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domingo, 12 de octubre de 2014

Ébola

     Casi asusta afrontar el tema, por temor a añadir un poco más de alarma a la alarmada sociedad que conformamos. Hasta ayer no fue sino el nombre de una enfermedad tropical, desconocida, que en absoluto afectaba a nuestra plácida existencia. Un virus que portaban algunos macacos africanos en las zonas por la que discurre el río que le ha prestado el nombre y que, de vez en cuando, se contagiaba a sus vecinos humanos de las aldeas pobres de esa zona. Una enfermedad de pobres aislados; una más, entre las mil formas de muerte que acosan a los pobres del mundo.  Y una enfermedad de pobres no precisa remedios.
            Pero un día el virus del ébola, contagiado de ese afán viajero que es una señal de identidad de nuestro tiempo, alcanzó las ciudades populosas del África que empieza a despertar. Solo era cuestión de tiempo que encontrará una vía de escape en dirección a nuestras vidas. Y ha llegado. No hay protocolo de control en ningún aeropuerto del mundo que evite que ese minúsculo invasor, un sin papeles, se cuele en el resto de los continentes de la tierra.
            Afortunadamente no es un virus demasiado contagioso. Lo demuestra el hecho de que después de muchos meses de campar a sus anchas por amplias zonas de África, en territorios donde las condiciones sanitarias son lamentables o inexistentes, la OMS contabiliza menos de diez mil personas infectadas.
            Creo sinceramente que ahora, cuando se ha convertido en una amenaza potencial para los ricos del mundo, encontraremos remedios con prontitud. Porque ahora ya generarán beneficios incontables.
            Pero la alarma mundial sirve como termómetro para evaluar el mundo en que nos toca vivir.
            En todos los rincones de la tierra se levantan voces al respecto. Es necesario controlar el ébola. Nadie lo duda. ¿Por qué ahora? Porque ha saltado las barreras de seguridad; porque amenaza con convertirse en un problema nuestro.
            La OMS contabiliza unos dos mil quinientos fallecidos en África por culpa del ébola.  Durante los pocos meses en que este virus se ha convertido en el protagonista principal de las tertulias, cien mil personas han muerto en África por problemas de salud por los que nadie muere ya en Europa, por problemas de salud derivados de la ausencia de recursos y  de servicios sanitarios adecuados; han muerto por carecer de los medicamentos que caducan en los cajones de nuestros armarios; han muerto por carencias primarias, por hambre incluso. ¡Cien mil personas han muerto de pobreza!
            Ese es el virus principal de nuestro mundo. La distribución injusta de los recursos de la tierra.
            El ébola es solo un gañafón más sobre la piel de un continente que se desangra por doscientas heridas.
            Mientras, aquí, en Jauja, hemos provocado una alarma sanitaria europea.  Y ahora no ha sido suficiente con culpar a la víctima o al conductor de un tren, o al capitán de un barco, la vieja táctica del PP. Asi actuó  en la catástrofe del “Prestige”,  en el accidente del metro de Valencia o en el accidente del tren “Alvia” en Galicia.
            Algo tendrá que ver que la ministra, esa que no sabía por qué en la cochera de su casa había aparcado un coche deportivo, se haya visto desbordada y haya practicado una política informativa deleznable.
            Algo tendrá que ver que no hubiera establecido un protocolo obligatorio para el personal sanitario que estuvo en contacto con personas infectadas por el virus del ébola; una medida tan prudente y previsora como establecer para ellos un lugar sanitario de referencia al que acudir en caso de advertir algún síntoma, sin verse obligados a recurrir al sistema sanitario general, al  ambulatorio de su barrio, o al servicio de urgencias del hospital más próximo, donde el riesgo de contagiar a otros se multiplica de forma considerable.
            Algo tendrá que ver que el presidente de este gobierno inútil solo considera que han de afrontarse los problemas cuando sus asesores le advierten de que la manipulación no dará resultados y de que la situación afecta a la intención de voto.
            Solo entonces, mal y tarde, este gallego sin redaños, afronta los problemas. Y ahora no ha  sido diferente. Poco importa. Ese ínclito personaje que ocupa la Consejería de Salud en la Comunidad de Madrid,  y que acusó a la enfermera infectada de mentir sobre su estado de salud, no teme dimitir. Dice tener ya la vida resuelta. Esperemos que, al menos, alguien tenga la vergüenza de exigir su dimisión. Ya tarda.
       Quizás todos tengan ya la vida resuelta y no haya que esperar de ellos capacidad para gobernar un país, porque no era ese el objetivo.
      Al final va a ser cierto que la vocación política se alimenta del afán de aprovechar una oportunidad inmejorable de resolverse la vida con cargo al erario público. 
      Puede que luego nos veamos obligados exigir la dimisión en bloque de este gobierno inútil, sin sentido de estado, sin cultura política, tardofranquista, que práctica una democracia impostada, de discurso aprendido y falso. 


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