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martes, 15 de octubre de 2013

Miedo a las palabras

 Si alguien me preguntara por qué escribo, probablemente tendría que pensarme un rato la respuesta. Es lo que me he preguntado yo con el café de las primeras luces de hoy. Me ha costado responderme a mí mismo y aun no estoy seguro de haber encontrado la respuesta adecuada. 
            Me he dicho que escribo para no sentirme definitivamente derrotado por el pensamiento dominante o por la ausencia de pensamiento en muchos casos.
            Escribo porque siento la necesidad de dar cauce al pensamiento que hunde sus raíces en la rabia justificada. 
            Alrededor de nosotros un sistema corrupto e ineficaz, con la complicidad obligada o de buen grado de aquellos a quienes encomendamos la administración de nuestros asuntos públicos, destruye empleo y sacrifica a los desposeídos a los que nunca jamás volverán a ofrecer un puesto de trabajo y a los que irá expulsando del sistema de protección decreciente del Estado esquilmado y débil que están diseñando e imponiendo. 
            Alrededor de nosotros múltiples generaciones de jóvenes sin futuro vegetan sencillamente, porque el sistema productivo, puesto al servicio del enriquecimiento vergonzante de una minoría, los ha catalogado de excedente sin valor. 
            Alrededor de nosotros, y por la política de hechos consumados que se refleja en los presupuestos generales del Estado, las diferencias sociales se acrecientan y nos condenan a una organización social injusta en la que muchos derechos fundamentales reconocidos por la Constitución se quebrantan sin miramientos. 
            Alrededor de nosotros quienes nos gobiernan venden por el mundo la marca España como un buen lugar para invertir porque sus medidas nos han convertido ya en mano de obra sometida por la necesidad,  -cuando no  por el hambre-, barata y con menos derechos laborales. Venden al pueblo que los votó en la almoneda de los nuevos métodos de explotación laboral para mejorar las rentas de sus cómplices y salvar los intereses del capital financiero, víctima de los terribles errores a los que su ambición sin límites y su estupidez los condujo. 
            Alrededor de nosotros la derecha política y mediática nos envuelve en una venenosa propaganda anestesiante según la cual las únicas medidas que pueden aplicarse son las suyas, y que con su concepción del trabajo, sus recortes, su maquillaje de las cifras del paro, su ignorancia voluntaria del drama infinito de las personas, saldremos de la crisis. 
             Alrededor de nosotros, a los parados se les inculca la vergüenza de la culpa; se les induce a la sumisión plena, a la aceptación de cualquier trabajo y a cualquier precio - el menor, por supuesto-, o se les avasalla desde la vicepresidencia del gobierno y se le acusa de corruptos que perciben el subsidio de paro mientras cobran en B por sus empresas. De los empresarios que imponen a sus trabajadores un despido pactado y un contrato en B a mitad de precio para mantener el empleo "hasta que esto mejore" y ahorrarse, de paso, las cotizaciones sociales, no dijo nada la vicepresidenta. Debe creer que son los obreros parados los que imponen las condiciones en este juego de miserias que ha potenciado la reforma del mercado laboral del gobierno del que forma parte; las mismas medidas que destruyen la conciencia social de este país, al tiempo que lo empobrecen de forma acelerada.
            Y en medio de todo esto, aceptamos sin reparos la reconversión del lenguaje que se va poblando poco a poco de eufemismos ponzoñosos con la intención de actuar como sedantes sociales. Al hundimiento económico lo llaman decrecimiento; a los despidos masivos, expedientes de regulación de empleo; a la explotación inhumana, competitividad; al robo masivo de los recursos del Estado por parte del capital financiero, ajustes de mercado; a las conquistas sociales de la sociedad europea que ahora nos arrebatan, Estados insostenibles.
            Y la gran disculpa para esta transformación salvaje de nuestras condiciones de vida es que durante mucho tiempo "vivimos por encima de nuestras posibilidades".
            Y cuando llamamos a las cosas por su nombre desnudo, nos sentimos seres desfasados, antiguallas. Nos avergonzamos de oír o de emplear palabras como "lucha", "explotación", "capitalismo salvaje y  criminal" ... Y ya nadie osa emplear la palabra "clase" o la palabra "obrero", como si el mundo que reflejan palabras como esas fuera ya una pieza polvorienta en el museo de la memoria. Pero es falso. Ese mundo está vigente; nos lo han devuelto con todas las miserias que creíamos superadas.
            La función del lenguaje intencionado es hacer aceptable la realidad que escenifica. Y da la sensación de que en este caso está cumpliendo su función maligna. Está logrando que frente a esta situación de injusticia creciente, de robo planificado de nuestros derechos y de nuestras conquistas, la mayoría silenciosa a la que apela Rajoy como justificación de sus desmanes, -esa es la justificación eterna de cualquier dictadura-,se embosque en la indiferencia o en el determinismo derrotista.
            Una sociedad que teme a las palabras que definen sus males es una sociedad sin futuro; una sociedad acobardada que está contribuyendo a su derrota, a su ruina, a su alienación; una sociedad que colabora con su propio enemigo.
    
    

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