Páginas vistas en total

domingo, 5 de enero de 2014

Reciclaje

            Japón  es un país sorprendente. Hasta 1853 Japón vivía literalmente en la Edad Media, en un sistema similar al feudalismo europeo. Fue el imperialismo estadounidense, buscando mercados para sus excedentes industriales, el que despertó al gigante asiático. En 1853, una armada norteamericana – los barcos negros los denomina la Historia local-  obligó a Japón a establecer un tratado de comercio. Eso despertó en sus clases dominantes la necesidad de transformarse para mantener su independencia frente a las potencias occidentales.
        Lo que vino después fue un caso único en la historia de la humanidad. Una transformación revolucionaria de la  sociedad japonesa, impuesta por los privilegiados. Se la conoce en los libros de historia como la Revolución Meiji.
              En apenas cuarenta años Japón asimiló todo el proceso de las transformaciones occidentales que se habían producido a lo largo de dos siglos y se transformó en una potencia industrial y, a su vez, en una potencia imperialista.
                Su clase dominante estudió en el extranjero y adoptó lo que consideraba aciertos ajenos en la propia organización de su país. Establecieron la separación de poderes, eliminaron los privilegios de clase declarando, de hecho, el principio democrático de la igualdad ante la ley para todos los ciudadanos, llevaron a cabo una revolución sorprendente mediante el establecimiento de la educación obligatoria, unificaron la moneda que sirvió como base de sus transformaciones económicas, realizaron aceleradamente su propia revolución agrícola y , mediante un selecto y técnico Ministerio de Industria, transformaron en pocos años su sistema productivo que se erigió en competidor de las potencias industriales de Occidente. La tecnología desarrollada les permitió,  de paso, organizar un ejército temible, especialmente por lo que se refería a sus fuerzas navales. Y puestos a imitar a los países occidentales industrializados, Japón participó activamente en el proceso colonial. China conserva cicatrices inolvidables de aquella fiebre territorial. Y no podemos olvidar que la Segunda Guerra Mundial empezó precisamente allí.
              Probablemente desde entonces goza Japón de su bien merecida fama de ser un país que aprovecha cada descubrimiento ajeno, lo asimila, y lo convierte en cosa propia con una gran capacidad de adaptación.
              Pero no todo es imitación en el país del sol naciente. A veces nos depara perlas creativas dignas de figurar en los libros de Historia y en cualquier crónica de la indignidad que se precie. No hace demasiado tiempo su ministro de finanzas solicitaba, sin metáforas, a sus ancianos que tuvieran un último gesto de generosidad con su país y se hicieran el hara-quiri. Evitarían con ello a las finanzas del Estado los cuantiosos gastos originados por el pago de pensiones y por sus demandas a los servicios de salud. 
           El capitalismo occidental, por boca de un ministro al menos, no había logrado ese punto de crudeza inhumana para eliminar gastos superfluos. Se conforma con endurecer las condiciones para acceder a las pensiones, con la limitación paulatina de las percepciones, la eliminación progresiva de la protección a las personas dependientes, y con el establecimiento de copagos abusivos. Es decir, se contenta con dejar morir de inanición a los viejos improductivos y costosos. Pero nunca les había solicitado que asumieran dignamente un suicidio ritual y honorable como último servicio a la patria.
          Debe ser que en Oriente han renunciado ya a la simulación hipócrita. Ahora, por la denuncia de una ONG, acabamos de conocer que en Japón han encontrado una solución práctica a dos problemas que acucian al país, la limpieza imposible de la contaminación derivada del accidente de la central  de Fukushima y la proliferación de  los “sin techo” en las atestadas estaciones del metro o de ferrocarril de sus ciudades frenéticas.
         Reclutadores diseminados por los dominios de ese desecho humano que ensucia el impoluto paisaje de la ciudad moderna, les ofrecen trabajo y las empresas que tienen contratada con el Estado la limpieza de los residuos radiactivos los contratan para un trabajo que casi nadie en su sano juicio aceptaría sin unas condiciones de seguridad muy rigurosas y que precisa de personal muy cualificado y bien remunerado por los riesgos infinitos que entraña para la salud humana. 
       Envían a estas personas indefensas, a las que nadie echará en falta, al trabajo más indeseable y peligroso de la tierra, sin medios y sin cualificación que las defiendan. Los condenan a una muerte lenta y diferida por contaminación radiactiva, sin que se les remueva la conciencia. Han inaugurado un procedimiento de reciclaje, un último servicio para sacarle utilidad a los desechos de la humanidad.
          Y hay aun quien me reprocha que yo emplee el adjetivo criminal como calificativo frecuente cuando me refiero al capitalismo sin límites morales que gobierna el mundo. 
        Competitividad sabiamente administrada lo llaman nuestros gobiernos europeos. Holanda ya ha importado el procedimiento dulcificado por el puritanismo con que adorna su credo religioso. Los "sin techo" de sus ciudades ya se encargan de la limpieza de sus jardines a cambio de cinco botellas de cerveza y de un paquete de tabaco cada día. 
        Avanzamos, sin duda.
        A pesar de la justificadísima denuncia, dudo que los responsables de esa forma sutil de genocidio que acaba de patentar la creatividad de ese país extraordinario acaben alguna vez ante los tribunales de justicia. Si algo hemos podido aprender en los últimos años es que, junto a nuevas formas de explotación humana, el capitalismo ha desarrollado mil y una formas de escapar impune. 
       Y si la impunidad les falla, queda siempre el recurso canalla del cinismo. 
      Entre nosotros, ahora mismo, hay saqueadores convictos del Estado que recogen firmas en los aledaños de los estadios. Pretenden que la afición que acude a ver un espectáculo deportivo avale su derecho al indulto del gobierno. Los arropan en sus perfiles de las redes sociales jóvenes iletrados que escaparon de la miseria de sus pueblos porque demostraron habilidad con la pelota;  gente sin malicia que dejó atrás el subsidio miserable del temporero agrícola, en el mejor de los casos, y ahora conduce un coche deportivo; muchachos que no perciben todavía las dimensiones de la culpa de aquel para quien reclaman quién sabe qué clase de clemencia o de justicia ciega.
          

No hay comentarios:

Publicar un comentario