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viernes, 7 de noviembre de 2014

Invisibles

     Entre tanta indignidad que se amontona en nuestra vida resulta difícil elegir la que más duele, la que más repica en la conciencia. Hay que dejar reposar los titulares de la prensa algún tiempo y elegir con cuidado.
            El sistema que manejaba nuestras vidas era como un barco, estable en apariencia, un Titanic soberbio, seguro de sí mismo. Una ola gigantesca lo ha golpeado en el costado y ha dejado al descubierto sus miserias. Y ese golpe violento ha hecho que mucha gente expuesta, por razones de su oficio, a la mirada pública, haya abandonado su aparente equilibrio, impostado y falso, y se haya refugiado en su lugar natural, los extremos en los que el miedo, la inseguridad, la ausencia de valores verdaderamente democráticos, genera monstruos de rostro insoportable.
            Mirad, si no.
            Cameron, el primer ministro inglés, empujado por el miedo a perder el voto de la derecha más radical de su país, se ha refugiado en un extremo donde su conciencia ha perdido cualquier rasgo de humanidad para tomar el aspecto de una fiera acosada.
            Propone abandonar a su suerte a los inmigrantes africanos que naufragan cada día en el Mediterráneo, porque auxiliarlos produce un efecto llamada. Europa ahorraría con ello buena parte de los fondos que destina a salvamento marítimo de los hambrientos y desesperados. Dejarlos morir será una lección inolvidable, la frontera más segura para la gente desesperada que huye de un continente malherido.
            Propone, igualmente, expulsar del Reino Unido a cualquier persona que no pueda atender sus propias necesidades. Como modelo es exportable, una idea extraordinaria. Rajoy y su gobierno se librarían, como por arte de magia, de esa horrible estadística que acumula cinco millones largos de parados, gente pesada porque tiene necesidades y demanda protección al Estado  que asumió en su propia naturaleza garantizar  derechos humanos tan consagrados en la Constitución como imprescindibles en una sociedad en la que merezca la pena pagar impuestos, la subsistencia, el trabajo, la vivienda, la salud, la educación, la igualdad ante los tribunales de justicia….
        Aunque, por lo que vamos descubriendo, quizás nuestros impuestos tengan un sentido más profundo que se nos había escapado, resolver la vida a los políticos o garantiza su bienestar afectivo. Habrá que esperar algún tiempo para que Monago, ese verso suelto del Partido Popular que gobierna en Extremadura con el beneplácito de Izquierda Unida, nos explique por qué íntimas razones que afecten al buen gobierno de mi tierra ha cargado,-eso parece-, al erario público treinta viajes a Canarias para visitar a una amiga, cuando era senador.
            Pero siguiendo con el tema que hoy nos ocupa, estaría bien librarse de ese espectáculo deprimente de gente que no puede atender sus propias necesidades por el procedimiento que defiende Cameron. El asunto es saber dónde podremos confinarlos, a qué región del mundo sin puertas de salida podremos enviar a los que el sistema que se hunde ha ido marginando, arrojando a las cunetas, condenando a la inanición, a la miseria, a la invisibilidad en la que queremos diluirlos para que no nos jodan la conciencia y las elecciones.
            ¿Alguien piensa que lo de la invisibilidad es lenguaje figurado?  Preguntadle al alcalde de Sevilla, ese cristianísimo munícipe que preside el santo Entierro y la procesión del Corpus, por el sentido último de su última ocurrencia, multar con 750 euros a cualquier persona que sea sorprendida entregada a la gula, ese pecado vergonzante que  impulsa a rebuscar comida putrefacta en los contenedores de basura.
Lo peor de estas indignidades de las que avergüenza escribir es que ambos, Cameron y Zoido, las proponen porque sus asesores les juran por sus muertos que les darán no pocos votos, los votos inhumanos de quienes se ceban con las víctimas al tiempo que lamen la mano del verdugo.


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