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martes, 19 de noviembre de 2013

Francia en el punto de mira, Qatar como destino

                Cuando Hollande ganó las elecciones en Francia, un escalofrío recorrió la espina dorsal de la Europa Merkeliana. Por muy deteriorada que esté en Europa la izquierda histórica, Hollande triunfó con un programa muy distante de las reformas que propugna el capitalismo europeo infiltrado en los gobiernos. Llevaba en su programa la subida de impuestos a los más ricos, la apuesta por la educación, y la inversión del Estado en sectores más frágiles para mantener el  empleo.
            El socialista Hollande decidió ser fiscalmente responsable; decidió no hundir más en la miseria a los más pobres y defender las atribuciones del Estado en el mantenimiento de la igualdad y los servicios públicos.
            El comisario económico de la Unión Europea, ese nefasto personaje a sueldo del capitalismo embravecido, las muy instrumentadas agencias de calificación económica que tanto daño originan a los países de la tierra con la connivencia de las fuerzas políticas dominantes que no las descalifican a su vez, las ilegalizan por prácticas económicas criminales y encarcelan a sus dirigentes, y el FMI, el vicario general del capitalismo secular han decidido que Francia, un país que está intentando no secundar la política empobrecedora que se ha recetado a los estados europeos, es inviable y pone en riesgo la precaria recuperación de la economía de la Unión Europea.
            Así que ya sabemos cómo se controla el voto ciudadano. Si se os ocurre votar a un programa de la deslucida izquierda europea, le declararemos la guerra que hoy se estila, la guerra económica; sitiaremos su economía con la prima de riesgo, imposibilitaremos el desarrollo de sus programas políticos, impediremos que caiga en la tentación de recuperar el Estado Social.
       O aceptamos sus imposiciones o echan sobre los pueblos el bloqueo económico y la ruina acelerada.
       Al socaire de este proyecto criminal vuelve a aullar en las estepas europeas el informe monstruo del fascismo renacido, ahora sin disimulo alguno.
            No sé vosotros, pero yo no veo otra salida que la explosión social, y hemos aguantado tanta indignidad, acumulamos tanta frustración, que si en algún rincón del mundo comenzase este incendio indeseable, se extenderá rápidamente, porque la superficie de la tierra está surcada de regueros de pólvora; la pólvora que reparten los soberbios que a si mismo se otorgan el dominio del mundo, aquellos que creen que los seres humanos somos solo instrumentos  para su enriquecimiento.
            El único código moral indiscutible es el dinero. Qatar, ese Emirato que se baña en petróleo, el país más rico de la tierra si hemos de hacer caso a la renta per cápita, la más alta del mundo, fue agraciado por la FIFA con la organización de un campeonato del Mundo de Fútbol, a pesar de su nula tradición futbolística. Como el COI y como tantos organismos infames que ocultan su verdadero rostro de mercaderes corruptos tras los amplios estandartes de la práctica deportiva, la FIFA concedió este privilegio a quien más petrodólares usó en la compra de sus votos. Habrán de cambiar costumbre y calendarios. Será un campeonato del Mundo de Fútbol que se celebrará por primera vez en invierno, dadas las inhumanas condiciones climatológicas del desierto en verano para la práctica de deportes de competición. 
            Como en otras decisiones relativas a las candidaturas de las sedes de eventos deportivos prestigiosos y multitudinarios, la tajada que los consejeros de la FIFA llevan en la construcción de infraestructuras es cuantiosa. En Qatar todos los estadios serán nuevos, se construyen aceleradamente para estar disponibles en la fecha prevista. De pronto el Emirato se convirtió en la tierra prometida para trabajadores pobres de países subdesarrollados. Había trabajo y, aparentemente, condiciones favorables para ganar dinero, del que hay en abundancia bajo las arenas del desierto.
            Fue un espejismo.
            Las noticias sobre las condiciones de trabajo y de vida de los emigrantes que acudieron al señuelo comienzan a filtrase a pesar del férreo control del carcelero rico: jornadas de trabajo de dieciséis horas, ausencia de jornadas de descanso, muchos meses sin recibir salario alguno y retirada de pasaportes para evitar la huida de los esclavos del siglo XXI.
            Nadie, ni una sola de las Instituciones mundiales que nos otorgamos para la defensa de aquellos logros que denominábamos derechos humanos, proclamados con altisonantes palabras y citas de la Biblia en documentos que ya viven su gloria en los museos, mira en aquella dirección.
            Decidme si este mundo no es sino un gigantesco teatro donde se representa una desvergonzada farsa, cuyo guión sangriento lo ha escrito el capitalismo , dueño ya de la vida de los seres humanos, lacra universal que nos deja sin valores morales, sin conciencia y , a poco que lo dejemos, sin futuro.
            Ese es el mundo que nos tienen diseñado, un mundo donde una minoría sin conciencia esclaviza a la inmensa mayoría. Qatar es el modelo de la nueva competitividad que nos predican. Hacia Qatar caminamos con paso firme, y cuando se aprueben las modificaciones del gobierno sobre seguridad ciudadana, a paso cuartelero. 
            A pesar de todo, ese mismo gobierno parece que se mantiene en cabeza en las encuestas de intención de voto. En contra de la opinión general, creo que las únicas personas que mantienen la dignidad en este país son los que emigran en busca de una vida decente en algún sitio. Ojalá yo tuviera edad y redaños.

2 comentarios:

  1. Enhorabuena, Antonio, por tan buen artículo, pero, ¿quién será quien, como Odiseo, azote las conciencias y quite la flor de loto de nuestra boca?

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  2. Quizá no sea nadie quien nos libere de la flor de loto, sino la desesperación, el último de los recursos que les queda a los pueblos, si alguna vez aceptan la cruda realidad. Y la realidad ahora es cruda y desesperanzadora. Y no hablo de nuestra realidad; hablo de la realidad universal, porque el mal es universal y contagioso.

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