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miércoles, 22 de octubre de 2014

Circenses sine pane....

              Creo que fue el poeta romano Juvenal  que vivió en los albores del Imperio romano (60 - 128  de nuestra era), el que acuñó en sus Sátiras la expresión más que conocida de “panem et circenses”. Hacía referencia con esa frase que ha hecho historia, por resultar aplicable a tantas otras situaciones parecidas, a la situación política y moral de aquella monarquía absoluta en la que el pueblo, que tan activo políticamente se había manifestado durante la república, en los días que refleja en su obra  “se continet atque duas res anxius optat: panem et circenses”, o dicho en nuestra lengua, “se mantiene al margen y solo desea con avidez dos cosas: pan y espectáculos.
            Como instrumento político para mantener en calma a la masa que ya había dado sobradas muestras durante la República de su capacidad para la subversión de situaciones legales desfavorables, el imperio, en momentos de escasez, recurrió al reparto gratuito de alimento (pan, sobre todo) y a mantener a la gente distraída con los espectáculos en el circo (carreras de bigas o de cuadrigas), o en el anfiteatro (luchas de gladiadores entre sí, o lucha de gladiadores contra fieras traídas de los confines del Imperio). Y los días de juegos eran festivos.
            La fórmula debió resultar un hallazgo, porque hay periodos del imperio en el que se contabilizan hasta doscientos cincuenta días festivos en el mismo año natural; una feria interminable, para evitar levantamientos y algaradas de la masa hambrienta y sin trabajo. En aquellos días la esclavitud era legal, sin necesidad de reformas laborales que enmascararan su existencia legítima. Los asalariados libres debían soportar una dura competencia.
            Así que el “circo” como maniobra de distracción quedó ya en los anales y en los manuales de supervivencia política en tiempos de escasez y de políticos de discutible legitimidad moral.
            El título de esta entrada “sine pane” hace referencia a que, incluso sin pan, tan escaso y tan difícil de conseguir a pesar del triunfalismo de este gobierno mentiroso y de sus cacareados presupuestos de la recuperación, el circo resulta hoy de una utilidad indiscutible. Y en tiempos en que el pan escasea, el circo político cuida mucho su oferta. Tiene tantas manifestaciones que sería empresa soberbia querer abarcar su rica variedad. Creo que me concentraré muy brevemente en una sola.
            Caja Madrid, hoy Bankia, era hace diez años más o menos una institución financiera prudentemente gestionada, con muchos millones de clientes; una columna firme  del sistema financiero del país; como tantas otras instituciones, destinada a gestionar prudentemente los ahorros de las clases medias.
            En estas que llegó el generalito Aznar y mandó parar. Con oscuras maniobras políticas a las que no son ajenos sindicatos de larga trayectoria en la defensa de los obreros, y con no menos oscuras intenciones, colocó al frente en aquella institución a un amiguete de la infancia, sin otro historial profesional que un poco distinguido trabajo como asesor fiscal. Hoy ya conocemos de sobra la elevada cualificación del señor Blesa para acometer desmanes que han provocado un agujero financiero, -y el consiguiente rescate-, de veintidós mil millones de euros.
            Se dice pronto.
            En ese historial de desafueros hay que contabilizar préstamos a fondo perdido al partido del patrón para afrontar campañas, préstamos a los gerifaltes del partido del patrón a interés cero, y la financiación sin resistencia de caprichos megalómanos de algún dirigente del partido del patrón. Así son las cosas. Las Cajas de Ahorro se convirtieron en instrumentos políticos de cualquiera de los muchos patronos provincianos, miserables, ególatras de mano alargada y conciencia lasa, que pululaban y pululan por la España condenada a repetirse a sí misma en las maneras políticas de la Restauración, pura apariencia, decorado de cartón piedra poblado por caciques; caciques perfumados de modernidad, viajados, incluso cultivados algunos en universidades de prestigio. Caciques de nuevo cuño. Gente oportunista, logrera, bajuna, que se arrima al poder y la cosa pública para salir de allí con la vida resuelta. El Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid así lo ha proclamado.
            Hoy en el circo que nos han montado para mantenernos distraídos mientras aprueban los presupuestos de la recuperación que santifican el presente miserable y condenan al país a un futuro incierto y amenazador, han arrojado a la arena mediática a los caídos en desgracia, a los cómplices infiltrados en los equipos de gestión, imprescindibles para el saqueo, y a los asistentes al convite, convidados de piedra comprados con el dinero de todos, cuya única finalidad era dar la sensación  de una gestión democrática  en un festín de fieras.
            Bien está que paguen sus complicidades, su colaboración necesaria en el desmantelamiento de una institución financiera cuyo rescate estamos pagando entre todos. Pero esos quince millones que saquearon con la desvergüenza y la sensación de impunidad que acompaña desde siempre a los caciques de medio pelo no habrían hecho necesario ese rescate multimillonario.
            En su afán de mantenernos expectantes, los muñidores del  escándalo  que aprovechan el momento para autoproclamarse los paladines de la regeneración, van filtrando de forma programada las miserias privadas de los saqueadores que nadie controlaba. Ahora sabemos cuánto gastaba uno de ellos en sus propios restaurantes cada día, a qué hora de la jornada laboral entraba otro en hoteles de lujo para descabezar un sueñecito, cuántas copas se tomaba otro a diario en tabernas de lujo, qué gustos adornaban a alguno sobre prendas íntimas para su estímulo amatorio, qué joyas regalaban, qué cenaban en casa en Navidad… ¡Basura! ¡Circo puro! ¡Carnaza para fieras!
            Es lo que tiene el circo; que pone ante los ojos de la masa un espectáculo sangriento para ocultar los crímenes grandiosos, los que se gestan en  los despachos exclusivos a los que solo el poder exclusivo tiene acceso.


            

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