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miércoles, 18 de junio de 2014

Día histórico

     Abres la prensa, enciendes la radio, conectas con las noticias de la televisión, y el tópico se desliza hasta tu cerebro con la vocación enajenadora del sonsonete de una letanía. Mañana es un día histórico para España. No, no se refieren a que la selección española de fútbol probablemente caerá eliminada en la primera fase del Campeonato del Mundo, al que acudía como vigente campeona. Eso también provocará una cascada de lamentos y de propuestas de ajusticiamiento público y colectivo por parte de quienes se ganan la vida  convirtiendo en asunto de vida o muerte esta burbuja permanente disfrazada de deporte, este refugio de prácticas delictivas que apasiona a las masas. ¡Panem et circenses!, aunque el pan escasee cada vez más.
            Pero, en las noticias intencionadas, la condición de histórico se la otorga al día de mañana la entronización de Felipe de Borbón.
            Es falso. Mañana es un día más. Carece, incluso, de emoción. Hubo tiempos en que la entronización de los monarcas comportaba cambios en la vida de la gente. Era cuando los reyes tenían poder, porque dictaban las leyes y encabezaban los gobiernos. A veces, en una inspiración humanitaria, el rey podía sacar alguna ley que beneficiara al pueblo llano. Afortunadamente, no dependemos ya de esa eventualidad tan azarosa. Costó trabajo expulsar a la nobleza de sus arriscados privilegios. Y los reyes, el último escalón de la aristocracia fundamentada en la propiedad de la tierra, aguantaron hasta el último minuto, reacios a entregar la soberanía, el poder verdadero, la capacidad de establecer la leyes a su antojo.
            Nada cambiará mañana en nuestras vidas. No pasará mañana nada que merezca el calificativo de acontecimiento histórico, salvo quizás para Felipe de Borbón, que recibe la corona de un país al borde la quiebra en casi todos los sentidos.
            Sería histórico, si en la prensa de mañana, o en la radio,  o en la cabecera de las noticias de televisión, nos encontráramos con el titular soñado, que ya no hay en España ni un hogar donde no entre un salario, por ejemplo.
            Lo demás es bastante secundario.
            Felipe de Borbón jurará respetar la Constitución ante el parlamento embutido en uniforme militar, y cuando la comitiva abandone las Cortes, seguirá habiendo seis millones de parados, seguirá presionando ese gobierno mundial en la sombra para depauperar salarios y recortar derechos, seguirá habiendo millones de españoles al borde de la exclusión, seguirá habiendo niños que no comerán decentemente si cerramos los comedores escolares, seguirá habiendo corrupción impune en todas las esferas de poder, seguirán despedazándose los hambrientos de África aferrados a  las concertinas con las que pretendemos levantar una frontera impermeable para la miseria desbordada.
            El verdadero titular del día es que el gobierno ha prohibido la presencia de banderas republicanas en las zonas delimitadas para la ceremonia  y el cortejo. Los antidisturbios tienen orden de emplearse a conciencia, siguiendo con la escalada de violencia de Estado, último recurso contra la manifestación del descontento ciudadano. Dicha prohibición tampoco es un hecho histórico en sí misma. Es solo una etapa más en la carrera hacia el pasado vergonzante, en dirección a las Leyes Fundamentales del Movimiento que este gobierno está empeñado en recuperar a toda costa. No es sino un atentado contra la libertad de expresión.
            Uno más.
           No. Mañana no es un día histórico en ningún sentido.
          Sólo Felipe de Borbón podría otorgarle esa etiqueta, si en su discurso de investidura exigiera al Parlamento que se modifique la Constitución para celebrar el referéndum que lo inhabilitará o lo legitimará sin ninguna duda. Eso sí sería un acontecimiento histórico por el que Felipe VI se ganaría, incluso, el respeto de los republicanos y los indiferentes;  ganaría también un sitio destacado en la historia reciente de este pueblo. 
          Debería sopesar esta propuesta.


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