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lunes, 17 de noviembre de 2014

Los nuevos apestados

          He leído recientemente unas declaraciones de la presidenta de la Cámara Baja italiana, Laura Boldrini, en las que afirma que no comparte la opinión de quienes consideran que la política económica europea no es la solución de la crisis sino la causa directa del empobrecimiento de grandes masas de población en la Unión Europea. Dice la diputada Laura Boldrini que Europa no es el problema, sino la solución.
            Lo único que comparto con ella es que ya no hay solución sin Europa, pero de ahí a que la Europa actual me genere esperanzas media un abismo profundísimo y tan ancho que, desde mi posición, no percibo el otro borde.
                        Europa debió asumir hace ya tiempo la obligación moral de humanizar la globalización. Pero no lo ha hecho. Lejos de defender su modelo de organización social y su sistema democrático, se ha entregado al capital deshumanizado y ha permitido que la invadan  las reglas desalmadas que permiten el enriquecimiento de unos sobre el hambre de otros, la explotación inhumana del necesitado por parte del poderoso. Hoy, incluso la democracia corre serios riesgos en algunas zonas del continente. Y la paz empieza a ser escasamente estable en las fronteras.
     Al final, será una guerra de pobres contras pobres. 
     Puesto que acumulo noticias ingratas sobre la conciencia dolorida, la señora Laura Boldrini sabrá perdonarme que no comparta su convencimiento.
    La Unión Europea entre otras muchas consideraciones se concibió, y así está recogido en la Constitución Europea y en diversos Tratados, como un espacio para la libre circulación del capital, las mercancías y las personas.
    Que el capital tiene vía libre es evidente; tiene además autopistas abiertas hacia refugios seguros donde evita la engorrosa obligación de tributar. Que las mercancías tienen vía libre es evidente porque el gran mantra con el que intentan endulzar las políticas del empobrecimiento y la competitividad es la exportación. Todos queremos exportar, como si el mercado interior no fuera el motor esencial de cualquier economía saludable.
   Cosa distinta resultan ahora las personas. Llevamos meses contemplando en toda Europa un endurecimiento con respecto a la libre circulación de las personas. Ya no se limita solamente el acceso a territorio europeo a inmigrantes extranjeros no comunitarios; las normas afectan ya a los inmigrantes comunitarios. Alemania, la que figurará en los libros de Historia dentro de poco como la cuna de los errores que frustraron la Europa Comunitaria, pretende cambiar ahora la naturaleza de la ciudadanía europea; o al menos, los derechos derivados de sustentarla. En breve, Alemania expulsará de su territorio a los ciudadanos europeos que durante seis meses no hayan gozado de un empleo.
     El grado de indefensión al que  esa disposición someterá a cualquier inmigrante comunitario que busque empleo en su territorio será terrible. Muchos europeos procedentes de países empobrecidos aceptarán cualquier forma de explotación laboral imaginable antes de ser expulsados del país. Los oportunistas que hacen fortuna con la miseria humana se frotan las manos.
      Más de treinta millones de europeos carecen de empleo y de esperanzas de encontrarlo. De pronto se han convertido en los nuevos apestados. Nadie los quiere ver atravesando sus fronteras. Son los culpables del desastre económico al que las erróneas políticas impuestas por la señora Merkel y su capitalismo financiero nos han arrastrado. Ya tenemos culpables, solo hay que orientar la cólera de los desesperados en esa dirección.
     Para ser justos, no es solo Alemania la defensora de esa interpretación sesgada de la nacionalidad europea. Amanecer Dorado, el partido de los nazis griegos, lleva años ejerciendo violencia contra los inmigrantes y eso les ha hecho subir en el número de escaños en su Parlamento; la extrema derecha Húngara que gobierna en ese país ha puesto, otra vez, el punto de mira en la población judía; el control de fronteras para inmigrantes europeos ya lo propuso este verano pasado Luxemburgo, ese refugio maloliente del capitalismo destructivo;  en Francia, las últimas elecciones europeas las ha ganado el Frente Nacional, la extrema derecha xenófoba y antieuropea, cuyo inhumano y desnaturalizado fundador afirmó este verano en una comparecencia que el ébola solucionará el problema de la inmigración africana porque acabará con toda la población de ese continente sin futuro; no hace muchas semanas Cameron, el primer ministro del Reino Unido, intentó frenar el ascenso del partido xenófobo que ganó las elecciones europeas en su país adoptando propuestas semejantes.
        Y en toda Europa, de forma creciente, casi sin levantar alarmas entre los ciudadanos con conciencia, el discurso xenófobo va cobrando cuerpo, haciendo mella en la población empobrecida que teme por su futuro y se confunde de enemigo.
            En Roma y en Milán, este fin de semana último, los pobres italianos que carecen de empleo se han enfrentado de forma violenta con los pobres inmigrantes. Se disputaban casas vacías o migajas de ayudas públicas en algún comedor de caridad. Se equivocaban de enemigo, pero ellos parecen no saberlo.
            Al final, será una guerra de pobre contra pobres, disputándose las cadenas que los convierten en esclavos como si fueran un tesoro.
                       

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