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jueves, 18 de diciembre de 2014

Valores

      En 2003, un filósofo búlgaro aunque nacionalizado en Francia, un referente ético en el pensamiento europeo contemporáneo, se atrevió a realizar un inventario de los valores que Europa ha ido desgranando por el mundo. Sin duda se trataba de una reflexión necesaria para mantener la autoestima y refrescar a la Europa confusa la memoria de su propia importancia en la Historia de la humanidad. Con menor esfuerzo podría haber hecho un inventario de las  maldades históricas que Europa ha perpetrado. Pero este hombre, Todorov de apellido, y Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2008, se inclinó por recordarnos las aportaciones positivas, con la intención, supongo yo, de reforzar una vieja esperanza que ya hemos perdido de vista, que Europa, el continente de las conquistas sociales, afrontara el fenómeno de la globalidad armada con los valores éticos que había ido desarrollando para superar sus contradicciones y sus desastres numerosos.
            En una entrevista reciente, la mirada lúcida de este hombre que nació el mismo año que Alemania desató los horrores de la Segunda Guerra Mundial sobre la humanidad, se ha vuelto descreída sobre la pervivencia de gran parte de los valores que él relaciono hace apenas diez años. En un corto periodo de tiempo, los fundamentos éticos que las democracias europeas habían convertido en sus cimientos, se han vuelto inestables.
            No difiere Todorov de otros pensadores contemporáneos sobre las causas del deterioro de este arsenal ético europeo. Las democracias liberales han dejado la economía en mano de los mercados, sin establecer reglas precisas al capital. La economía real, la única economía que el ser  humano debiera practicar, se ha convertido en economía especulativa, un proceso inmoral y deslegitimado por la experiencia humana en el que todo vale para acumular riqueza. El sufrimiento de muchos individuos sacrificados en este ritual inhumano ha dejado definitivamente de ser preocupación de los Estados.
            Puede que alguno de los políticos oportunistas  que el capital nos ha infiltrado en los órganos legislativos, de esos que desprecian a los pueblos porque los necesitan desinformados y manipulables, tilde de populista resentido a este viejo humanista que contempla la historia reciente de este continente desde la atalaya de su propia vida.
            Yo, no. Porque yo también pienso que cualquier proyecto económico o político que no tenga como última referencia la igualdad humana y la mejora colectiva de la especie, es inmoral y no es legítimo. Hay que desecharlo en nombre de la Ética y de la propia Humanidad. 
            A él y a gente como él, yo los votaría con los ojos cerrados para entregarles el timón del continente. Quizás Europa tuviera entonces alguna oportunidad de convertirse en la Europa de los pueblos, la de los ciudadanos; aquella Europa a la que aspirábamos no hace tanto tiempo.Quizás sustentada en su vieja espalda y en su lúcido y honesto pensamiento, la política pudiera recuperar su dignidad.


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