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domingo, 22 de junio de 2014

Populismo

   El término populista está de moda. Y está cargado de intenciones aviesas. Descalifica. En nuestro caso  viene a significar práctica política inadecuada que consiste en atraer el voto de la gente menos dotada de conocimiento sobre la compleja realidad de la economía y la política con propuestas imposibles de cumplir, pero que responden a necesidades viscerales de  la masa. Casi como sinónimo, se emplea también antisistema. Y desde posturas más desapasionadas, se acusa al populismo de ser simplista en el análisis de nuestros males e iluso en la propuesta de las soluciones. Sea lo que sea el populismo , según quien use el término, es siempre producto de un sistema democrático que no responde a las exigencias ciudadanas. Ahí radica el problema verdadero.
            La descalificación de los movimientos insurgentes surge de todos los rincones donde arraigó el poder acomodaticio durante nuestra corta democracia. Cuarenta años no es nada, pero a las corrientes sociales dominantes que consiguieron arraigar en partidos políticos con capacidad de constituirse en fuerzas de gobierno, les ha dado tiempo a generar en su día expectativas justificadas, a consolidarse en el panorama político hasta el punto que consideraron que era una situación inamovible para la que no existiría jamás alternativa, y a degenerar de forma acelerada. Y este declive repentino, aunque el sistema bipartidista, zarandeado por la crisis y su envenenada gestión, venía dando señales de decadencia,  los tiene confundidos..
            No sé decir cuál de los males que los aquejan les produce más deterioro, pero, por una parte, han perdido la decencia y se han dejado invadir por prácticas corruptas en el ejercicio del poder y en el manejo de los recursos públicos, y por otra, han creído  que la democracia es un asunto de los propios partidos, un negocio privado de equilibrios entre los profesionales del poder político, un juego de roles al margen de la ciudadanía a la que solo recuerdan en las campañas electorales.
            En tiempos de bonanza, cuando la existencia de la mayor parte de los ciudadanos de un país resulta llevadera, se atiende a las necesidades básicas de tu familia, y el grado de libertad que necesitas para sentirte dueño de tu vida no está en riesgo, podemos perdonarles a los políticos sus desviaciones. Podemos ignorarlos.
            Pero cuando una mayoría ve en peligro su sistema de vida, sus derechos, los servicios públicos que le garantizaban cierta igualdad ante la ley, es imprescindible recuperar el protagonismo. Cuando el desempleo, la exclusión social, el hambre, la pobreza, el abandono a su suerte de cuatro millones de compatriotas desempleados y sin protección estatal te golpean la conciencia, es preciso  empuñar la propia soberanía y reclamar que la política cumpla su cometido principal, arbitrar soluciones a los problemas humanos. Cuando millones de jóvenes profesionalmente muy preparados ven pasar los años en los que han de dar forma a su proyecto vital sin encontrar empleo, o viéndose obligados a emigrar, es imprescindible que una sociedad se pregunte qué parte de su organización necesita una reforma urgente. De otro modo seríamos una sociedad sin esperanza y sin futuro.
            Puede que llamar a las cosas por su nombre, reclamar de la política que se empeñe en el hombre ante que en rescatar sistemas financieros, el dinero de las élites económicas que controlan la política europea, sea una práctica populista desde la perspectiva de la política profesional, mucho más proclive a cumplir el cometido que el poder económico le tiene encomendado, convencernos de que la crisis es consecuencia de nuestros excesos, de que los llamados Estados del Bienestar son inviables y de que solo saldremos de la grave situación en la que estamos si renunciamos pacíficamente a derechos, a empleos dignos, a salarios dignos, y a servicios públicos imprescindibles para mantener la igualdad en términos aceptables.         
            Defender lo contrario es populismo.
            Pero el populismo verdadero se ejerce, sobre todo, desde el poder establecido.  Y se ejerce con especial empeño cuando se acerca un compromiso electoral y a los que están en el poder no les cuadran las encuestas de intención de voto.
            Tocan a rebato las alarmas, y el gobierno se olvida ya de gobernar, si es que estaba gobernando, y se dedica a vocear sus baratijas de colores por las plazas, para recuperar parte del interés del electorado que le volvió la espalda.
            El mensaje populista con traje de lentejuelas que ahora circula por la pasarela de las mentiras bien urdidas dice exactamente “Rajoy nos baja los impuestos”.
            Para empezar, es falso. Para las personas  que ingresan entre veintidós mil y treinta y tres mil euros anuales, es decir, la mayoría de la población activa que mantiene un empleo casi decente, no habrá bajada alguna; se mantendrá intacta la subida que se les aplicó en 2011 y tendrán una subida en el año 2015. Es este segmento de la población el que soporta la carga impositiva más dura del país. La reducción de impuestos afectará, como es la obligación de un partido político que es el instrumento del capital, a las rentas más altas, las únicas que salen beneficiadas de la crisis. Quienes ingresan entre treinta mil y sesenta mil euros se verán beneficiados por una reducción de impuestos cercana al diez por ciento. Y a partir de esos ingresos,  la reducción se establece en torno al siete por ciento. Digamos, pues, la verdad evidente y sin envoltura, Rajoy no nos rebaja los impuestos, Rajoy rebaja los impuestos de los ricos, porque ahí está el granero de sus votos.
            La segunda parte de esta historia de populismo de diseño ministerial es que es una medida irresponsable. Según los cálculos de los técnicos de Hacienda, el Estado dejará de percibir en torno a nueve mil millones de euros. Y eso, en un Estado que se caracteriza porque ingresa bastante menos de lo que gasta, es una irresponsabilidad cuyas consecuencias caerán sobre todos nosotros en las únicas medidas compensatorias que Rajoy ofrecerá a la Troica para garantizar la devolución de deuda y de intereses, más recortes en los servicios públicos y en los derechos; más personas dependientes sacrificadas; más comedores escolares cerrados, más becas negadas, más pensiones empobrecidas; más copagos; menos personal en los servicios de urgencia hospitalaria; más privatizaciones de los activos rentables del Estado.
            No. Yo no quiero que Rajoy nos baje los impuestos. Quiero que el gobierno se ponga manos a la obra y recupere los noventa mil millones que el Estado deja de percibir por el fraude fiscal y la economía sumergida. Eso, unido a una reforma fiscal justa y progresiva, nos ayudaría a salir de la crisis de forma racional, sin causar tantas penalidades a los más desfavorecidos. 
    Lo de la fiscalidad justa no es una demanda irracional o innecesaria. Buena parte de las grandes empresas de este país y los Bancos, apenas pagan un 5% de impuestos; y las grandes fortunas individuales, enmascaradas en las Sicavs, esos paraísos fiscales legalmente admitidos y santificados por el propio Parlamento, tienen sólo un 1% de carga impositiva. Afrontar esas injusticias evidentes sí sería llevar a cabo una verdadera política de Estado, y las cuentas seguramente cuadrarían. Pero pedir eso, sin duda, es populismo. 
  Dice Cospedal que la corrupción, en sus mil manifestaciones, es un rasgo endémico de España. No hay mayor corrupción que convivir con la injusticia , legalmente establecida. Pero, al parecer, con eso hay que vivir. 
  ¿Quiénes son ellos, un partido que respeta las tradiciones, para hacer frente a la corriente de corrupción y populismo con la que se va moldeando nuestra historia...?

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