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sábado, 6 de diciembre de 2014

Gusanos de seda (I)

            El sistema educativo español es un fracaso. O, al menos eso, dicen. En los últimos tiempos no hay voz autorizada en las tribunas públicas que no eche sobre la educación española una buena paletada de responsabilidad en el fracaso del país por alcanzar un estatus de nación razonablemente estable entre las democracias occidentales.
            Equiparan ese fracaso del sistema educativo al deterioro institucional y a la corrupción como los principales problemas que nos arrastran al sumidero de los países pobres, dependientes, insatisfechos consigo mismos.
            Afirman esas voces autorizadas de la Empresa, de las élites intelectuales, de las grandes corporaciones de intereses ocultos bajo siglas impolutas, que seguimos empeñados en enseñar “contenidos enlatados” del pasado y que en España se practica la enseñanza memorística.
            Como gran argumento sobre el que sustentan sus teorías esgrimen las evaluaciones Pisa.
            Pronto se cumplirán cuarenta años desde que yo ando aportando mi parte alícuota de responsabilidad a este fracaso colectivo. Puedo jurar sobre las pastas de cualquiera de los libros sagrados que la humanidad ha ido generando para suavizar el temor a la muerte que el rasgo colectivo que más me desespera entre las nuevas generaciones, desde hace ya muchas, es el desprecio a la memoria; puedo  afirmar rotundamente que buena parte del denominado fracaso escolar hunde sus raíces precisamente en esa carencia voluntariamente cultivada. Lo comprendido y olvidado no genera cimientos sobre los que construir nuevos conocimientos. De esa forma el proceso formativo progresa escasamente o no progresa.
            Lo malo del tópico es que convierte en autoridad a quien lo esgrime y oculta su pereza para ahondar en la realidad que se intenta describir. Y lo peor del tópico es que, en demasiadas ocasiones, es hermano gemelo del engaño.
            ¿Qué convierte en imprescindible a un eminente cirujano, a un buen jurista, a un ingeniero, a un programador, al mecánico que te repara la bomba de gasolina? 
            Yo creo que sus conocimientos “enlatados”, parte de los cuales son producto de la propia experiencia. Pero el haber acumulado esa experiencia no habría sido posible sin un umbral suficiente de conocimientos “enlatados” que recibió de otros. Esa y no otra es la función de la Enseñanza; transmitir saberes acumulados para propiciar el progreso. 
            Si cada generación humana hubiera debido descubrir  el principio de Arquímedes, aun navegaríamos en balsas de troncos.
            En realidad, en todo este entramado de acusaciones, especialmente en asunto tan decisivo como la enseñanza, subyacen cuestiones ideológicas encontradas. Y las ideologías son solo la respuesta moral a nuestra concepción del ser humano. En los últimos tiempos las diferencias ideológicas entre la derecha y la izquierda se han aminorado, porque el sistema dominante, el capitalismo,  ha impuesto, otra vez, una concepción instrumental del ser humano que ambas ha acabado por aceptar.
            Que nuestro sistema educativo es mejorable no merece discusión alguna.
            Durante nuestra corta experiencia democrática hemos conocido siete leyes orgánicas que han regulado la Educación en España, si bien una de ellas la LGE, de 1970, fue elaborada por un ministro de los últimos gobiernos franquistas, Villar Palasí. En algunas de sus disposiciones estuvo en vigor hasta 1990.
            De esa variedad de propuestas legales, e ideológicas, se deduce que la Educación en este país no ha merecido nunca el rango de cuestión de Estado que justificara un pacto nacional desde los primeros años de la Transición. En la propuesta educativa nos quedamos anclados en el siglo XIX; cada cambio de gobierno solicitó entonces una constitución a la medida de los intereses o de la ideología del vencedor. Aquí, cada triunfo de un partido diferente nos cambió la propuesta educativa. Ninguna ley tuvo tiempo de arraigar de forma sólida; probablemente ninguna de ellas lo mereció, porque ninguna de ellas nació del consenso amplio que la Educación requiere.
            Tal sobreabundancia de transformaciones legales en un breve periodo de tiempo resulta muy dañina. Y no me extenderé demasiado en explicar por qué. No es ese el objetivo de este artículo.
            El objetivo de este artículo es hablar del verdadero fracaso de la Enseñanza.
            Os diré cuál es mi concepción del verdadero fracaso de la Enseñanza. Si tras una larga travesía por lo centros de educación durante dieciocho o veinte o veintitantos años de su vida, un individuo afronta el resto de su vida sin capacidad para elaborar un proyecto vital y defenderlo con recursos morales, ideológicos, técnicos y culturales suficientes, habremos fracasado. Si un individuo no es capaz de detenerse ante el confuso panorama del presente para interpretarlo a la luz de las causas que lo han ido conformando, para analizar  los males de su tiempo y elegir el plato de la balanza donde su escasa fuerza individual puede sumarse a la de otros para mejorar las condiciones de vida que desea, entonces habremos fracasado.
            ¿Sabéis a lo que aspiro cada mañana cuando entro por las puertas de mi aula?  A ver salir al alumnado un día, al final del proceso, con un ánimo alegre, una esperanza intacta, y una mente temible para quienes aspiren a dominar el mundo en contra de sus valores y de sus intereses. Esa utópica esperanza me hace amar este oficio de forma apasionada. Y también me hace temer la vejez, porque un día me faltarán las fuerzas para seguir en esa guerra incruenta, amorosa, feroz y prometeica.

(Mañana,más. Reflexionar sobre la Enseñanza demanda mucho espacio y no quiero cansaros en exceso)

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