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martes, 1 de julio de 2014

Ética de la avaricia

    En su día, la crisis fue crisis verdadera. Uno más de los incendios cíclicos que el capitalismo, pirómano obsesivo, ha ido generando en la historia de la humanidad. Y algunos  en el siglo XX resultaron devastadores. Tuvieron como consecuencia confrontaciones armadas duraderas, destructivas, que afectaron a casi todas las naciones industrializadas  del  mundo.
            La primera gran guerra, de cuyo inicio mediático se cumplieron 100 años el pasado día 28, tuvo como una de sus causas primordiales la insatisfacción del capitalismo alemán por el reparto colonial, donde quedó en clara desventaja con respecto a Francia y a Inglaterra en la búsqueda de mercados para sus excedentes industriales, de materias primas baratas, y de yacimientos de inversión para su capital. Había otros intereses, desde luego. No fue Alemania la única causante.
            Pero estábamos hablando de la crisis actual, de las crisis cíclicas que el capitalismo provoca cada vez con más frecuencia, aunque de diferente intensidad. No puede ser de otra manera. Hay varios principios motores en la economía capitalista que no pueden desembocar sino en la quiebra del sistema. Uno es la necesidad de crecimiento permanente. Hay que crecer. Otra es la del consumo. Sin consumo creciente no puede darse el crecimiento. Y el tercero de esos principios motores es que  la ausencia de regulación del capital es beneficiosa para la sociedad en su conjunto, aunque en ocasiones produzca algunos daños inevitables. Son la ley del mercado. A veces se gana y a veces se pierde. Esos principios configuran una espiral envenenada. Responden a la ética de la avaricia y la ética de la avaricia se olvida de la auténtica ética, el principio que debiera regir siempre las relaciones entre los seres humanos; y se olvida de la responsabilidad que esta especie racional debiera asumir con el planeta, y eso es tanto como decir la responsabilidad con el futuro de la propia vida.
            Hay una economía real. La humanidad produce y comercia cada año con bienes y servicios (PIB) cuyo valor de mercado real es de unos sesenta billones de euros. Y hay una economía ficticia que es la que rige, en realidad, el mundo. Los mercados, esos templos obscenos plagados de ludópatas ansiosos e inestables donde se adora al dios dinero y se practican cada día millones de sacrificios humanos para lograr su favor, hacen circular en sus apuestas cada año seiscientos billones de euros, diez veces la riqueza real que la humanidad produce. Todo ese dinero fingido aspira a conseguir grandes beneficios, una porción creciente de la riqueza real que producimos, la única que existe. Y de hecho, lo consigue. Los que acumulan esos beneficios no son muchos. Por consiguiente, para el resto el reparto no puede resultar satisfactorio.
            Casi la mitad de la riqueza real de la tierra la producen entre la Unión Europea y los Estados Unidos, dos sociedades sumidas en una profunda crisis económica donde las desigualdades crecen a un ritmo mayor que en cualquier otro lugar de la tierra. Resulta inexplicable. Y, en realidad, quejarnos casi resulta obsceno. Cinco de cada seis personas subsisten con la otra mitad de la riqueza del planeta. Si el crecimiento de la desigualdad en nuestro caso es lacerante, en el caso de otras regiones del mundo no puede crecer más porque ya tiene un límite inmoral; establece la frontera entre la vida y la muerte, por inanición, por la violencia circundante, por catástrofes naturales, o por enfermedades erradicadas del mundo desarrollado.
            Pero cualquier sistema tiene sus ideólogos, sus oficiantes revestidos de autoridad, sus predicadores y su propio evangelio, sus mentiras sagradas, repetidas para que se conviertan en verdades indiscutibles.
            Una de esas mentiras sagradas se refiere a uno de los principios motores que cité más arriba, la necesidad del crecimiento. Una economía que no crece al ritmo adecuado no genera empleo. Eso dicen. Y para crecer hay que resultar competitivos. Pero esa competitividad, los oradores sagrados y sus gobiernos vicarios la han trasladado al empleado.  Ser competitivo, con las otras personas desesperadas que mendigan un puesto de trabajo supongo, significa aceptar salarios muy por debajo del salario mínimo, aceptar jornadas de trabajo de diez o más horas, -o de una-, renunciar al descanso semanal, regalar horas extraordinarias a la empresa, y asumir que se detraiga de tu salario el coste total de los seguros sociales, cuando no aceptar un contrato de servicios como autónomo para que la empresa no asuma obligaciones legales con el trabajador. De paso, el Estado que anima estas prácticas estimulando el espíritu emprendedor, aguarda a cada uno de esos inocentes que se esclavizan a sí mismos, con cargas impositivas prohibitivas, persecuciones y desconfianzas. 
            Fue crisis, pero se ha convertido  en una magnífica oportunidad para que el capitalismo nos arrebate, de golpe, derechos laborales tan duramente conquistados. También para que nos arrebate otra buena porción del fruto de nuestro trabajo. Ha contado para ello con la complicidad inestimable de su brazo armado en el Parlamento, al que el pueblo incauto le otorgó una preciada mayoría absoluta, confiando en que era, como aseguraba Cospedal, el partido de los trabajadores.
            Habéis tenido recientes noticias del gobierno, buenas noticias porque Rajoy nos baja los impuestos. Si os da por informaros, veréis que las bajadas llamativas afectan a las rentas altas o muy altas; veréis que esa bajada de impuestos a las rentas altas o muy altas empobrecen las cuentas del Estado, y que habremos de pagarlas entre todos. Europa exigirá subidas de IVA o recortes sustanciosos  en las inversiones del Estado. Eso se traducirá  en menos empleo público y empobrecimiento de los servicios que el Estado debe prestarnos a cambio de nuestros impuestos. Podríais comprobar, si os interesa la verdad y no las baratijas que vocean desde el púlpito los vendedores de humo para atrapar vuestros votos, que la rebaja de los impuestos de los más ricos, la pagamos nosotros, como siempre.
            Pronto tendréis nuevas noticias del gobierno. Los predicadores del éxito de las políticas de Rajoy y sus medios informativos contaminados nos alegrarán cada mañana con estadísticas luminosas; crecerá el empleo este verano como nunca en los últimos años, aumentará el número de afiliaciones de forma llamativa; España será Jauja, el país de la alegría.
            La verdad sin embargo es que será empleo  a tiempo parcial, o precario, mal pagado, en condiciones de indefensión legal y casi de esclavitud legalmente aceptada. Casi ninguno de esos nuevos empleos librará a las personas afortunadas que los logren de la amenaza de la exclusión social. Habrán salido de las estadísticas del paro, trabajarán diez horas casi privados de los derechos que la ley tiene establecidos para las relaciones laborales, pero no podrán atender a las necesidades de su familia.
            ¿Cómo lo llaman empleo cuando su nombre es esclavitud atenuada…?
            Fue crisis, pero la han convertido en ocasión. Ocasión para poner en prácticas las inhumanas reglas que santifica la ética de la avaricia.
           



2 comentarios:

  1. Se está llegando al extremo, que ni un puesto de trabajo te libra de la pobreza.

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  2. Merkel lo pronosticó hace tiempo; le advirtió a la juventud euopea desempleada que tendría que aceptar empleos de baja calidad y mal remunerados, o aceptar quedarse sin empleo. Europa tuvo en su día la obligación moral de humanizar la globalización, defender los derechos humanos en cualquier lugar del mundo. Pero la Europa domesticada y acomodaticia ha aceptado perder sus logros sociales y asujmir el modelo "Bangla Desh" como referencia humana, laboral y social. Un puesto de trabajo en media Europa, y especialmente aquí, no garantiza una vida decente porque ya no es un puesto de trabajo en infinidad de casos, sino una forma de explotación extrema. Pero la manipulación hará que la gente agradezca con sus votos a quienes han despedazado los derechos laborales. Tenía más derechos un trabajador en la España franquista que ahora. Y avergüenza decirlo.

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