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lunes, 26 de enero de 2015

Cumplir los compromisos

En Europa hay una derecha inerte, emocional, irredenta, que se alimenta de consignas y que desprecia la reflexión como proceso previo a comunicar o a decidir.
Hoy es un día propicio para ser testigos de la manifestación pública de sus emociones epiteliales  que son una mezcla de hostilidad preventiva y miedo ancestral sin justificación alguna.
Esa derecha está convencida de que en Grecia ha triunfado la izquierda radical y de que eso supone una vaga amenaza para sus propias vidas. Esta derecha inerte rara vez profundiza más allá de los titulares de la prensa amiga. El mundo no le produce curiosidad alguna; la realidad no merece una valoración diferente a la que le garantiza la inmutabilidad de su verdad inalterable. Como su ideología, su conocimiento es superficial .Con eso se calma su conciencia.
Esa derecha inerte que sostiene el sistema hoy rumia una verdad indiscutible:  que el pueblo griego merece el sufrimiento que padece y que se lo ha ganado con su comportamiento irresponsable, mala gestión de sus recursos, corrupción financiera y política, y un pueblo cómplice que jamás pagó impuestos.
Debe ser un pecado exclusivo de ese pueblo. La corrupción política, la evasión de impuestos, la economía sumergida, las facturas sin IVA, el clientelismo, la financiación delictiva de los partidos políticos, la colonización de las instituciones judiciales por parte de los poderes establecidos no es una patente griega. Basta con que miremos nuestro ombligo. Pero si así fuera, las consecuencias de ese comportamiento no resisten comparación alguna con las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial a la que la locura alemana arrastró al mundo, produciendo la ruina de Europa y de otras regiones de la tierra y una pérdida de vidas humanas  que rondó los setenta millones de muertos. Casi todos los países de la tierra aportaron su cuota de cadáveres, pero fue Europa la que pagó una factura más elevada.
No obstante, el resto del mundo condonó en buena parte la deuda alemana, dulcificó las condiciones de devolución de la misma, condicionándola a la unificación de la Alemania descuartizada y dividida, y se comprometió a contribuir a su comercio exterior para facilitar su recuperación.
Había razones estratégicas, desde luego. Media Alemania, en manos comunistas, no podía sobrevivir mientras la Alemania gestionada por el capitalismo occidental se desmoronaba con estrépito. Pero también hay razones de este tipo en la Europa actual. Grecia está obligada por convenio a destinar a sus fuerzas armadas más dinero que Alemania, por ejemplo, ya que es  el bastión europeo de Oriente, poblado de vecinos incómodos y peligrosos. Parte del préstamo europeo, cuyas ventajas alaba esta derecha inerte, revierten de forma inmediata en las industrias armamentísticas alemana y francesa.
Pasa el tiempo y los mensajeros de los mercados esparcen las culpabilidades de esta ruina entre los que soportamos en mayor grado sus nefastas consecuencias. ¿Hemos olvidado cuándo, dónde y por qué surgió este tsunami? ¿Hemos olvidado ya por qué repiten estas crisis cíclicas y cada vez más dañinas?  ¿Ya hemos olvidado que el liberalismo radical, ese que patrocina la libertad absoluta de los mercados para regular el mundo y las locuras financieras de la banca americana fueron el detonante original? ¿De verdad ha sido el pueblo griego, apenas un 3% del PIB europeo, el que ha generado el cataclismo de la Unión Europea?
La derecha inerte hace votos para que Tsipras no cometa locuras.
Y los socios europeos le recuerdan que hay que cumplir los compromisos.
De eso se trata ciertamente, de cumplir los compromisos. Todos los compromisos. Y cualquier gobierno electo tiene el compromiso inviolable de defender la dignidad de su pueblo. Alexis Tsipras ha  heredado el compromiso de hacer frente a una deuda insoportable, pero ante las urnas ha asumido también el compromiso de atender las necesidades de su pueblo.
Para hacer frente a esa deuda, millones de griegos han perdido sus pensiones  o las han visto devaluadas hasta límites de pobreza extrema.
 Millones de griegos han perdido las prestaciones sanitarias, – y entendamos de una vez el valor de las palabras: millones de griegos caen enfermos y no hay medicina pública que los atienda; si hay suerte alguna ONG médica los atenderá en la medida de sus escuálidas posibilidades.
Millones de griegos no tienen acceso a los medicamentos, ni siquiera en los casos de grave riesgo para su vida.
La mitad de los Centros de Enseñanza públicos han sido cerrados y la mitad de los profesores despedidos.
Casi un tercio de la población griega depende  de los comedores de caridad para sobrevivir.
Solucionar estas situaciones de absoluta emergencia nacional y humanitaria parece un compromiso obligatorio de cualquier gobierno que se precie.
Alexis Tsipras ha heredado el compromiso de hacer frente a una deuda inviable con una economía de guerra, la economía generada en buena medida por las exigencias de sus socios, esa Europa envejecida, entregada a los intereses del capitalismo financiero,  incapaz de asumir el reto de afrontar la globalidad con el arsenal de su pensamiento ético y  con osadía política.
La Europa merkeliana es la región desarrollada que peor ha gestionado esta crisis y la que peores consecuencias está generando para muchas de sus regiones. Sus recetas, devaluación de salarios y empobrecimiento de los servicios de los Estados, generan las condiciones perfectas para que algunos pueblos no puedan cumplir sus compromisos.
En cuanto a la amenaza que supone Syriza para la estabilidad de Europa, yo no veo en la Europa dominante preocupación alguna. La derecha inerte puede dormir tranquila. Ya le han torcido la muñeca a economías mucho más influyentes, a pueblos más orgullosos y díscolos y a presidentes de gobierno con más peso específico en Europa que este recién llegado, léase a Zapatero, al que hizo temblar una carta amenazadora del BCE, a Hollande que se ha sacrificado políticamente para cumplir las exigencias de los socios con reformas impropias de un partido que se denomina socialista, y a Rezzi, que desde la izquierda recuperada en Italia aboga ahora por el despido libre.
Alexis Tsipras ha heredado terribles compromisos. Europa debiera ser consciente de que, tras él, agotadas ya otras experiencias políticas, Grecia mantiene viva la desesperación de Amanecer Dorado como último recurso, cruces gamadas, uniformes pardos y rabia irracional.



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