que fue inútil. Eso de la obstinación americana no es leyenda urbana.
        Entre furioso y desesperado, convencido de que solo recuperaría mi sagrado derecho a echar la siesta si encontraba el procedimiento para  apartarlos de mi puerta a aquellas horas intempestivas, sopesé el recurso a la violencia física; pero ellos eran dos, dos bigardos de la liga universitaria de baloncesto seguramente, vigorosos, jóvenes y, por añadidura americanos del Norte, de los que confían ciegamente en la victoria siempre, porque lo aprenden con la leche materna.
        Me incliné, sabiamente sin duda, por un sistema que nunca nos ha fallado desde los tiempos del valiente lusitano que figura en los libros con el nombre de Viriato. Elegí la guerrilla, la guerra de asechanzas, la sorpresa inesperada. Contaba a mi favor con la tradición teológica más antigua, con una sólida formación de Seminario que me granjeó una beca para la pontificia de Roma, con una justificada soberbia intelectual, porque su fe era una niña de pañales en comparación con la que a mí me transmitieron, aunque yo anduviera ya planeando una apostasía coherente con mi agnosticismo sin fisuras.
      Así que uno de aquellos días, tras el ritual de su petición de un vaso de agua, por favor, les abrí la puerta de mi casa, los invité a sentarse en mi sofá, y les ofrecí el vaso de agua cuando ya estaban cómodamente asentados frente al ventilador.
      Descubrí que uno de ellos llevaba la voz cantante, mientras el otro resultaba un meritorio que acompañaba para aprender el oficio. Pues el apóstol alfa sacó de su macuto el libro del mormón, lo abrió sobre la mesa y comenzó su alocución evangelizadora. Yo apenas eché una mirada desinteresada a aquel libro con estampas que dibujaban un mundo idealizado y luminoso  que ilustraban frases breves con resonancias de catecismo.
      El libro, luego,- les dije. Ahora me gustaría hablar con vosotros, que me aclaréis algunas dudas.
      Ellos se intercambiaron una mirada dubitativa, pero no se negaron. El libro, desde luego, seguía abierto sobre la mesa.
      Yo comencé a desgranarles dudas escogidas al azar, con un punto de resentimiento por tantas siestas sacrificadas a su celo evangelizador. 
      Les pregunté con afán de lingüista cómo era posible que las transcripciones que el tal Joseph o José Smith hizo de las tres tablas de oro que le entregó Moroni , y en las que estaba el germen de su fe, no se correspondiera con ninguna de las múltiples lenguas antiguas que somos capaces de descifrar. Hice , también, una malévola referencia a las dimensiones de aquellas tablas de oro que le dieron al poco letrado fundador material para rellenar cientos de páginas sobre la historia americana. Tras intercambiar la mirada dubitativa, ambos, el apóstol alfa y el apóstol meritorio , me indicaron el libro mientras me repetían:¡"El libro, Antonio, el libro..."!
       El libro, luego,- dije yo. Y les pregunté si no había un racismo profundo en los escritos del maestro cuando afirma que los amerindios, los nativos de todo el continente americano, de piel cobriza o mucho más oscura, eran los hombres desviados de la fe verdadera, los malos, a los que dios castigó señalándolos con el color de la piel...
       "El libro, Antonio, el libro..."
       El libro, luego. Y les pregunté si aun practicaban en secreto la poligamia, uso recomendado por su fe y prohibido por las leyes en su país de origen.
      "El libro, Antonio, el libro...". Y me lo señalaban con gesto de desesperación creciente
      Luego; el libro, luego. Y volví a preguntarles por qué procedimientos controlaban los ingresos de los feligreses de su iglesia para recabar el diezmo.
       Después de otras preguntas parecidas, como si tenían constancia de a qué lugar de los Estados Unidos, inexistentes por entonces, llegó Jesucristo en su viaje relámpago un día después de su resurrección , o de si alguien conocía los nombres de los doce apóstoles americanos, que escogió ese día, inexplicablemente blancos cuando faltaban siglos para que aparecieran por allí los colonizadores europeos,  y después de posponer, una  y otra vez, la lectura del libro de estampitas, ellos aceptaron su derrota.
       Se despidieron con una frase lapidaria y educada: "Antonio, tú no quieres aprender el libro".
       Nunca volvieron. Y yo recuperé mi derecho a la siesta en esas horas ardientes del mediodía de julio. No me diréis que la guerrilla no tiene utilidad. Bien que lo aprendieron los yanquis en la guerra de Vietnam. Para mi fue una victoria parecida. Recuperé la siesta y una indudable complacencia. "Yankee, go home!"
       Diréis que a qué viene esta historia. Pues en un momento lo sabréis. Las cosas no se recuerdan por capricho. Ha sido la última rueda de prensa de Rajoy la que me ha recordado este capítulo antiguo de mi vida. Antiguo y verdadero. Puedo jurar que lo que antecede sucedió un día de julio del año mil  novecientos setenta y cuatro. Y que cada palabra es verdadera.
       Yo creo sinceramente que Rajoy ha caído en manos de estos apóstoles americanos de la fe del mormón. No sé con certeza si práctica esa fe, pero sin duda se ha adueñado de la simpleza de su pedagogía tan primitiva, tan torpe, tan dolorosamente equivocada porque se basa en el desprecio a la inteligencia humana. Así se explica la ley de Educación que han diseñado. Enseña estampas engañosas de colores cálidos y repite como un autómata el pie de foto que sus asesores, los creadores de mantras que tantas veces han demostrado su eficacia, le han escrito: el dos mil catorce será el año de la recuperación, el dos mil catorce será el año de la recuperación, el dos mil catorce será el año de la recuperación...
        Las otras preguntas sobre el tema de Bárcenas, sobre las catorce horas de registro policial de la Sede central de su partido por orden de la justicia, sobre la reacción de Europa, incluyendo los gobiernos conservadores, ante la modificación de la ley del aborto, sobre  la deriva independentista en Cataluña, sobre la congelación del salario mínimo interprofesional, sobre la ley cínicamente denominada de seguridad ciudadana, sobre la subida insoportable del recibo de la luz, sobre el indulto de algún prohombre de su partido encontrado culpable por los tribunales de saqueo de las arcas del Estado... Eran preguntas, todas ellas, de quienes no quieren aprender el libro. Preguntas todas ellas a las que no se vio obligado a contestar. Se fue, como se fueron mis apóstoles mormones, sin contestar ninguna.
      Sinceramente, yo creo que Rajoy ha profesado ya en la Iglesia de los Santos de los últimos días.

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