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jueves, 13 de noviembre de 2014

Se llama capitalismo

      Luxemburgo cabría seis veces en la provincia de Sevilla. Y su población total es aproximadamente una cuarta parte de la población de Sevilla y su provincia. Su renta per cápita es superior a los noventa mil euros, una de las más elevadas del mundo; y para que tengamos una idea de su capacidad económica, el salario mínimo en ese minúsculo país europeo es de dos mil euros mensuales.
            Pero si indagamos en el tejido productivo de ese modélico país, en los medios  con los que genera su riqueza, sólo encontramos granjas familiares y alguna actividad relacionada con el acero.
            Su riqueza es una riqueza robada.
            Cualquier luxemburgués se escandalizará sin duda alguna por esta afirmación, pero no la retiraré jamás, porque es una verdad indiscutible. Y conocida desde hace mucho tiempo, aunque el Parlamento Europeo se haga de nuevas ahora y simule una indignación  que solo aspira a cubrir las apariencias. Hace años que la mayor parte de sus señorías invierten sus fondos de pensiones en el pequeño gran ducado para evadir impuestos el día que los retiren.
            Tan solo en tres vulgares edificios de oficinas de la capital tienen su sede unas 5000 empresas multinacionales que operan en Europa. Luxemburgo vende garantías de legalidad fiscal a un precio módico, entre un uno y un dos por ciento, a grande empresas multinacionales que tendrían que pagar en los países en los que llevan a cabo sus operaciones comerciales una media del veintidós por ciento de sus beneficios.
            La riqueza de Luxemburgo es una riqueza robada. Luxemburgo y otros países de la Unión Europea roban la riqueza de sus socios, porque permiten la evasión fiscal de grandes compañías. Sus compañeros de viaje son también bien conocidos: la City londinense, Austria, Holanda, Malta, Chipre, Irlanda… Y en la periferia, por citar algunos, Andorra, Mónaco, el Vaticano y Gibraltar, ese territorio británico de ultramar enclavado en la provincia de Cádiz.
            Con el beneplácito de Europa, que podría cambiar las leyes si fuera la Europa de los ciudadanos y no la del capital.
            Los cálculos de las propias Haciendas Públicas de la Unión Europea establecen que la evasión fiscal supera con mucho el billón de euros cada año. Nos hemos acostumbrado a las grandes cantidades y, en ocasiones, perdemos la perspectiva de su valor en prestación de servicios. Los evasores de impuestos que cuentan con la complicidad de gobiernos europeos, -nuestros respetables socios-, roban a Europa cada año el presupuesto europeo de Sanidad y Educación, por concretar en dos servicios imprescindibles. Nos roban el dinero que debíamos destinar a cubrir las necesidades europeas en esos dos servicios primordiales.
            El convenio con los principales ladrones lo firmó, cuando era primer ministro en Luxemburgo, el actual presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.  Convocado por el Parlamento Europeo, aparentemente escandalizado por esos acuerdos de los que, al parecer, nadie tenía noticias, Juncker no pide disculpas por lo que hizo ya que la gran variedad de reglas fiscales en la Unión Europea lo permite legalmente.
            Caso cerrado. El gato es el que vigila la caja de sardinas. Juncker tiene las espaldas bien cubiertas. Ha trascendido que incluso el Deutsche Bank, el acorazado del capitalismo alemán que dicta las políticas económicas en la Union Europea, tiene allí una sede virtual.
            Mientras tanto, el consejero delegado de Google ha dejado una frase para la posteridad.” Estoy orgulloso de nuestra ingeniería fiscal. Se llama capitalismo”.
            Por si quedaban dudas.
       Capitalismo es pura delincuencia: incumplir las leyes, evadir impuestos, privar de servicios básicos a grandes capas de población, comprar gobiernos, forzar cambios legales en países soberanos, atacar en sus cimientos al sistema democrático mismo. El consejero delegado de Google lo ha dicho claramente.  
            Google tributa globalmente al dos por ciento sobre sus miles de millones de beneficio. Es una de las muchas grandes multinacionales que firmó esos acuerdos ventajosos con el socio ladrón en este gran desastre colectivo que llamamos Europa.
           


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