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jueves, 8 de septiembre de 2016

A OSCURAS

        Comienza un nuevo curso escolar y eso debería ser la manifestación inequívoca de que el país, a pesar del galimatías político que hace improbable una próxima gobernabilidad, afronta sus quehaceres con normalidad.
        Pero nada es normal en este comienzo de curso.
    Entre los múltiples destrozos que ha provocado el gobierno del Partido Popular, no es el menor el gañafón que nos ha dejado sobre la piel la Ley de Educación que tramaron y a la que  Wert le ha prestado su nombre de recuerdo infausto.
         Aprobada en solitario en el Parlamento desoyendo un principio elemental de prudencia política en asuntos tan delicados como la Educación y puesta en circulación contra viento y marea sobre el muy ibérico lema de “¡Por mis cojones!”, nos genera un vacío plagado de dudas y vaguedades y condena al alumnado de cursos de fin de Ciclo, 4º de ESO y 2º de Bachillerato, a sufrir las consecuencias de un desconcierto inevitable entre el Profesorado y en las propias Instituciones Educativas, incluyendo a las Universidades que habrán de seleccionarlos y recibirlos en el caso de 2º de Bachillerato.
         Avanzamos a oscuras hacia una prueba final, externa, ajena a los propios Centros Educativos y desconocida en sus contenidos y procedimientos, en la que pesarán, sobre todos los demás, los criterios del propio Ministerio de Educación. No sé a qué prueba serán sometidos, pero debo empezar a prepararlos mañana. Y esa prueba será definitiva para cumplir con sus respectivos proyectos vitales, obtener el título de Bachillerato – este curso no tendrá todavía efectos académicos- o acceder a una determinada Facultad en el caso de pretender seguir realizando estudios superiores, para lo que sí será efectiva ya la prueba de este año.
         La Ley Wert, la ley del Partido Popular, es la ley de la desconfianza. Desconfía de las Comunidades Autónomas y de las Universidades, pero desconfía, sobre todo, del profesorado.
         De pronto hemos sido despojados de una de nuestras escasas prerrogativas, decidir sobre la titulación de nuestro alumnado tras trabajar durante meses o durante años en su formación y tras evaluar sus competencias y conocimientos. Esa importante decisión se ha externalizado. La tomarán desconocidos, y sobre todo desconocedores, a la luz de una prueba, a todas luces insignificante, para decidir sobre una larga trayectoria personal y académica.
         ¿Dónde está el beneficio y para quién se programó?
      Por otro lado y aunque Wert y sus cómplices todavía no lo sepan, me complace anunciar que el magnicidio que intentaban perpetrar contra las Humanidades no parece estar teniendo éxito. Por lo que atañe al Centro en el que aún soy feliz enseñando, no obstante esa nefasta Ley, el alumnado de Bachillerato que ha escogido Griego duplica al de los mejores cursos anteriores y hablo de los últimos veinte o veinticinco años. 
    Lo siento, muchachos, a pesar de vuestros denodados esfuerzos, el árbol nutricio que alimenta a la mejor Europa se resiste a ser desarraigado.

            

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