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jueves, 29 de agosto de 2013

Líneas rojas

        Nosotros, los ciudadanos  del común, enfrentados a la falta de perspectivas sociales y económicas esperanzadoras, testigos del deterioro insoportable del sistema democrático, asqueados por la corrupción que se ha adueñado de la vida pública, y huérfanos de alternativas con suficiente peso social y fundamentos ideológicos que nos ofrezcan alternativas verdaderas, cuando la indignación nos da una tregua, tenemos tendencia al determinismo, a refugiarnos en la atonía, en el silencio, en la conciencia de la propia debilidad del individuo frente a quienes sustentan el verdadero poder.
            El cansancio es legítimo. Son ya seis años contemplando, con una mezcla de impotencia y de desesperación, como nos arrebatan el mundo conocido donde cimentábamos nuestra confianza en el futuro. Especialmente, en el futuro de nuestros hijos.
         Ayuda a ello que quienes nos representan, siquiera sea de forma nominal, son víctimas también de la atonía, de los discursos desapasionados, del empeño desmesurado de la búsqueda de titulares que los mantengan un día más como protagonistas grises de nuestra vida cotidiana. 
          Buena parte de esos discursos no tienen como finalidad estimular los valores sociales. La mayor parte de ellos sólo buscan justificarse ante la opinión pública por sus muchos errores, escarnecer al adversario o establecer difusos límites éticos a los comportamientos políticos. Suelen ser discursos vanos, superfluos, a destiempo. Palabras innecesarias.
            El concepto estrella de esos discursos hueros de verano es la "línea roja" que no se debe traspasar so pena de que el cielo se desplome sobre alguna cabeza.
            En opinión de muchos de los portavoces de la oposición en nuestro Parlamento nacional, Rajoy atravesó esa línea roja porque mintió en sede parlamentaria. Al parecer cualquiera de los múltiples actos que presumiblemente acometió el actual presidente de gobierno, contrarios a la decencia política, a la ética ciudadana, y a la obligación de cumplir con las leyes de cualquier cargo público, no supusieron en principio atravesar esa frontera indefinida que nos convierte en seres reprobables. No sé yo. Si se confirma alguna de las sospechas que pesan sobre el comportamiento de la cúpula del Partido Popular, -y hay demasiadas evidencias al respecto-, hace ya mucho tiempo que Rajoy, entre otros muchos, cruzó la línea roja sin retorno que lo incapacita para ser el depositario de la soberanía nacional delegada por los ciudadanos.
            Mucho antes de mentir en sede parlamentaria.
             ¿Cómo no iba a mentir debatiéndose en el lodazal de la corrupción política que ya le alcanza hasta el mentón y amenaza con ahogarlo?
            La otra línea roja del verano la insinuó Barak Obama en plena campaña electoral. Advertía a Bachar El Asad sobre el inconveniente de utilizar armas químicas para reprimir a los rebeldes sirios.
            De pronto la comunidad internacional, pero no toda, descubre que la situación de Siria reviste un aspecto moralmente insoportable. El enfrentamiento civil entre la dictadura y la oposición heterogénea ha traspasado ya la línea roja de la guerra decente. Alguien, -al parecer, el régimen-, ha empleado armas químicas contra la población. ¡Y eso no es de recibo! ¡Hasta ahí podíamos llegar!
            Obama, el líder del país que lidera la lucha por la libertad y los derechos humanos, ha dicho basta y dirige la singladura de su flota humanitaria cargada de misiles hacia las costas sirias ¡Ahí es nada!
            Desconozco las verdaderas razones que impulsan a Obama a actuar ahora, o a amenazar, al menos.
            Pero el cinismo generalizado de los gobiernos, de los seres humanos, sí me parece insoportable.
            Cien mil muertos repartidos en el tiempo mediante el uso de las armas convencionales, población civil ametrallada en las plazas, dos millones de refugiados en las fronteras de los países limítrofes, gente a la que la guerra has despedazado la vida, se puede soportar. Pero un ataque con armas químicas, ya no. 
            Como si el instrumento que produce la muerte fuese más importante que la muerte misma.
            La ONU, ese viciado parlamento de cartón piedra, tampoco lo tiene claro. Ni siquiera lo puede debatir. La naturaleza de su inoperatividad radica en su diseño. Cinco países tienen derecho de veto -no se trata en sesión plenaria aquello que no les interesa- por el injustificable privilegio de que hace ya casi setenta años resultaron vencedores en la mayor catástrofe que la humanidad haya soportado hasta el día de hoy, la Segunda Guerra Mundial. La ONU es un gigante encadenado. Casi podríamos anularla y evitarnos los gastos indudables que ocasiona.
        Cinismo. Discursos vacíos empeñados en afirmar en vano que la conciencia humana es capaz de establecer límites precisos entre el bien y el mal ¡Claro que puede, pero el establecimiento de esos límites no siempre conviene! ¡Hipocresía!
            Hay un tratado internacional que prohíbe la producción y el uso de armas químicas desde 1997. No incluye la producción y el uso de armas convencionales, como si las muertes que provocan esos arsenales fuesen moralmente aceptables. ¡Hipocresía! ¿No podríamos redactar un tratado internacional que prohibiese la fabricación, el almacenamiento, la venta y el uso de cualquier tipo de armas? ¿No podemos proscribir la guerra...?
         El mercado mundial de armas de los últimos cinco años, en plena crisis económica, ha aumentado sus ventas en un veinticinco por ciento. Los cuatro grandes exportadores son Estados Unidos, Alemania, Inglaterra y Francia. Tres de ellos están preparados para intervenir en Siria para proteger -dicen- a la población civil. 
        ¿No podrían haberse evitado esta intervención arriesgada si no hubieran armado con anterioridad a los contendientes? ¡Hipocresía insoportable me parece!
            ¡Líneas rojas! Ese concepto es una  burla a la razón.
            La línea roja verdadera es otra, anteponer los intereses de la minoría dominante a la dignidad humana, al derecho a la vida- y a la vida digna- de cualquier ser humano.
            Luego hay otras líneas rojas. Son las de las relaciones personales. Toda una vida indagándolas y acabas descubriendo que son como una selva virgen; con demasiados espacios inexplorados; con equilibrios frágiles a pesar del afecto, del respeto exquisito, de la solidaridad; con peligros inesperados. No son sino la expresión de la propia complejidad humana. Demasiado, para este humilde blog. 
            Otro día, si consigo certezas, hablaré de esas inestables líneas rojas.

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