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viernes, 21 de febrero de 2014

Refundar Europa

        La canciller que nos gobierna ha recordado con dedo admonitorio y gesto grave que cuidado con las medidas que Bruselas le aplica a Suiza, ese no socio preferente que cierra sus fronteras a las personas, aunque no al dinero fugitivo. Lo sabíamos. Suiza es la patria de los túneles que Alemania necesita. Esa es la Europa que chirría, el continente sometido a las veleidades imperialistas del más fuerte en cada momento de la Historia.
            La tentación de abandonar el barco puede que haya rondado ya muchas cabezas, pero lo que los europeos tenemos en común tiene infinitamente más valor que aquello que pueda separarnos. Hoy la idea de “escapar” de Europa es una aspiración que únicamente puede alimentar el nacionalismo temeroso y retrógrado, aunque acuda disfrazado de populismo oportunista. En el mundo global, dominado por el depredador universal, una Europa fuerte resulta imprescindible. Se nos olvida con frecuencia que en este continente sí se le puso brida y montura al capitalismo desbocado. Ahora corren malos tiempos, pero no siempre fue así. Y si en alguna parte ha de comenzar la humanidad a recuperar el terreno perdido ha de ser aquí de nuevo. Y a nadie escapa que ningún país de Europa, por sí solo, podría no ya modificar ni una coma en los planes de los mercados inhumanos, sino sobrevivir a su embestida si por alguna razón le ponen precio a su cabeza.
            La Europa miserable que nos ha tocado padecer, la Europa contaminada por los intereses de Alemania, la Europa malherida por la Troika está pidiendo a gritos que alguien le lave las heridas, le calme los dolores y le ayude a recuperar su rostro más humano. Europa echa de menos una revolución que la refunde, o la funde por fin según las aspiraciones de la gente.
            Mirando hacia el pasado, esa palabra –revolución-  nos trae connotaciones de sangre y de violencia, pero hay otras formas comprobadas y eficaces de revolución que no ha de recurrir a la violencia desesperada de los pueblos. Aúna dos instrumentos poderosos, las ideas y la fuerza definitiva de las urnas.
            Cada vez que hemos tenido que conquistar los derechos que la humanidad andaba reclamando, el proceso fue lento, laborioso, y casi siempre desembocó en un inevitable enfrentamiento. Lo primero fue la toma de conciencia, el malestar, la cólera creciente; vinieron luego las ideas que postulaban la solución de los problemas y, al fin, el asalto al fortín donde se escudaba el enemigo, el reparto injusto de cargas y de bienes. Allí habita siempre la conciencia corrupta que justifica el latrocinio; allí, también, los alquimistas que con la ruina ajena fabrican su propio beneficio; y los que endulzan con mentiras el veneno  que nos dan a tomar.
            La conciencia la tenemos ya llena a rebosar con las causas de los males que aquejan nuestro tiempo. Y las ideas empiezan a aflorar. A Europa le sobra pensamiento lúcido para analizar sus luces y sus sombras. El jueves, 20 de febrero, Vidal-Folch en El País nos daba una ruta del pensamiento europeo que debiera orientar a cualquier partido político con vocación de afrontar el futuro armado de un compromiso verdadero con la ciudadanía. En realidad, a todos los partidos políticos con vocación europea. Tres manifiestos sobre la Europa necesaria, una revolución en toda regla sin necesidad de desempolvar la guillotina.
            Todos los manifiestos coinciden en que la gestión de la crisis ha condenado a varias generaciones y ha empobrecido su futuro, ha dañado considerablemente a la población y a las economías de los países periféricos y ha agravado las desigualdades en el continente más rico de la tierra. Todos proponen una unión política y fiscal efectiva y unas políticas de empleo comunes. Proponen un seguro europeo común contra el desempleo. Parece poco, pero es mucho, porque esas propuestas conciben las consecuencias de la crisis y su corrección como un reto europeo, el reto y la obligación de una Europa concebida como una nación de naciones. Como un poder mundial, por fin; capaz de proponerse como modelo de organización para otros lugares de la tierra. Hablan de prioridades, principios inalienables de la ciudadanía europea que Europa debe defender, como la igualdad entre hombres y mujeres, el acceso a la educación, la seguridad social para todos, y la preservación del medio ambiente, por citar solo algunos.
            Parece poco, pero es mucho. Hace siglos, un individuo, oyendo a sus conciudadanos enumerar los males de su tiempo, estableció la necesidad de separar los diferentes poderes para que se controlaran entre sí. Creo que nadie discute hoy su vigencia plena en una democracia.
            Mientras en Europa son las ideas las que comienzan a hervir antes de las elecciones europeas de mayo, en este país de políticos mayoritariamente grisáceos y biliosos, cuando no masa disciplinada e invisible que celebra el discurso falaz de alguno de los suyos, el Parlamento se ha visto obligado a jurar que defenderá la ley en el caso del referéndum catalán. Se lo ha demandado esa política que no es de izquierdas ni de derechas, sino una progresista del siglo XXI, según su propia y ejemplar definición. ¿Concibe usted una actuación del Parlamento que no contemplo una observancia estricta de la Ley, señora diputada?
            En ausencia de las ideas que alimentan el árbol del porvenir con su savia vital, hay gente grisácea, inundada de bilis, que prefiere zarandear el árbol retorcido y reseco del agravio, en busca del voto que nace de las vísceras de “esa España que embiste cuando se digna usar de la cabeza”. Doy culto a las ideas; detesto el oportunismo populista. Las ideas perduran y, si se manifiestan positivas, dan frutos. El populismo oportunista levanta barreras insalvables. Y a cada lado de esas barreras, anida el odio y empollan sus huevos venenosos.
            Eso también lo sabe Rosa Díez, pero prefiere arrostrar las consecuencias, no sea que Vox, esa astilla desgajada del costado derecho del PP, le robe algunos  votos.      




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