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lunes, 20 de enero de 2014

La brecha

         Si aun tienes estómago para abrir el periódico cada mañana o para sentarte ante cualquier informativo de las televisiones,- da igual por cuál te inclines-, acabarás convenciéndote antes o después de que la crisis es agua pasada que ya no mueve nuestro molino; la crisis ya es historia. Rajoy es el heraldo que proclama ese credo innegociable; una cohorte de ministros secunda sus mensajes; eminentes banqueros lo proclaman con un convencimiento de conversos; los empresarios  lo aceptan desde luego, pero con la reserva que recomienda la prudencia; la crisis se está yendo,- nos confirman-, pero podría volver mañana si no profundizamos en la reforma laboral. 
         Y para completar el decorado, Rajoy olvida la gestión del país y peregrina mendigando la bendición de sus medidas antes los enviados especiales en lugares donde España solo es respetable cuando sus deportistas se enfundan el maillot y bajan a las canchas, o cuando las bases militares extranjeras precisan aumentar sus efectivos. 
         El objetivo es la repetición intoxicadora hasta que los mecanismos defensivos de la mente humana queden quebrados. Así que, si tú no ves que esa recuperación alcanza hasta tu puerta, quizá tú seas el  único culpable porque no te has hecho cargo de tu vida, te falta iniciativa, o no asumes con naturalidad el mundo que te han diseñado los mercados.
          Oxfam Intermon ha publicado hoy  un informe demoledor; lo han preparado para su exposición en el Foro Económico Mundial de Davos, al que Rajoy no acudirá porque necesita descansar de las emociones intensas que le ha producido el hecho de que Obama lo acogiera en el despacho oval. Ha trascendido que es una de las pocas alegrías que la legislatura le ha traído.
          Sólo el título del informe citado valdría como resumen  de nuestras vidas en los últimos tiempos."Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica". La crisis económica que desató a partir del 2007 el capitalismo financiero norteamericano ha tenido un aprovechamiento criminal. Ese título lo resume. 
            Los datos, fundamentados por estudios internacionales y organismos oficiales, resultan deprimentes. Las ochenta y cinco personas más ricas del mundo acumulan tanta riqueza como los tres mil quinientos millones de seres humanos más pobres de la tierra. No hará falta recordar que esos millones suponen la mitad de la población mundial.
            Hay otros datos indignantes:  casi la totalidad del crecimiento actual de la economía estadounidense cae en manos del 1% más rico; para el resto la recuperación es como la nuestra; un espejismo; las veinte personas más ricas de España acumulan tantos ingresos en un año como los diez millones de españoles que menos ingresan, alguno de los cuales perderá su casa porque el partido que gobierna ha impugnado una ley sensiblemente social de la Junta de Andalucía; el fraude fiscal en todo el mundo, según datos conocidos por los propios gobiernos, ronda los 18 billones de euros anuales, una cantidad sensiblemente superior al producto interior bruto de la Unión Europea; con esa cantidad gestionada de forma adecuada, se erradicaría el hambre, se garantizaría la atención médica, la educación, la energía eléctrica, el agua potable, los medios de transporte y los servicios que garantizaran la dignidad humana, el desarrollo económico, y, sin duda, la paz en cualquier punto de la tierra. No es poco.
         El mundo es pasto de un capitalismo demencial. La brecha entre los que acumulan cada vez más riqueza y los que casi no tienen lo suficiente para seguir viviendo aumenta y se ha vuelto insoportable.
             Además de insoportable e injusta, seguramente criminal, la situación que se genera resulta también insostenible. La clase media, el caldo de cultivo del capitalismo inteligente, está desapareciendo. Ella ha garantizado muchas cosas, el consumo y la circulación de la riqueza como motor económico, la estabilidad social, la mejora de la capacidad de prestar servicios por parte del Estado gracias a su colaboración con el mismo mediante los impuestos, la mejora de los niveles culturales de las sociedades. Esa clase media, aparentemente sin historia, ha llevado a cabo su revolución callada en la Europa de las posguerras mundiales y logró imponer, con el viento a favor del crecimiento económico, la forma más verdadera de democracia que el mundo haya conocido, aquella que tenía como objetivo primordial paliar las diferencias económicas mediante la prestación de servicios por parte del Estado.
      Eso es ya una página del pasado. Desde la derrota oficial del comunismo imperante en la Europa del Este, el capitalismo ha llevado a cabo la transformación de nuestro mundo de una forma constante, y sin ocultar sus intenciones. Las proclamaba Reagan a voz en grito, y las escupió Margaret Thacher con desprecio a quien no compartiera su credo rabiosamente liberal. Con un discurso más comedido, pero con idénticas intenciones y una autoridad indiscutible, la señora Merkel ha tomado en sus manos el timón.
      Ese credo se ha convertido ya en la única verdad. A su amparo el capitalismo gobierna en toda Europa y da igual el color del candidato ganador; el capitalismo diseña nuestras leyes, modifica nuestras constituciones, amenaza cualquier reclamo de soberanía de las instituciones nacionales y contamina nuestras vidas con sus inmorales intereses. La crisis ha sido el instrumento para imponerle a la orgullosa Europa su marca en un costado. Somos rehenes. 
        Perdido ya el valor como el sistema de convivencia más justo y más pacífico, el capitalismo ha vaciado de contenido la verdadera democracia. ¿De qué sirve un estado que es solo el ejecutor de sus mandados? ¿Qué más da a quien elijamos, si el programa es único, oculto, innegociable y tiene por objetivo despojarnos en beneficio de unos pocos?
         En su lugar florecen otra vez ideologías salvadoras, totalitarias y simplistas, cuyo nexo es solo la criminalización del diferente y cuyo rasgo común es la violencia. El capitalismo se complace en arrojarnos cada cierto tiempo al pozo del pasado, en detener el progreso, en desmontar las escasas conquistas de la humanidad para controlar su monopolio de los bienes que la tierra proporciona. 
        ¿Y la izquierda...? 
        ¿De qué izquierda me habláis...? La izquierda emigró hace tiempo de esta tierra que llamamos Europa. Se fue cuando perdió de vista su horizonte de reparto justo, de derechos humanos. Se fue cuando descubrió que el fatalismo había hecho presa en sus entrañas. Se fue cuando perdió la fe en sus propias ideas porque ya no las consideraba necesarias. 
        La izquierda somos todos nosotros, indignados, pero a la vez ambiguos, descreídos, libres de cualquier forma de dogmatismo y, quizás por ello, reacios a adoptar ningún compromiso colectivo, dispuestos a sacrificar grandes dosis de dignidad para garantizar la supervivencia; gente que acalla la conciencia que hierve de conocimientos y de razones para la rebelión definitiva con tal de garantizarnos la aparente comodidad de una vida indigna de rehenes cuya colaboración se concita con niveles razonables de consumo.
         Y cuando la razón humana no tiene fuerza suficiente para detener el crecimiento de esa brecha, la historia tiene la sangrienta costumbre de usarla como fosa común para millones de cadáveres.

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