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jueves, 30 de octubre de 2014

Por qué elegí impartir diversificación curricular

           Ayer mi compañero Fernando Rivero publicó en su blog, ”Prometeo Liberado” un artículo sobre ese Programa Escolar de atención a la diversidad, al que no le sobra una palabra. Os recomiendo su lectura. Y esta entrada es solo un largo comentario a su publicación.
            Al comienzo, cuando incorporamos la Diversificación Curricular a la oferta educativa del Centro, no eran solo los candidatos a su inclusión en el programa, o sus familias, quienes lo rechazaban. Entre el profesorado se desarrolló también una alergia, quizás justificada, a asumir el compromiso de atender durante muchas horas a la semana a gente marcada toda ella por el estigma de la dificultad para aprender. Dos exigencias, añadidas a los múltiples retos que entraña la enseñanza, se cernían sobre el profesorado que asumiera aquel programa nuevo: un esfuerzo profesional desmesurado en cuanto a la adaptación del currículo, que habría de ser profunda pero respetuosa con los contenidos del último ciclo de Secundaria y un resultado siempre incierto, si la propia adaptación, la puesta en escena, la relación personal, el lenguaje incluso, no eran los adecuados.
            Los primeros tiempos no fueron fáciles. Sirva como anécdota que el primer año que incorporamos el Programa, un profesor de Sociales de 4º que impartía la asignatura de Historia en el grupo en el que estaban incluidos los alumnos de Diversificación, los suspendía cada evaluación – sobre el papel;  él no solía meter las calificaciones en Séneca-, porque no asistían a sus clases, ni reconocía mi autoridad para calificarlos. Asumía que yo era una especie de profesor auxiliar, pero que el alumnado debía realizar los exámenes que propusiera él y que era él el único responsable de su corrección y calificación.
            Tardó algún tiempo en comprender la función del Programa y la mecánica de su funcionamiento.
            Yo asumí el Ámbito Sociolingüístico de 4º de ESO desde el primer curso, debe hacer ya doce o catorce años. No todas las razones de mi elección fueron nobles, porque en la decisión entraron connotaciones de utilidad práctica, además de las humanas. La inclusión del programa en la oferta educativa suponía 30 horas más de ocupación, dos personas más de plantilla con un margen de seis horas de disponibilidad para otras necesidades del Centro; un tesoro para poder ofertar alguna optativa más en algún curso. Por otro lado, siendo cuatro profesores de plantilla en las Lenguas Clásicas, había una amenaza cierta de desplazamiento para uno de ellos. Yo era entonces director del Centro; no estaba amenazado personalmente, pero asumir el Ámbito nos permitía un respiro.
            No obstante, alguna razón sí fue noble. Y lo reconozco sin pudor. Yo empecé a desarrollar Programas de Diversificación Curricular cuando aun no levantaba dos palmos sobre el suelo.
                        A los seis o siete años, en el cortijo extremeño donde aprendí gran parte de lo que sé sobre el ser humano, entre cuarenta gañanes sentados en torno a la chimenea central en las noches de invierno, solo tres personas sabíamos leer: mi padre, mi madre y yo.
            En esas largas noches, a la luz del carburo, los tres nos turnábamos para leer a los gañanes los novelones por entrega del siglo XIX, coleccionados pacientemente todos ellos por mi abuelo Diego. Piratas, aventureros perseguidos por un destino incierto, enamorados condenados a no encontrarse nunca, bandoleros legendarios, héroes y antihéroes maniqueos se enfrentaban cada noche ante los ojos asombrados de aquellos hombres, que entre otras formas de miseria, cargaban con la lacra del analfabetismo.
            De forma brusca, mucho más brusca de lo que nos cuentan los manuales de Historia, se produjo el éxodo rural en aquellas dehesas extremeñas. De aquellos hombres no quedaron muchos. Llegaron los tractores, las cosechadoras, las avionetas que fumigaban campos para matar las malas hierbas. Desaparecieron, como por ensalmo los gañanes, las cuadrillas de escardadores y escardadoras; los taladores que invadían en otoño el encinar; las cuadrillas de segadores y segadoras, las espigadoras… Todos se fueron diluyendo. Llegaron, en ocasiones, nuevos dueños con una mentalidad empresarial distinta. Y aquellos pocos analfabetos que no encontraron el coraje o el apoyo familiar para emigrar a la selva amenazadora de las grandes ciudades industriales debieron sacar el carnet de conducir para adaptarse a las nuevas exigencias.
            En esos días lejanos comencé yo a desarrollar el Programa de Diversificación Curricular. No sé a cuántos enseñé a leer y a escribir. Algunos aprendieron con prontitud; en poco tiempo ya eran autónomos para leer a Marcial Lafuente Estefanía. Otros tardaron mucho tiempo; cada pequeño avance era como haber conquistado un castillo de murallas arriscadas. Cada uno logró aquel objetivo de forma diferente.
            Yo aun no sabía qué oficio habría de llenarme el frigorífico, pero estoy por jurar que en ese tiempo de profundos cambios en la dehesa de mi infancia, ya estaba siendo seleccionado para esta profesión de la que tantos, que nunca la ejercieron, saben tanto que se atreven a decirnos cómo hemos de ejercerla.
            Vagamente, de forma instintiva, yo descubrí entonces que el conocimiento es un instrumento de promoción humana. En ese descubrimiento azaroso se habrá fundamentado buena parte de mi vida.
            Luego, durante el servicio militar obligatorio que nos reclamaba la patria que diseñó el franquismo, me di de cara de nuevo con la lacra del analfabetismo después de muchos años de distanciamiento. Jóvenes de lugares distantes de aquel país grisáceo y temeroso seguían en la más absoluta oscuridad. Habíamos de leerles las cartas familiares y habíamos de escribirles la respuesta a esas cartas. Me incrusté de forma natural y voluntaria en el programa de alfabetización del ejército que, dicho sea de paso, cumplía una función humanitaria y de promoción personal y volví a la guerra con el viejo conocido. Hace ya cuarenta años de esto que os cuento.
            De ese tiempo guardo el recuerdo de un fracaso. Probablemente atendí a veinte soldados de mi compañía el año en que Franco dejó al país en orfandad, muchos de ellos de zonas rurales de León; la mayor parte, de Granada. Tan solo uno no aprendió a leer. Recuerdo su nombre o su apellido: Amador. Era un gitanito granadino, seguramente escapado del romancero de Lorca, hermoso, senequista, de trato agradable y de sonrisa fácil.
            Y ese fracaso me persigue todavía.
            Aún me pregunto muchas veces qué hice mal.
            El alumnado de Diversificación no me resulta ajeno. Hace ya más de medio siglo que convivo con ellos. No sé si en mis propuestas pedagógicas acierto con ellos plenamente. Pero os digo que son el reto más apasionante que afronto cada curso.


            

1 comentario:

  1. Cuántos recuerdos al leer tus palabras. Un abrazo, jefe.

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