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domingo, 4 de enero de 2015

Quiero saber

        Aparentemente, la frase más desalentadora de la Historia del pensamiento humano la dijo Sócrates. “Solo sé que no sé nada” cuentan que dijo el viejo maestro. ἓν οἶδα ὅτι οὐδὲν οἶδα, dicho en la lengua que engendró a esta Europa olvidadiza, la misma que saca partido del turismo que atraen la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia o el friso del Partenon que en su día le arrebataron al país que generó tanta belleza junta.
       Era indudablemente un cínico. Ni el mismo lo creía.
            Pero era un extraordinario punto de partida. Porque una vez detectada la carencia, lo más humano es  buscarle remedio. “Quiero saber” debe ser también uno de los deseos más expresados por la mente humana. Tampoco creo que exista un planteamiento más radical, en el sentido etimológico, porque de ese afán de saber surge gran parte de lo que da coherencia a nuestras vidas, la organización social, la ética, el establecimiento de principios morales, el sentido de la existencia  e, incluso,  el de la muerte.
            Y hoy el instrumento transformador más útil que poseemos es justamente el valor solidario de la ética social frente al sistema económico dominante que está en guerra con el propio planeta. El capitalismo, ciego, estúpido y destructivo desprecia los dos factores principales del verdadero capital que resulta imprescindible para tener futuro, el medio ambiente y el ser humano.
            Puede que en esa capacidad transformadora radique su peligrosidad y el desprestigio al que quiere someter a la Filosofía, la madre putativa de las Ciencias Sociales y  Morales, la Ley Wert de Educación.
            Así que quiero saber.
            Y lo que llama hoy poderosamente mi atención de  usuario neófito es la red, hablo de Internet, por supuesto, y de las herramientas sociales que pone a nuestra disposición, porque en este siglo que vivimos casi todo lo transcendental ocurrirá en la red, pero no necesariamente ante nuestros ojos. La red es una selva virgen, útil, vistosa, eficacísima como nunca soñamos, pero plagada de peligros invisibles, unos terribles y otros llevaderos.
            He observado con curiosidad malsana la proliferación de “tests on line”, en las redes sociales, aparentemente inocentes, desprovistos de intenciones ocultas. “¿Qué dios de la mitología griega eres?”, “¿Qué princesa Disney eres?”, “ ¿Qué teleñeco eres?”, “¿Qué madre eres?”… Tú aceptas el reto sin malicia visible, juegas a superar a otros, a medirte con ellos, a conseguir una posición en alguna clasificación sin valor alguno y, desde tu propio perfil, con nombre y apellidos, desde tu indefensa identidad, rellenas el aparentemente inocuo formulario y vas dejando el rastro imborrable de tus gustos, tus aficiones, tus intereses, tus valores, tus inclinaciones de todo tipo en una base de datos de utilidad desconocida y variada, que será vendida para campañas publicitarias, diseño de productos comerciales, campañas políticas,o publicidad personalizada en tu perfil.
            Seguramente también irán conformando tu currículum, un currículum más fiable en el futuro para las empresas que el que tú presentes por escrito, elaborado con mimo y esperanza.
            Por los datos que he podido reunir es un negocio rentable. Las grandes firmas valoran muchísimo el producto resultante en esas bases de datos a cuya elaboración tú colaboras, pero sin dar tu autorización conscientemente, porque en 2015 obtendrá más de cuarenta mil millones de euros de beneficios.
            Cada vez la orientación comercial resulta más visible. Ya no parece necesario disimular sus intenciones. “¿En qué capital te gustaría vivir?” o ¿Qué zapato de los que estás viendo eres?” afirman claramente su intencionalidad de diseñar ofertas turísticas  o  zapatos de temporada.
            Nada excesivamente grave, si lo comparamos con otras manipulaciones y otros usos de nuestros datos personales, pero inaceptable ya que disimulan sus verdaderas intenciones. Quizás, si las personas supieran la verdadera finalidad de estos inocentes juegos que la red propone,  no habrían realizado el famosísimo test de las princesas Disney casi noventa millones de personas, que a su vez han publicado sus resultados en la red animando a conocidos y amigos a compartir la gratísima experiencia.
            Hay que saber. Hoy más que nunca. Porque el mundo es una selva en la que solo se valora el beneficio económico y la finalidad justifica cualquier medio.

            

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