Páginas vistas en total

jueves, 5 de junio de 2014

Planeta finito

           La tierra es generosa, pero estricta. Nadie sabe si debido al azar o por algún desconocido plan de la materia estelar, acogió la vida y la multiplicó de forma inteligente, diversificando los recursos hasta lograr un equilibrio imprescindible, precioso, casi mágico, que aun no hemos logrado desentrañar del todo.
             La tierra también se comunica; nos habla con el claro lenguaje de la ciencia; es un lenguaje universal, exacto, sin rodeos, sin mentiras, sin verdades a medias. Y su mensaje no precisa de intérpretes interesados, ni de chamanes conectados misteriosamente con los dioses, porque el lenguaje de la ciencia es, por fortuna, universal.  Con la fría determinación y la calma geológica que caracteriza a los cuerpos planetarios nos comunica que somos una especie peligrosa y que tiene un arsenal de recursos para contrarrestar nuestro veneno.
       Pero la tierra es, sobre todo, paciente. Su reloj biológico tiene un ritmo lento. Nunca se precipita. Nos avisa con tiempo y nos permite corregir nuestros desmanes.
            En 2006, por encargo del gobierno del Reino Unido, el economista Nicholas Stern publicó el primer informe sobre cambio climático encomendado a un economista en lugar de a un climatólogo. Se le conoce en términos académicos como El informe Stern sobre la economía del cambio climático  y sus conclusiones, basadas en infinidad de estudios científicos y en simulaciones informáticas, son demoledoras. Moisés Naím nos las recordaba el domingo, 1 de junio, en la prensa escrita. 
            El calentamiento global no es un mito. Se destinan cada año miles de millones de dólares a convencernos de que es una leyenda urbana, una fantasía de ecologistas maniáticos, infectados ahora por el populismo anti sistema de izquierdas. Una irresponsabilidad que, de encontrar acomodo entre las preocupaciones de la ciudadanía, afectará de forma irreversible a la economía mundial y pondrá en peligro nuestros precarios empleos.
            El capitalismo actual cimenta parte de su poder constrictor sobre la humanidad en la economía basada en el petróleo. Y el capitalismo no tiene conciencia; es una degeneración social que nos destruye. Su cerebro fue racional un día; hoy es un cerebro enfermo, obsesivo, infartado por  la ambición y envenado por el afán desmedido de beneficio rápido.
            Si  proféticas y temibles eran las previsiones de Stern, en 2006, las corrigió en 2011, empeorándolas por la inesperada aceleración de los cambios climáticos. No os cansaré demasiado. La estabilidad de la temperatura durante la mayor parte del tiempo que los seres humanos llevamos establecidos de forma visible en el planeta ha permitido la agricultura, la ganadería, y nuestro asentamiento sostenible  en casi todo los lugares de la tierra. También, la proliferación de especies imprescindibles para la biodiversidad.
            Según las previsiones justificadas de este estudioso, una autoridad de referencia, antes de terminar el siglo XXI, si no tomamos medidas urgentes y drásticas, la temperatura media del planeta habrá aumentado  cuatro grados. Una catástrofe que convertirá a España entera en una prolongación del desierto del Sahara, hará desaparecer todas las selvas vírgenes, reducirá la disponibilidad de agua potable en un cincuenta por ciento y en casi igual medida la disponibilidad de tierras fértiles. Mientras, a mediados del siglo, las proyecciones del crecimiento de la población humana calculan en diez mil millones de personas las que necesitarán los recursos del planeta para sobrevivir. A todas luces, la previsión nos convierte en inviables.
            Tengo una casi nieta que acaba de nacer  Me emocionan sus claras muestras de alegría, su risa que es la única forma con que ahora nos comunica que es feliz; admiro sus esfuerzos por articular algún sonido para interactuar con los adultos que la rodean y que la cuidan. Sé que ella, y muchos más, son el futuro, aquellos a los que dejaremos nuestros hallazgos y, también, nuestra herencia de miserias, como una deuda eterna con los  que se adueñan de las riquezas y especulan con las necesidades de los pueblos.
            Quizás cuando ella sea consciente de su vida, ya nadie se acordará de un empeño que hoy agota casi todas nuestras energías, denostar la Transición, fuente de todos los males que ahora no asuelan.
            Nadie recordará que la empezamos con una Renta Per Cápita de mil doscientos euros y que esa denostada Transición nos ha llevado en este día a gozar de una Renta Per Cápita superior a veinticuatro mil euros; nadie recordará que en aquella España macilenta y miserable uno podía morir de apendicitis; que nuestros padres tenían que reciclar los preservativos conseguidos en el mercado negro, dada la negativa de los farmacéuticos de comunión diaria a dispensarlos, salvo en secreto a sus compañeros de partida en los círculos exclusivos del casino, con una sucia sonrisa de complicidad ; que la homosexualidad era un delito, y que la sombra alargada de los espadones militares se cernía sobre cada paso que dábamos.
            Nadie recordará que el acceso de una mujer a la Universidad era una rara casualidad y que la mayor parte de los niños de familias pobres no pasaba de la Educación Primaria.
             Puede que nadie recuerde entonces que la denostada Transición legalizó todas las corrientes políticas que asumieron el proyecto de convivencia enmarcado en la Constitución del 78, y que ello incluía al Partido Comunista, el feroz enemigo del franquismo, todavía poderoso y enraizado en buena parte de la conciencia de la España profunda.
            Puede que nadie, entonces, recuerde que la Constitución del 78 concedía más reconocimiento a la diversidad española y más autogobierno a las diversas Comunidades que ninguna otra norma en toda nuestra ya larga historia.
            Puede que, cuando esa niña sea consciente de su vida, nadie ya nos obligue a avergonzarnos de aquella Transición que levantó ilusiones poderosas y justificadas a los que  veníamos de los rescoldos de una dictadura ominosa, necesitados de libertad y de esperanzas.
            Puede que cuando esa casi nieta que acaba de nacer sea ya consciente de su vida, le hayamos dejado como herencia una España desértica y un futuro amenazado, porque la Tierra, ese juez imparcial, nos haya señalado con su dedo acusador como una especie dañina que amenaza la vida, ese milagroso equilibrio que le ha costado millones de años fabricar. Y puede que entonces, lo demás no importe ya demasiado.
            Yo dejaré escrito, para que esta niña pueda saberlo si es preciso, que  estoy orgulloso de aquella Transición, del esfuerzo que hicimos por un país mejor, donde la vida no fuera una amenaza, una secuencia de temores oscuros, una desconfianza permanente. Puedo decirlo. La Transición me devolvió mi palabra, sin cadenas. También echó sobre mis hombros el compromiso de ponerle frenos a ese desierto que amenaza el futuro de una niña que acaba de nacer. Es una responsabilidad compartida. Todos vosotros tendréis alrededor a una persona que empieza a gorjear, cuyo futuro depende de nosotros, de que nuestro instinto de supervivencia se encrespe y se levante airado. 

4 comentarios:

  1. Magnífico, Antonio. Tengo idea de escribir un artículo en la misma línea.

    ResponderEliminar
  2. Pues, adelante con él. Todo esfuerzzo es poco. La humanidad entera tiene un único enemigo verdadero. No hay mal que nos acose hoy que no tenga su origen en la actividad demencial del capital, empezando por la corrupción institucional y por el deterioro democrático. Están encantados con nuestra dispersión, con nuestra maldita miopía. Les encanta que nos dediquemos a destriparnos en luchas callejeras mientras ellos controlan todos los recursos imprescindibles para garantizar una existencia digna, de los seres humanos y del resto de las especies del planeta. Ojalá la humanidad tome conciencia. Ya no es aguantar la pobreza y el saqueo al que una minoría somete a los demás. Se trata de garantizar la sostenibilidad de este planeta.

    ResponderEliminar
  3. El papá de esa niña8 de junio de 2014, 5:56

    Estoy totalmente de acuerdo con todo lo expuesto en esta entrada. Cuando esa niña, que es mi hija, tenga conciencia para entenderla se la mostraré y le diré:
    - Esto que acabas de leer lo escribió tu abuelito Tony!!
    Hablando en serio, espero que poco a poco vaya cambiando esta situación.

    ResponderEliminar
  4. Tendrermos que hacerlo posible. Y no permitiré que la niña me llame "agüelito", por los menos hasta dentro de 15 años. ¿Estamos...?

    ResponderEliminar