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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Antiguo Régimen

Este es un país que se va labrando cada día una imagen pública mal encarada y andrajosa. Aunque nos duela, es lo que hay. Y el descubrimiento paulatino de las miserias va en aumento. Podríamos ser injustos y achacar el deterioro de la imagen que nos devuelve el espejo de las crónicas informativas a los tres años de gobierno de una derecha  no ya sin sentido de Estado, sino enemiga del Estado y escasamente convencida del funcionamiento democrático. Pero lo peor de ese deterioro moral, la corrupción, el aprovechamiento del poder delegado de los ciudadanos para el beneficio propio o el de los allegados, o el de los cómplices, viene de antiguo y, que sepamos, no tiene un color político definido.  
El descubrimiento del tupido submundo de miserias no conduce indefectiblemente a la reparación del daño ocasionado. ¿De qué sirve el descubrimiento de las culpas si no va acompañado de la reparación? ¿Alguien devuelve lo robado? ¿Alguien, salvo raras y notorias excepciones, ha dado con sus huesos en la cárcel para escarmiento de aventureros sin conciencia?
No. Capitalismo corruptor del sistema y Estado corruptible y corrompido hace ya  tiempo que caminan tan unidos que no podemos distinguirlos. Y la democracia parasitada por los poderosos intereses del capital, solo conserva de democracia el nombre. 
Y no le anda a la zaga el resto de Europa. Ni en corrupción a gran escala, ni en complicidades políticas. Ahí tenéis al presidente de la Comisión Europea, cómplice del fraude fiscal de las grandes multinacionales que actúan en Europa, que ha pasado por el trance de dar explicaciones sin el más mínimo riesgo de ser catapultado desde el sillón presidencial a la mazmorra que merece. 
Como nada es nuevo en nuestra vida, sino que todo es cíclico, el actual sistema, basado en complicidades políticas y económicas de las minorías que detentan el poder verdadero, ya figura en la Historia con su nombre.
El Antiguo Régimen que había dormido unos siglos ha despertado y ha desplegado sus viejas exigencias, los antiguos privilegios.
No pagar impuestos era entonces el privilegio más valioso. Sabemos con absoluta certeza que lo mantienen casi intacto. Lo han  logrado con la tolerancia de los gobiernos con los paraísos fiscales, con cientos leyes que consagran las exenciones de las que se benefician las grandes fortunas y las grandes corporaciones, y con la permisividad estatal con la economía sumergida.
El segundo privilegio que valoraban sobremanera era el sistema de justicia desigual. También han conseguido mantenerlo. En este país, tras la reforma del principal valedor de estos nuevos privilegiados, el ministro Gallardón de infausto recuerdo que estableció una justicia de pago, los pobres quedaron indefensos; la mayor parte de la población española no podría permitirse los costes de un recurso frente al fallo de un tribunal de justicia. Así que ahora la actuación de la Justicia dependerá de la capacidad económica de los individuos para contar con hábiles equipos de abogados y disponibilidad económica para recurrir cualquier fallo de los tribunales cuantas veces sean precisas. 
El último privilegio que citaré hoy para no alargar esta tesis, era el de disponer de vidas y personas sin restricciones legales  como instrumentos de su sistema productivo. Y hoy la desigualdad en la distribución de los recursos y la desaparición progresiva de los Estados equilibradores mediante la prestación de servicios  permite la existencia de grandes masas de población indefensa, incapaces de atender sus necesidades primarias y las de sus familias, masas de personas hambrientas y desesperadas dispuestas a trabajar por un plato de comida. Exactamente como entonces.
En la partitura que nos han colocado en el atril figura el título Democracia Parlamentaria, pero cuando hacemos sonar los instrumentos nos sale una música indeseada, como si los fantasmas del pasado hubieran ocupado los bancos de la orquesta. 
La igualdad ante la Ley ha quedado en letra muerta, verbo altisonante pero vacío de contenido, burla descarnada que nos produce confusión y cólera. Porque hemos caminado mucho, pero caminábamos en círculo sin saberlo. Y tras tanto esfuerzo y tanto sacrificio hemos vuelto al punto de partida. 
Decidme, si no.

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